Se nos fue julio, muy lento y muy rápido. Lento por la eternidad de la imprescindible cuarentena. Y muy rápido porque la vida se pasa en un pestañeo. Con el mes de julio se nos traspapeló el 14: ese día se cumplieron cuarenta años de la muerte de un mendocino, ¡prodigioso actor!: Luis Politti. Tenía apenas 47 años. Estaba lejos, desgarrado por el exilio, en Madrid. En este limbo del infierno sucedía el año 1980.

Por Rodolfo Braceli, Especial para Jornada. Desde Buenos Aires*

Recupero y comparto otras recordaciones desde esta columna: Hay que decirlo: A Politti, su Mendoza natal empezó a considerarlo después de su muerte, sucedida en el desolado exilio. Para entonces Politti ya era reconocido como un gran actor argentino y de la América latina y del habla castellana. Triunfaba en el cine español.

  Lentos para el reconocimiento en vida, somos muy veloces para los homenajes post mortem. Por dar un ejemplo: Antonio Di Benedetto fue elegido “el personaje del siglo XX de Mendoza”, por iniciativa de una punta de periodistas, artistas e intelectuales: varios de ellos no levantaron ni un meñique en los años en los que Antonio padeció cárcel y tortura. Algunos de estos varios, muy caraduras, siguen jetoneando en homenajes y mesas redondas que homenajean a Di Benedetto. Caradurismo ciertamente hediondo.

  Pero volvamos al entrañable Politti. Le dediqué un capítulo en mi libro Argentinos en la cornisa (Edición Aguilar, 1998) porque él fue un auténtico “cornisa”. Vivió en la cornisa de la extrañadura hasta las últimas consecuencias. Cicatriz que no cierra, padeció sucesivsos exilios: el de su Mendoza, el de su patria y el de su vida misma.

   Fuimos amigos. Lo entrevisté para LV10 Radio de Cuyo en 1966, en mi programa “El hombre que no es noticia”. Por entonces Politti había arañado una beca y dejaba a su Mendoza para siempre porque nuestra prolija provincia no le permitía ganar, como diría don Sarmiento, el pan para el cuerpo. En aquella charla Politti me contaba de su maestra rusa Galina Tolmacheva, de su crecimiento junto a Carlos Owens, Fernando Lorenzo y Aldo Braga. “No puedo más, tengo que irme de aquí, alejarme de los que amo” – dijo. Esa entrevista, que gravé en la redacción del diario Los Andes, terminó con un aplauso para Luis. El aplauso escuálido de sólo un par de manos. Politti lo recibió con una sonrisa ruborizada, apoyó la frente en la mesa y empezó a llorar bajito. Cerca lo miraban Clara Giol Bressan y Di Benedetto.

  Nuestra amistad con el tiempo debió tejerse con cartas. En un correo postal de 1967, Politti se disculpaba: “Llegué a Mendoza el lunes y en jugar con mis niños se me ha ido el tiempo, de pronto tengo que irme. Mi nueva dirección en Buenos Aires es Cangallo 1615.” Empezaba su calvario de mudanzas. A fines de los 60ª, Luis me escribía: “Aquí te mando una foto de mi personaje en “Marat Sade”, ojalá puedan publicarla en Los Andes. Si lo hacés, mejor dicho, si podés hacerlo, poné abajo nada más que mi nombre, la obra, el autor, el director y que el domingo que viene llegaremos a las cien representaciones”. (Cuánta sed por ser reconocido en la tierra de su niñez y juventud).

   Politti las pasó duras en Buenos Aires, pero impuso su talento y hasta ganó el Martín Fierro. Su actuación en en el film “Los traidores”, de Raymundo Gleiser (otro desaparecido), lo marcó. Cierto día fue a sacar su pasaporte a la Policía Federal porteña y al entregárselo lo detuvieron, lo “demoraron” y le dieron una paliza entre varios corajudos. Toda una sugerencia”: no le quedaba otra: tuvo que irse del país, y a empezar otra vez. En México se codeó con el hambre; La Negra Mercedes Sosa lo encontró en esos trances. Hasta que pudo sacarse un pasaje y rumbear hacia España; y otra vez a empezar de cero. Pronto descolló en films memorables como “El nido”, junto a Héctor Alterio (otro exiliado).

  Por entonces sus cartas venían traspasadas de tristeza. El lunes 14 de julio de 1980 nos llegó la insoportable noticia de su muerte, en Madrid. Por una “hepatitis mal curada”. Hepatitis, sinónimo de exilio. Cuentan que cuando salió de su coma dos veces preguntó “¿Qué pasa?”

