En democracia hay adversarios, no enemigos. Pero el stablishment argentino por mucho tiempo no respetó la democracia: dio repetidos golpes de Estado, los últimos en 1966 uno, y en 1976 el posterior

Por Roberto Follari, Especial para Jornada.

Ello muestra que sus miembros no suelen apegarse a las reglas de lo institucional. Hoy, un sector de ese “núcleo duro” de los grandes propietarios argentinos, juega mediática y judicialmente para tildar de “corruptos” a sus adversarios, aquellos que entre 2003 y 2015 habían osado hacer una redistribución –ciertamente parcial, pero importante- de recursos salariales y económicos hacia toda la población.

  Satanizar al otro para luego destruirlo, es vieja estrategia política. Para agredir a otros ciudadanos sin que sea mal visto, hay que deshumanizar –discursivamente- a esos ciudadanos. Convertirlos en basura, en gente que no merece el nombre de tal. Por ello son tan importantes las palabras, a las que no se lleva el viento. “Lo que empieza en las palabras, termina en los hechos”, cabe afirmar parafraseando a Freud.

  Así, lo más fácil es tildar a los adversarios de “corruptos”. Lo sean o no, son personas. Pero lo trágico, es que es sólo una estrategia: no importa en lo más mínimo si hay real corrupción. Si es por eso, la época macrista dejó una larga lista de casos (Correo, peajes, off shore, parques eólicos, reingreso de dineros en el extranjero, arreglos con la Shell), pero eso no les importa. Esos casos no van a los medios. Y la corrupción es pretexto para satanizar al peronismo, la misma táctica que usó la dictadura criminal de Videla.

  “Hemos venido a acabar con la subversión y la corrupción”, decía el dictador, con un discurso elaborado en Washington. Casi todos han olvidado ese supuesto “detalle”: para legitimar la matanza y la usurpación del poder político, había que fomentar el odio a los que gobernaron antes. Qué más fácil que decir que robaban, que eran corruptos. El imaginario antipolítico de esta época siempre hace creer que la corrupción es gubernativa, no que –por ejemplo- pudiera instalarse en el campo de la economía y las finanzas.

  Por supuesto, ni uno solo en la lista de los más ricos argentinos hizo dinero en política, son empresarios. Macri aparece en la lista, pero su dinero principal lo hizo desde las empresas: lo cual, por supuesto, no significa que no existan cuestiones poco claras allí, como un próximo libro basado en entrevistas a un hermano del ex presidente pueden mostrar, o como lo ha hecho en estos días la hermana del ex ministro Etchevehere.

  La cuestión es que la dictadura –a la que corrupción no le faltó, recordar Cacciatore, Massera y Suárez Mason- tildó de “corruptos” a sus adversarios para poder actuar con impunidad, y gozar de licencia social para hacerlo. Si digo que el otro es corrupto, todo me está permitido. Parece que si así lo digo, yo soy impoluto e incorruptible.

  Bien mostró Michel Foucault esa cabeza binaria que tenemos: una absoluta línea divisoria entre lo aceptado y lo rechazado. Si me pongo de este lado, me autolegitimo, y tengo derecho a todo. El otro no es humano, yo tengo todas las virtudes. En nombre del supuesto mal del otro yo puedo agredirlo, insultarlo, atacarlo, hacerlo objeto de todas las denigraciones. Hacerle mal al malo, es bueno. Y los buenos tenemos derecho a la agresión, como se ha visto en los ataques a periodistas que se han dado en algunas manifestaciones anticuarentena y antigobierno nacional. Hasta se ha creído “natural” ir a insultar al presidente a su residencia en Olivos, o a la dos veces presidenta constitucional, a su domicilio particular.

  El odio es insuflado desde el stablishment, con un verdadero ejército de voceros políticos y mediáticos, más el apoyo de un sector del Poder Judicial instalado en Comodoro Py. Estamos llegando a niveles de agresión que pueden ir a dar a cualquier cosa. Ya el otro sector de la ciudadanía argentina, cercano al gobierno nacional, comienza a plantear recuperar la calle. Es esperable que lo haga: históricamente ha sido –y seguramente hoy es- ampliamente mayoritario en ese espacio. Ojalá la presencia física en el territorio de ciudadanos de ambos polos de la contienda política, no derive en mutuas agresiones: el odio insuflado pacientemente por el stablishment ha llevado a un antagonismo donde se ha perdido los límites del conflicto institucionalmente canalizable.-

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