En el reciente –interminable– 2020 la prodigiosa María Elena Walsh todo el año celebró –vigencia mediante– sus 90 de edad. Por estos días recordamos los 10 años de su muerte. No, no vamos a decir, como se usa en nuestro periodismo: “10 años sin María Elena Walsh”. Vamos a decir, convencidos, 10 años más “con”

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

    Vuelvo sobre sus palabras; transitaré por sucesivos ratos de las conversaciones que mantuve con María Elena a lo largo de tres décadas, siempre con la excusa de reportajes. Aclaro pronto que ella detestaba las sociedades que se quedan chapoteando en la nostalgia lagañosa. Entonces, no se espere aquí ni una gota de nostalgia.

   1970, primer encuentro.   La conversación venía cordial hasta que tuve la pésima ocurrencia de decirle que yo prefería a los perros, porque “los gatos me parecen un poquito falsos”. Para qué. María Elena desenvainó toda clase de argumentos defendiendo a los pequeños felinos. Como yo no daba el brazo a torcer y la provocaba afirmando que “los perros son más sinceros”, ella, citando a no sé qué escritor francés, me dijo: “Además, querido, hay perros policía… ¡pero no hay gatos policía! Y con eso, te digo todo.”

   Año 1980.   Otra larga charla. Hablamos especialmente de la situación de la mujer en nuestro tiempo. Durante el encuentro, María Elena permaneció todo el tiempo sentada, detrás de su escritorio. Al terminar, se puso de pie con enorme dificultad y sorpresivamente buscó unas muletas. “¿Qué, tuviste un accidente, María Elena?”, le pregunté. “Cáncer de fémur, viejo”, me contestó rotunda. Enmudecí. María Elena rápido me compartió su drama. Me fui de su casa sin saber qué decirle. Después escribí el reportaje, pero no puse una sola palabra sobre su cáncer. Hubiera sido una gran primicia para la revista de actualidad en la que yo trabajaba por entonces. Explosiva nota de tapa. Preferí el silencio.

    Año 1982.   Ya ha superado la terrible enfermedad. Me encuentro con una María Elena luminosa, rozagante. Esta vez sí hablamos con naturalidad del jodido tema. Me dice, sonriente:

–Cuatro o cinco de cada diez casos de cáncer ahora pueden curarse. Aquí estoy. Aparte del Proceso Militar, que todos padecimos, yo tuve mi proceso personal, del que luego de cinco operaciones voy saliendo.

–¿Qué se aprende estando así de enfermo?

–Se aprende en carne propia que el discapacitado es mirado con rechazo. La insensibilidad está muy fomentada. La gente tiene la imagen que se exalta a través del deporte, de los cuerpos duros de las Fuerzas Armadas. A los discapacitados se los tiene guardados en las casas.

Se podría decir que hay una especie de racismo hacia los discapacitados.

–Lo hay. Y lo compruebo a diario. Cuando un chico se suelta de la mano y al ver mis muletas me pregunta: “¿Qué te pasó?”, la madre le dice: “¡Calláte nene!”. Por otro lado uno descubre que siente para sí vergüenza de estar enfermo.

–¿Y cómo te parece que es la convivencia con la flamante democracia?

–Siempre que se sale de un período de dictadura muy largo, la convivencia con la democracia resulta difícil. Pongo en primer plano a la gente más castigada económicamente: ellos son quienes mejor conviven con la democracia.

–Luego de siete años de dictadura, ¿los militares aprendieron algo?

–Inspirada en el libro “Indios, ejército y fronteras” de David Viñas, diría que estos últimos siete años los podríamos remontar a un siglo atrás. Si seguimos, a través de la educación, glorificando la Campaña del Desierto, no va a pasar mucho tiempo sin que se glorifique la campaña contra la subversión como un hecho tan patriótico semejante a las campañas de San Martín. Yo no sé si el Ejército aprendió algo: creo que no. Pero creo que los que tenemos que aprender somos los civiles.