   ¿Y qué decir sobre el exilio? El exilio es un perfecto crimen perfecto. Crimen sin balas y sin salpicaduras de sangre. ¿Por qué se murió tan joven nuestro Politti? En el conmovedor libro “Cadencias y otros cielos”, de Fabián Stolovitzky, hay cartas dulcísimas donde late el desgarramiento por la obligada distancia.

   Escuchemos la voz de Politti: Carta de 1976, desde México: “Querida mamá: otro año que se acaba y éste ni siquiera podré abrazarte. Pero sabés que estás en mi corazón y que te abrazo desde que nací.”

   Carta de 1977, a Andrea: “Querida, hermosa hija mía: ¿cómo se está preparando para despedir el año? ¿Tiene ganas de que se acabe o no? Lo importante es sentirse con ganas de ser feliz. (…) Sí, mi amor, tengo muchas, muchísimas ganas de verte y abrazarte… Andreíta, aquí te mando estos anillos de plata como regalo de fin de año… Pedile a la abuela la receta para hacer empanadas, así cuando estés acá me las preparás. Mi amor, fuerte abrazo de papá que te quiere y mucho.”

   Carta de febrero de 1979: “Hija mía, amada: Hace rato que nada sé de tu vida. Pero esperá, no te enojés…” Y sigue Luis: “Daría cualquiera de mis sentidos por saber, por abrazarte y contarte cuánto te extraño. (…) Yo estoy bien, bueno, más o menos… El tiempo es frío, llueve todos los días y todas las noches, y de seguir así empezarán a salirme ramitas por todo el cuerpo…”

  Ya le andaba merodeando la muerte.

  A lo que sigue de esta columna no se lo tome como insultación, tómeselo como descripción:

  Pedazos de hijos de perra, con perdón de las perras; pedazos de criminales que andan diseminados, reclamando “reconciliación” en esta patria obscenamente distraída; pedazos de violadores que picanearon, quemaron, descuartizaron, decapitaron, caparon, desuñaron; pedazos de hijos que alguna vez nacieron de alguna madre, ¿no les fue suficiente con violarse a la vida? ¿Por qué, insaciables, tuvieron también que violarse a la muerte y afanar criaturas?

   La discusión sobre la “cantidad” de desaparecidos siempre nos distrae. ¿Fueron 30 mil o fueron 8 mil? El caso es cada uno de ellos padeció el horror. Cada uno, de a uno. Ojo, a los que murieron de exilio no se los cuenta.

   Recuerdo ahora a Jorge Bonnardel, otro mendocino, noble y culto periodista, de bajo perfil, sin fama. Apresado durante el siniestro prólogo de López Rega, después de más dos años de cárcel compartida con Di Benedetto, fue liberado con la opción para irse del país. Bonnardel recaló en Francia con su familia. Intentó en vano volver al diario donde trabajó en Mendoza. Le respondieron con implacable indiferencia. Un día lo atropelló un ómnibus, en Francia. ¿Murió por el ómnibus? No, damas y caballeros: fue asesinado por la indiferencia provincial y por el exilio. Como Politti, por la “hepatitis mal curada”.

  Algunos dicen que hacer memoria impide vivir. Preferible la incomodante memoria a esa convalidación del crimen que encarna la cómoda desmemoria. Desmemoria, sinónimo de impunidad.

  Señores circunspectos y señoras aseñoradas ponen el grito en el bendito cielo apenas se abre el debate sobre la despenalización del aborto; despenalización para evitar la inevitable clandestinidad a que son sometidas las mujeres desguarnecidas. Gritan, pero siguen sin decir ni mu sobre los otros abortos. Porque debemos saber que hay abortos anteriores, en el vientre materno, y abortos posteriores, en el vientre de la vida de afuera. Nuestro Politti fue asesinado mediante un aborto posterior, a los 47 años de su edad. Crimen de leso exilio.

  Pero nos vamos a permitir vadear, revertir, el perfecto crimen del exilio. Algunos no piden permiso para matar de cuajo, nosotros tampoco pedimos permiso para resucitar. Luis Politti vive encendido por la memoria pertinaz. No perdamos esa memoria, no perdamos la vergüenza.

   Pronunciemos el nombre de Luis Politti, y brindemos como a él le gustaba, con el luminoso vino oscuro de la tierra que lo parió y que tanto extrañaba.

   Lo estoy viendo: con el brindis se le achinan los ojos, mira por la rendija y le sonríe el bigote. ¡Salud Politti nuestro! ¡Salud!

   (Luis querido, una pregunta avergonzada: ¿podrás perdonarnos algún día la indiferencia activa?)

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