Según el tipo de pisada, el peso, las distancias que se recorran y el suelo que se pise. Tres expertos definen cuáles son los factores que inciden al momento de escoger un calzado para correr, aunque todos apuntan al mismo objetivo: sentirse cómodo y no lesionarse.

Aunque el ser humano lleva millones de años corriendo —2,6,, según los cálculos de biólogos y paleoantropólogos—, no fue hace mucho más de cien que comenzó a usar un calzado especial para ello.

Los chasquis, por ejemplo, los famosos corredores que repartían mensajes por todo el imperio inca, solo usaban ojotas, y Filípides, el héroe griego que recorrió en dos días los 246 km que separan a Esparta de Atenas, hazaña en la que se inspira la maratón, no debe haber tenido mucho más que unas sandalias de cuero en sus cansados pies.

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Pero desde fines del siglo XIX, la tecnificación de la vida no dejó de lado a los deportes, que por entonces vivían un nuevo auge. En 1896 se realizaron los primeros Juegos Olímpicos modernos y los atletas calzaron zapatos hechos con cuero de canguro, como los que hacía la norteamericana Spalding, o con clavos delanteros, como los diseñados por el británico J.W. Foster, antecesora de Reebok. Rápidamente, como una carrera de 400m planos, correr dejó de ser un ejercicio patipelado y las zapatillas se convirtieron en el más esencial de sus implementos.

“Si alguien quiere empezar a correr seguido, en lo primero que debe pensar es en las zapatillas”, dice Daniela Carrasco, runner de 32 años, con tres maratones en el cuerpo —una de ellas la de Chicago— y creadora del medio Amigas que Corren. Y cuando habla de zapatillas, no se refiere a cualquiera, sino que a aquellas diseñadas para correr. Lo que el mercado llama running.

“No confundir con las de training, o entrenamiento, que pueden servir para hacer ejercicio o ir al gimnasio pero no para trotar ni correr seguido”, explica Carrasco. Con la zapatilla incorrecta, puede que al correr una o dos veces no tengas problemas, pero más temprano que tarde aparecerán las molestias.

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“Pueden ser desde pequeñas heridas y ampollas”, dice el traumatólogo Diego Zanolli, parte del equipo de cirugía de tobillo y pie de la Clínica Alemana, “hasta sobrecargas musculares o fracturas por estrés”.

No porque Forrest Gump haya recorrido Estados Unidos de punta a cabo, armado solo con unas pesadas Nike Cortez, significa que se puede correr con cualquier tipo de zapatillas. “Conozco gente que juega a la pelota y se pone a trotar con las de baby fútbol”, cuenta Néstor Fernández, corredor de cinco maratones —con una de Boston y otra de Chicago incluidas— y columnista de Runners Chile. “De correr, se puede correr con cualquiera, pero las articulaciones —tobillo, cadera y rodilla— entran a compensar la falta de amortiguación y ahí llegan las lesiones”.

1. Pisada

Entre la amplia variedad de especímenes humanos se han identificado tres tipos de pisada: la neutra, es decir, la que carga el peso en el centro del pie; la supinadora, que se asocia a un pie cavo o de arco alto, y que tiende a cargarse hacia el borde externo; y la pronadora, que la suelen hacer quienes tienen pie plano, en la que el peso se va al lado interno.

“Es muy importante saber esto”, dice Néstor Fernández, “ya que de esto depende el modelo de zapatilla que uno elija. Hay gente que se ha comprado pares de 200 lucas y a los dos meses está lesionado. ¿Por qué? Porque él era pronador y el modelo, en cambio, era para supinadores”.

El traumatólogo Diego Zanolli no es tan categórico con el problema de las pisadas: “no es que uno sea cien por ciento pronador o supinador, sino que hay distintos grados de pisadas. Por eso, yo recomiendo conseguirse una zapatilla de running neutra y aliviar con una plantilla personalizada el problema que pueda surgir”.

Para saber qué tipo de pisada se tiene, uno puede consultar con un traumatólogo o kinesiólogo, y también en algunas tiendas especializadas tienen instrumentos para identificarla. Sino, simplemente fijarse en alguna zapatilla vieja y ver qué lado está más gastado.

Lasherinos disfrutando el Parque de la Familia, luego de que el Gobierno provincial autorizara trotar y andar en bicicleta con fines recreativos. Las Heras, lunes 18 de mayo de 2020. (Prensa Las Heras/Marcelo Aguilar)

2. Probárselas siempre

El Cyber Day o la Cyberweek o el Black Monday o el Black Friday ofrecieron y ofrecerán atractivas ofertas de zapatillas para correr. Y como estas livianas invenciones de plástico, tela, etilvinilacetato, caucho y goma no acostumbran a ser baratas, cualquier descuento es tentador.

Pero a menos de que se trate de un modelo ya probado y conocido, por más conveniente que sea la rebaja, ¡no la agregues al carrito! “Nunca hay que comprar por internet sin antes probárselas”, dice Daniela Carrasco, de Amigas que Corren. “La única manera de saber si una zapatilla te servirá es poniéndotela”.