Aprender ¿qué?

–Aprender a no fomentar ese machismo, ese fascismo y ese espíritu bélico que adoramos. Bueno… algo estamos aprendiendo, pero tampoco podemos hacer milagros. Tenemos una desmemoria tremenda para lo que sucedió ayer mismo. Nos olvidamos de todo lo que padecimos. Sigue vigente el culto por las armas o por la violencia. No vamos a revertir semejante lavado de cerebro ni en un año, ni en dos. Es importante machacar sobre la necesidad de creación de un espíritu comunitario y no guerrero. Y esto depende bastante de los medios de comunicación.

–¿Y cómo te parece que es la convivencia de los medios con la democracia?

–Terrible. Es una vergüenza. Estos medios son la causa de que sintamos muchas veces como que la democracia no sirve, que se pincha, que se desinfla.

¿Por qué razón los argentinos pasamos tan rápido de la euforia a la depresión?

Volvemos al principio: son cien años de fascinación por el poder militar. Nos fascinan los hombres fuertes y armados. Ellos nos han hecho creer que hacen las cosas rápido y efectivamente. En el fondo somos un país fascista. Entonces sigue una gran mayoría de la gente la fantasía del hombre… del gobierno fuerte.

–¿Dónde arranca eso?

–Esto arranca desde el fondo de nuestra historia. La Argentina es un país militarista. Se nos ha inculcado el culto a los héroes casi exclusivamente militares. Por ningún frente, por ninguno se les dio, a los chicos y a los grandes, la noción de que hay otra clase de héroes, o no héroes: la gente que trabaja, sencillamente.

Antes nos decíamos que éramos el mejor país del mundo. Ahora nos decimos que somos los más inexplicables del mundo. Siempre los más.

–No somos inexplicables. El problema de los desaparecidos es único en la historia, eso sí nos distingue. Ahí sí somos los primeros del mundo. Ahora, los medios de comunicación fomentan la impaciencia. La tarea es crear una sociedad con sentido comunitario, que se preocupe por el desamparo, que rompa la hipocresía de la educación sexual. Somos un país explicable: no somos el granero del mundo ni tampoco lo peor. Lo que pasa es que se las arreglan para impedir que estemos en el punto medio que es la realidad. A la realidad únicamente la podemos asumir mediante el ejercicio de esta democracia. Los problemas de esta democracia debieran ser bendecidos…

   Año 1996.    María Elena vive ahora en un departamento en donde no hay gatos, salvo unos gatos quietísimos, de porcelana. Acaba de cumplir años.

–¿Podés decir en voz alta cuántos años cumpliste?

–Seis cinco. Y estoy furiosa. He leído un titular en un diario que dice: “Cayó una anciana por el hueco de un ascensor”. La “anciana” de la noticia tenía 62 años. Mierda, ¿cómo se le puede decir anciana a una persona de 62 años?

–Vos, a los 65, ¿cómo te sentís?

–Tirando a optimista. Uno tiene una tendencia a verlo todo negro. Pero esto es algo que se puede tratar; como un dolor de muelas.

–Crees en un optimismo laborioso, amasado como un pan.

–Es que a todas las cosas es cuestión de trabajarlas.

–¿También al amor enamorado?

–Seguro, también el amor. Del amor se dicen tantas pavadas… Es un trabajo, es una elaboración, es una serie de concesiones, hay que domar el egoísmo, aprender a mirar al otro… Así es: todo lo que se dice sobre el amor es pavada y lugares comunes. Tendríamos que recurrir a algunos poetas para que nos dijeran algo fresco sobre el amor. Pero los que dicen las pavadas no son los enamorados, eh. Ellos tienen todo el derecho de decir ‘mamarrachito mío’, ‘cucuruchito’, todo lo que quieran. Muy legítimo. Los filósofos, los que opinan sobre el amor, son los que dicen pavadas.

–Cambiando de tema: ¿cómo ves al Estado hoy?

