Por Diego Barovero

No debe haber sido fácil. Ser Maradona. Más allá del futbolista. Más allá del ídolo popular. Cómo superarlo cuando los instantes de gloria por efecto del éxito futbolístico han sido infinitamente más breves que el resto de esos sesenta años de vida que se nos antojan tan exiguos pero que evidentemente condensan una vitalidad que supera en mucho la edad cronológica de nuestro héroe por el cual millones han llorado y lloran en todo el mundo por estos días.

Ser Maradona. Evaluado, juzgado, cuestionado, felicitado, idolatrado, vilipendiado, escarnecido, calumniado, usado. Nadie puede tener con exacta precisión la noción de ser Maradona. Nadie fue Maradona. Solo él. Solamente él ha debido lidiar con esa tremenda, abrumadora responsabilidad, algunas veces bien, la mayoría de las veces mal, sin entrar en detalles, pero sin dudas en soledad.

Así en soledad, no obstante haber estado casi siempre rodeado y acompañado  de amigos, familiares, amantes, compañeros de juerga, entornistas,  aprovechadores, ha muerto según cuentan durante la mañana del 25 de noviembre pasado.

El inmenso dolor popular que se hizo presente en las calles no solamente del país sino del mundo es expresión acabada del amor que despiertan en el pueblo los ídolos populares que a través de algo tan pedestre como el fútbol son capaces de inocular felicidad en las gentes.

No nos ocuparemos de la crónica necrológica ni de los incidentes y avatares del sepelio. Señalaremos que la historia del país escasas veces se vio atravesada por la congoja provocada por la muerte y convertida en manifestaciones públicas callejeras casi imposibles de ordenar y conducir. Las de Jorge Newbery, Hipólito Yrigoyen, Carlos Gardel, Eva Duarte de Perón, Juan Perón, Raúl Alfonsín, Néstor Kirchner.

Ricardo Rojas ha dicho “funerales de epopeya”. Algunos más regimentados que otros, pero expresivos de la emoción y el sentir popular por la pérdida del ídolo, del héroe que, trasmutado, ha sabido otorgar siquiera un instante de felicidad al pueblo que agradecido lo llora y acompaña hasta su morada final.

En Maradona quizá por su dimensión universal (que lo distingue de otros ídolos populares exclusivamente nacionales) debida sin dudas a su indeleble habilidad futbolística, ese dolor y esa emoción lograron atravesar fronteras reales e imaginarias que por la globalización de las comunicaciones actuales pudimos compartir en tiempo real.

Se ha dicho y escrito mucho. Demasiado. Tal vez sea mejor seguir la recomendación de Raúl González Tuñón, que en su crónica sobre la muerte de Gardel escribió:

“… Y cuando el pueblo llora,

que nadie diga nada, porque está todo dicho…”.


-->