Es fiesta tan rutinizada que ya no nos dice nada. Ocasión para la gula y el alcohol, para encuentros familiares deseables y de los otros, poco de nuevo tiene cada vez

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

En este caso, sólo una esperable disminución en el nivel de compras –la pandemia mundial ha producido un inevitable quiebre económico-, y reuniones menos pobladas. Una Navidad como todas, sólo un poco empalidecida.

Sin embargo, algunos guardamos recuerdos diferentes. Yo los tengo del tiempo en que, en mi casa de infancia, se ponía todos los años un módico pesebre de piezas de yeso. Pequeñas y frágiles, había una virgen, un San José, un niño Jesús, tres reyes magos, una vaca y una oveja. Alrededor, unas improbables montañas que eran arpilleras de bolsas puestas sobre las plantas criadas en macetas, que lucían una nieve inesperada por vía de algunos puñados esparcidos de harina.

  Yo me conmovía. Más que con el pesebre de verdaderos animales que a veces componían en un cuadro de la plaza de Rivadavia, y que solía incluir una vaca real, cuyo tamaño me parecía intimidante. La navidad invitaba a sentirse espiritualizado, diáfanamente bueno, hermano súbito de las aves y los árboles.

 Y quizá algo podemos pedirle todavía a la Navidad. Alguna reflexión, algún destello. Sobre todo en este año funesto, difícil, lleno de encierros y soledades, de angustias y apelaciones al zoom y la tecnología digital. Lleno de abrazos perdidos y cuerpos espaciados, de anhelos en desencuentro y esperas sin límite.

  Dentro de ese panorama, la mezquindad política de unos pocos (pero que se esparce por la tv de muchos) resulta inaudita. Rusia es capitalista desde hace treinta años. 30 años!! ¿Qué la relaciona hoy con las ideologías de tiempos de Lenin? Nada.

  Pero además: ¿qué tendrá que ver la ideología con la vacuna, las papas fritas con las bicicletas? ¿Quién puede creer ridiculeces como que la ideología se difunde vacunatoriamente? ¿Alguien cree que con la vacuna Salk se nos metía la ideología del Pentágono estadounidense? ¿Con la antipolio nos volvimos todos émulos del soldado Ryan, comenzamos a pedir ir de voluntarios a Vietnam? Por favor, adónde hemos caído como sociedad que alguna vez se mostró culta.

  Navidad no eliminará las grietas: no tiene por qué hacerlo. Si ni siquiera la temible pandemia logró que avanzáramos en ese sentido. Pero quizá sí puede aminorar, atenuar, limar los bordes más filosos de esa especie de imposibilidad total de entendimiento para comprender que, como país, estamos todos en un mismo barco.

  Fuimos alguna vez una gran Nación, entre las más prósperas del planeta. Desigual, eso sí. Con liquidación de los indios –que se vendían en sitios en que se los concentraba, acá en Mendoza-, y desprecio hacia los gauchos, primero, y hacia los inmigrantes después, según la persecutoria ley de residencia. Pero al menos, un país con un proyecto estructural que, dentro de los parámetros de su época, a comienzos del siglo XX funcionaba. Y tenía una macroeconomía exitosa, si bien con asimétrica distribución de la renta.

  Ahora no somos exitosos. La asunción de deuda externa, vertiginosa los últimos años, nos pone al borde del abismo. La imposibilidad de control sobre los procesos de exportación de granos, hacen que colectivamente recibamos poco de la principal fuente de divisas del país. Las endémicas inflación y falta de dólares, desgastan permanentemente el poder adquisitivo de la población. Más de la mitad de los niños son pobres.

  Y bailamos en el Titanic, peleando por cualquier bobada que un locutor ponga en la pantalla, creyendo que hay espacio para la riña y la desarmonía permanentes, imposibilitando cualquier avance racional del país, en una especie de empate catastrófico entre el stablishment neoliberal, y quienes prefieren la redistribución por vía estatal.

 No necesitamos reconciliación, pero sí un margen de tregua y de racionalidad. Altura moral y política para enfrentarnos con reglas, dentro de ciertos parámetros. No se trata de que todos nos amemos enfáticamente, pero sí de que aprendamos a respetarnos o, siquiera, a asumirnos parte de un mismo destino como Nación.

  De lo contrario, el camino del fracaso será irrevocable y definitivo, y el hundimiento nacional se cernirá sobre nuestros hijos y nietos: esos que nos acompañan en Navidad, todavía inocentes de nuestros adultos desvaríos.-

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