“Una zapatilla debe entrar por el pie, no por los ojos”, dice Zanolli, que recomienda probárselas en la tarde, cuando el pie está más hinchado, o después de un ligero ejercicio, ya que esas serán las condiciones en las que se usará la zapatilla. Ojalá, también, con el tipo de calcetines que se usará al correr.

“Lo más básico es que se sienta cómoda”, dice. “Saltar con ella, que no aprieten”, agrega Carrasco. Ambos aconsejan comprar un par con media talla más de la que solemos usar, para evitar cualquier estrechez, aunque Néstor Fernández no está de acuerdo.

“Para mí eso es un error”, dice. “Yo busco siempre el calce perfecto. Media talla más puede generar una fricción, que por muy mínima que sea, al correr una o dos horas te puede hacer daño. Mi primera maratón la corrí con una zapatilla que me quedaba un poco grande y se me volaron tres uñas”.

3. Amortiguación

Esta es la característica más importante de una zapatilla para correr. Que sea liviana e impermeable no sirve de nada sino logra absorber el impacto del pie contra el suelo.

“Es la gran diferencia entre una de running y otra que no lo es”, dice el traumatólogo de la Clínica Alemana. “¡La amortiguación es todo!”, agrega Daniela Carrasco. “Te sostiene, te afirma y hace que correr no duela”.

“A pesar de lo que mucha gente cree, no duelen las rodillas por salir a correr”, explica Fernández, de Runners Chile. “Duelen por usar un calzado sin amortiguación”.

La capacidad de absorber el golpe que da el pie contra el piso lo proporciona la espuma que está en la media suela, entre la suela y la plantilla. Hay diversos materiales —etilvinilacetato, poliuretano, poliéster en bloque, etc— y combinaciones, y algunos modelos tienen más amortiguación que otros.

“Para alguien más liviano y delgado, suele ser mejor una zapatilla más ligera, con menos amortiguación”, dice Carrasco. “Al revés, si la persona es más grande y de mayor peso, le conviene una zapatilla que amortigüe más”.

Fernández recomienda siempre leer la ficha técnica del calzado, ya que ahí se específica cuánto peso puede soportar. “No muchos modelos soportan más de 85 kg, así que hay que fijarse bien”.

Foto: Running Trip

4. Distancia y suelo

Así como no es lo mismo correr en maicillo que en asfalto, ni en un cerro que en la vereda, tampoco es igual correr un par de veces a la semana que hacer 10 km diarios. Sí: para cada una de estas opciones existe una zapatilla.

“Si haces distancias cortas y no con frecuencia diaria, una zapatilla de running básica está bien”, dice Daniela Carrasco. “Pero si corres todos los días, necesitarás invertir un poco más”.

“Los modelos muy ligeros son para competencia de distancias más cortas, como 5 o 10k”, explica Néstor Fernández. “Puma, por ejemplo, no tiene modelos para largas distancias, está más enfocada en la velocidad”.

Hay que estar atento, también, a la superficie en la que uno correrá. “En maicillo, en ripio o en un cerro, si la zapatilla no tiene agarre te puedes caer y torcer el pie”. La estabilidad para esos terrenos la da una pequeña dentadura en la suela, “y otro upper —como se le llama a la puntera—, más grueso, que también da más agarre”, apunta Néstor Fernández.

5. Tiempo

Para Daniela Carrasco, encontrar su modelo perfecto le tomó varios años y mucha plata. “Es un camino largo y costoso”, dice, pero que termina valiendo la pena, porque una vez que se llega ahí no hay necesidad de seguir buscando.

“Mi consejo es no guiarse por el look”, cuenta. “Mi zapatilla favorita es horrible. Entre más fea, suele ser mejor”.

A Néstor Fernández le pasó casi igual: tres años se demoró. Entre medio, sufrió de heridas, lesiones y molestias. “Hay que tener paciencia”, dice.

Para lo que no hay que esperar demasiado es cuando llega el momento de cambiarlas. Según Carrasco, eso se nota: “se sienten sueltas, gastadas, de la misma forma en que se siente vieja una polera”. El término que ocupa para definir ese estado es elocuente: “gualala”.

Como un cepillo de dientes, una zapatilla para correr también tiene un límite de uso. No hay que dejar que se rompa o se descosa, así como no hay que limpiarse la boca con una escobilla demasiado chascona. “Estadísticamente, hay que cambiarlas después de los 500 km”, dice el traumatólogo Diego Zanolli. “Más de 600 km yo no las usaría”, advierte Fernández.

Para un corredor frecuente, estos son como 5 o 6 meses de uso. “Yo las hago durar un semestre”, cuenta Daniela Carrasco. ¿Qué pasa si se utilizan más que eso? “La zapatilla pierde sus atributos, deja de amortiguar, y por lo tanto no te protege de las lesiones”, explica Zanolli. Fuente: La tercera



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