Por Sergio Levinsky

“¿Qué voy a hacer si yo, nací en el Mediterráneo?”, se pregunta el maravilloso cantautor catalán (aunque argentino de corazón), Joan Manuel Serrat, amante del fútbol, del Barcelona y de Lionel Messi


Los catalanes viven a orillas del Mediterráneo, del “Maremágnum”, y saben mucho de intercambio, de comercio, de negociaciones. Y por tanto los dirigentes del Fútbol Club Barcelona, representante deportivo del catalanismo por excelencia, seguramente con los días, pasado el cimbronazo del burofax (palabra que se puso de moda en todo el mundo), enfriarán sus mentes y comenzarán a hacer cálculos y a entender que el de Messi es un ciclo terminado mucho más en la voluntad del genio de Rosario, que por lo legal.


Y estos mismos dirigentes comenzarán a entender que en este receso futbolístico, tras una catastrófica derrota como la del 8-2 ante el Bayern Munich por los cuartos de final de la Champions League, lo que les vale es tratar de comprender lo que ocurre y como buenos mediterráneos, sacar partido entonces de lo que ahora puedan porque sí o sí, en el mejor de los casos para ellos, el 30 de junio próximo se quedarán sin nada: sin el pan (Messi) y sin la torta (dinero o jugadores a cambio), porque al día siguiente, el argentino quedará libre por contrato y se irá con o sin honores, enfrentado más o menos con el club, pero sin ningún otro beneficio que los servicios prestados (y vaya si fueron prestados) a lo largo de dos décadas.


Si Messi se fuera ahora en los hechos (porque en el espíritu ya se fue), al menos el Barcelona podría tener algo que en julio próximo no tendrá. Porque si como todo indica, la semana próxima los dirigentes del Manchester City viajan a Cataluña para negociar el pase de club a club y ofrecen dinero y jugadores (se rumorea que éstos serían Eric García –proveniente de la cantera de los azulgranas-, el brasileño Gabriel Jesús, y el portugués Bernardo Silva o el español Angeliño), sería una gran ocasión para dar un salto de calidad en el plantel en un tiempo sin dinero para grandes fichajes y, tal vez, allí sí, comenzar una nueva etapa con un equipo con pretensiones que de otro modo difícilmente podría concretar.


Estos dirigentes del Barcelona deberían reflexionar con una frialdad que se requiere para el cargo que ocupan, qué es lo más beneficioso para el club ahora mismo. ¿Sirve de algo, de forzar la situación, tener a un Messi desganado, a la espera de que llegue el 30 de junio, poco y nada consustanciado con un entrenador como Ronald Koeman, que maltrató futbolísticamente a su amigo Luis Suárez, el tercer goleador de la historia de la entidad? ¿Servirían las multas económicas ante posibles faltas a entrenamientos y partidos hacia alguien ya salvado económicamente? ¿Podría estar contento un genio que siente que no tiene compañeros acordes al nivel requerido en un plantel que ya ha demostrado que no está capacitado para ganar una Champions?


Por el lado de Messi ya no sólo está todo dicho, sino actuado. No se trata sólo de manifestarle en aquella reunión que mantuvo a solas con Koeman (y que se desveló desde medios no casualmente afines a la comisión directiva) que se sentía “más fuera que dentro” del plantel para la próxima temporada, sino que ya envió dos claros burofaxes: en uno se consideró jugador libre y dio por finalizado su contrato, y por si quedaba alguna duda, en el siguiente, de ayer, adelantó que no concurrirá hoy a las pruebas de PCR ni mañana al primer entrenamiento del plantel con miras a la temporada 2020/21. Como alguna vez dijo el alemán y ex compañero de Diego Maradona en el Barcelona de los años ochenta, Bernard Schuster, “no hace falta decir nada más”.


Messi no está a gusto en el Barcelona. Lo dio todo. Por supuesto que el club también le facilitó no sólo el mejor contexto sino que le entregó el respaldo del mejor sistema posible para jugar un fútbol bello, como parte de un contexto de amor por el buen juego, pero el argentino lo pagó con creces y se ganó el amor incondicional de los hinchas luego de diecisiete años como profesional, en los que hizo genialidades y batió todos los récords, pero ya con 33 años y capitán, se hartó de que las cosas se torcieran, de que se abandonara aquella idea del juego, de que no se acertara con los fichajes y hasta de que la dirigencia se las tomara con él y con otros jugadores emblemáticos ya sea desde un director deportivo (además ex compañero) como Eric Abidal, que sostuvo que algunos no ponían todo en la cancha, un miembro de la junta directiva (que contrató a una empresa de marketing que se manejó con redes sociales hostiles al plantel), y hasta desde el nuevo entrenador, que aceptó ser el ejecutor de políticas que le dictaron desde más arriba.
Sea lo que fuere o lo que indica el contrato, que para uno le da la libertad de acción y para los otros, no se la da, Messi cree que este ciclo, que por momentos fue brillante y en los últimos tiempos, frustrante, toca a su fin. Y quiere otro destino para sus últimos años de carrera, por lo que ganarle un litigio, se convertirá, en el mejor de los casos, en una victoria pírrica.


Dejar ir a Messi significará soltar amarras, algo que políticamente tendrá su costo, pero es que de todos modos ya se está pagando con él adentro o afuera de la estructura. Pero el buen negociador sabe que al mismo tiempo, se abre un abanico de posibilidades. Si imaginan, por ejemplo, un equipo que desde la mitad de la cancha tenga jugadores como Wijnaldum, Pjanic, De Jong, Mané, Gabriel Jesús, Bernardo Silva y Griezmann , generará una competitividad que el Barcelona no tuvo por años.


Es cierto, muchos lectores podrán decir “pero no está Messi”. Pero el rosarino, de todos modos, no está en espíritu porque desde ese punto de vista, ya se fue.


Y es por eso que desde la llegada del primer burofax, la dirigencia del Barcelona tiene que hacer gala del catalanismo, del “seny” (palabra que significa algo así como “señorío”, la cordura, el saber estar, la sensatez), del don para negociar, y entender que ha llegado, por fin, el doloroso momento de decir adiós, sin litigios ni conflictos leguleyos que sólo generarán irritación, malestar, y un tirante final de relación que no le conviene a nadie.


Por todo lo que le dio al Barcelona en tantos años, Messi se merece una despedida como las que tuvieron Xavi Hernández, Andrés Iniesta o Javier Mascherano. Es lo que soñó y lo que el Barcelona le debe dar, mientras fríamente analiza su futuro, en una nueva etapa, que de todos modos algún día, más temprano que tarde, iba a llegar por la inexorable ley de vida.
Y ese catalanismo debe ayudar a entender a la junta directiva del Barcelona, que también es el momento de reconocer interiormente la catarata de errores que cometió en estos años, que no supo (o no pudo, lo mismo da a esta altura) escuchar lo que el genio iba advirtiendo sobre el andar del club, del plantel y del equipo en los últimos años.


Y no repetir, otra vez, como si fuera el Día de la Marmota, ese final de ciclo por el cual se fueron mal anteriormente los Ronaldo Nazario, Stoichkov, Romario, Rivaldo, Ronaldinho o Maradona.


Y para que, volviendo al genial “Nano” Serrat, no se queden con aquello de “Niño, deja de joder con la pelota”, sino, al contrario, que “hoy puede ser un gran día, y mañana también”.