–Aspiro a una organización social donde te sientas protegido. Y no me refiero a la asignación de una cifra mensual. En Suecia, en una época, había un año de licencia para la pareja… no es cuestión de que te preparen con un manual, pero te podrían proteger, crear condiciones para que los dos compartan la crianza… Se bendice tanto a la familia, pero no veo a nadie que le importe protegerla.

–Raro que afirmés el Estado cuando el Estado es algo muy desacreditado por estos años.

–Bueno, hacen mal. Porque yo, cuando digo Estado pienso que, de todas maneras, este Estado criticado y defectuoso que supimos conseguir y que manejamos tan mal se sigue ocupando de nosotros. Mal, pero se ocupa. Siguen habiendo hospitales y escuelas públicass, centros culturales, orquestas. De modo que el Estado existe. No digo que tiene que ocuparse de todo, pero de esas cosas sí. Y ni hablar de la educación.

–¿Y qué pensás sobre nuestros políticos?

–Los políticos son imprescindibles y además los tenemos que educar. Ellos, los políticos, son nuestros representantes o tienen que serlo. Y los tenemos que educar. Y les tenemos que exigir.

–La política aparece como sinónimo de corrupción.

–No olvidemos: lo que son los políticos somos nosotros también. Los políticos y el resto estamos adentro de la misma familia. No tenemos otra salida que los políticos. Eduquémoslos. Exijámosles. Pero no se nos olvide preguntarnos: si no son los políticos quienes nos gobiernan, ¿quiénes serían?

–¿Aprendimos los argentinos de tanto como nos pasó?

–No. Absolutamente no. No queremos hacer memoria. Y eso es muy peligroso. Peligroso en lo histórico y peligroso en lo personal. Decir “y bueno, ya pasó” es peligroso. Porque… no sé si pasó.

–Se dice que el problema argentino actual parte de la falta de “ejemplos”.

–Eso me parece un macanazo. Lo que más tenemos son ejemplos.

¿Ejemplos, dónde María Elena?

–Este es el punto. ¿Dónde? No tenemos que ir a buscarlos a la televisión. Los tenemos en nuestra familia y vecinos. La mayor parte de la gente que conocemos vive de su trabajo. Qué mejor ejemplo que ese. ¿Por qué vamos esperarlos de esa minoría que vive chupando la sangre?

–¿Tipos como Maradona o Charly García tienen que dar el ejemplo?

–No estoy segura que deban darlo. Maradona y Charly son ejemplos en lo suyo.

–Otro tema recurrente es la corrupción. ¿Qué opinás sobre eso?

–Asunto grave. Y creo que también es corregible. Yo creo que el verdaderamente corrupto es el que paga. Nosotros en general perseguimos al que recibe. Quizás si apuntamos al que paga estaremos más acertados. Es curioso: la corrupción ni se nombraba en los años de la dictadura militar, en los años de plomo. ¿Acaso porque no se nombraba no existía? ¿Acaso en el mundial de fútbol del 78 se hizo todo limpito? La supuesta limpieza surgía de no hablar. Hoy por fin se habla mucho. Pero además de hablar deberíamos ir apuntando a alguna solución, cosa de no pasarnos la vida hablando al divino botón.

Posdata

Pasó casi un cuarto de siglo desde aquella última conversación con María Elena. Parece que fue la semana pasada. Me permitoimaginar a la lúcida Walsh en este 2021. Muchas de sus opiniones seguro que le dan en el hígado a los neoliberales de nuestra patria, a los demasiados simpatizantes que aquí tiene el señor Bolsonaro; en fin, a los que sienten nostalgia por la solución de la Mano fuerte y, encima, indisimulable admiración por lo que piensen y sienten algunos muchachos autodenominados “pumas”.

    Al despedirme le pregunté a María Elena por su salud. Me respondió: “¿Mi salud? Muy bien. Lo digo y me toco la cabeza. Mi cabeza es la madera que tengo más a mano.”

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