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Diez años más con Alfredo Alcón; una reflexión sobre lo qué le pasaría hoy a Cristo.

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Diez años más con Alfredo Alcón; una reflexión sobre lo qué le pasaría hoy a Cristo.

Alfredo Alcón falleció hace ya diez años, cuando sucedía el amanecer del 11 de abril, según cuenta su amigo y compañero Jorge Vitti. No, de ninguna manera voy a decir “diez años sin Alcón”. En todo caso, gracias a la semilla de la memoria ahora digo “Diez años más con Alfredo”.              

13/04/2024 22:21
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Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires

Alcón es sinónimo actor. Protagonizó personajes de Shakespeare, Ibsen, García Lorca, Miller, Bergman; en el cine fue San Martín, Güemes, Saverio el cruel, y fue el diablo de Nazareno Cruz y el lobo. Otra vez traigo a esta columna a ese ser que entrevisté para el diario Los Andes, en Mendoza, al principio de los años ’60; y para las revistas Gente y Siete días, entre los años ’80 y ’90, en Buenos Aires. Revisando cintas que atesoran sus palabras, a propósito de sus dichos, reanudo su pregunta: supongamos que hoy, en el año 2024, en pleno canibalismo neoliberal, aparece por aquí un Cristo, ¿qué pasaría con él? ¿Qué harían los prolijos con ese Jesús? Dejo el interrogante en remojo.

   Con Alcón tuve además el honor que le diera voz y respiración a varios monólogos ficcionados de mi biografía sobre Julio Bocca. Ahora acudo a hebras de mi encuentro con él en 1981. Por entonces él tenía 51años, salía de una operación muy complicada, le extrajeron un enorme  quiste alojado en el pancreas; estaba delgadísimo, tenue. Aquel Alcón, me dijo: “Estar enfermo de vez en cuando es muy sano.” ¿Por qué? “Porque cuando uno está grave necesita confiar en los demás. Lo mismo debiera ser cuando uno está sano, porque un sano que no confía está enfermo.”

   Desando hoy aquellas grabaciones. Escuchemos algunas ráfagas:

   “No sabemos vivir apasionadamente. De las cosas más hermosas sólo se hacen afiches”.

   “¿Quién era Cristo? Un apasionado, un loco, un ser con destino. A Cristo todo el mundo lo nombra, lo pone como adorno sobre las paredes, pero ignorando su apasionada locura.”

   “Estamos en un mundo sin locura. La locura que sí existe es la mala locura, la asesina (...) Pero no tengo derecho a caer en el pecado de la desesperanza. Vemos oscuro el futuro porque vemos con ojos de poco tiempo”.

   “Hay deleitación en difundir lo malo. Lo otro no es noticia. Si esta noche naciera un Cristo igual a Cristo, ¿quién se enteraría? ¡Nadie! Porque lo esencial de Cristo no es noticia”.

   “Somos un fraude, un fiasco permanente. Le tenemos un gran miedo a la pasión, a la aventura verdadera. Disfrazamos el aburrimiento buscando en otras vidas lo que nuestra propia vida no tiene por falta de coraje. El aburrido es hipócrita, espía, es envidioso, juzga con mala leche”.

   Me detuve en un tema recurrente:

Y con su majestad, la muerte, ¿cómo te llevás?

Hay muchas clases de muerte... Está la mansa muerte de los ancianos. Y la de quienes no hicieron lo que querían ni lo que debían. Está la muerte de los desaparecidos. Yo siento que la muerte nos ayuda a vivir. Quienes soslayan la muerte no aman la vida. ¡Qué sería de la vida sin la muerte! Sólo por la certeza de la muerte podemos paladear el milagro de estar vivos.

   Al Alcón de los 65 años de edad le pregunté sobre su insistente niñez. Me dijo:

–Como siempre soy chico no añoro la niñez. Nunca dejé de jugar.

–Y el teatro, ¿qué es para Alcón?

–Es eso, un juego hondo. El teatro me permite seguir jugando con los fantasmas del chico. Soy un chico... a veces tengo 5 años, a veces 10.

–¿Cómo era Alfredo a esa edad?

–Fui de dos maneras, pero algo me cambió. Mi padre murió a los 33 años. Lo tuve poco. El era muy alto y delgado. Para castigarme me ponía de cara a la pared. Yo entonces era muy extravertido y hasta agresivo. Pero con su muerte esa forma de ser mía cambió totalmente. Fuimos a vivir a la casa de mis abuelos maternos. Aunque allí tenía afecto, yo sentía que ésa no era mi casa. Me volví más callado, un niño de juegos solitarios, me disfrazaba con sábanas; me disfrazaba para mí, no para los demás. Tal vez una manera de escapar...

¿Podés recuperar ahora momentos muy intensos?

–Elijo dos momentos, yo tendría 3 ó 4 años. Uno fue con mi madre, el otro con mi padre. Ella tenía en mi casa una estampita, con una vela siempre encendida. Un día sentí la necesidad de que pasara algo extraño. Entonces a la estampita la rompí en mil pedacitos, fui al patio donde mi madre estaba tejiendo y le arrojé los papelitos. A los papelitos se los llevó el viento. Pero no ocurrió nada, nada...

–¿Y con tu padre qué pasó?

–Sucedió en una noche de verano. La luna estaba cerca, muy tocable. Le pedí a mi padre que me bajara la luna. Él no se amilanó: trajo una escalera, se subió, y una vez arriba alzó sus manos, tratando de alcanzarla y después bajó, pero sin la luna, con las manos vacías. Sentí una gran frustración, como con los papelitos.

–A los 51 años te sacaron un tumor tan grande como una manzana. ¿Cómo viviste ese episodio límite?

–Lo viví sin literatura, como una cosa animal. A ratos rezaba… Rezar puede ser algo muy irracional. Yo rezo antes de pisar el escenario.

–¿Tenés idea de lo que pasa después de esta vida?

–No puedo imaginar nada... Para después de este tránsito por la Tierra quisiera no estar más aislado por el límite que nos impone el cuerpo. Quisiera ser un alma, pero un alma que se caliente y se apasione, desatada de los límites que tenemos aquí. Quisiera ser uno, pero en un gran todo. Eso en la Tierra sólo lo atisbamos cuando participamos de una gran ideología, o asistidos por el amor.

   Posdata.

   No deseo irme del lúcido y entrañable Alfredo Alcón, sin afrontar la pregunta que al principio dejamos en remojo: si hoy, en el 2024, aparece por aquí un Cristo, en pleno canibalismo neoliberal: los prolijos, ¿qué harían con ese Jesús? ¿Llegarían a matarlo con clavos y con picana? ¿O ni eso haría falta porque se lo aniquilaría con la eficaz impunidad de la indiferencia?

   Mas interrogantes para este boletín: a ese Jesús, si nos toca el timbre, ¿le abriríamos la puerta o, con la urgencia de la paranoia nuestra de cada día, llamaríamos a un patrullero? Ese, ese mismo Jesús, ¿conseguiría trabajo o sería aquí un vulgar desempleado que huele sin desodorante?

   Seguramente muchos, demasiados, dirían: “Ojo con el flaco ese, tiene el pelo largo, no se afeita… en algo andará…

 

       * zbraceli@gmail.com    ///   www.rodolfobraceli.com.ar

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.

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