Porque se me canta, voy a recordar a Niní Marshall –sin apelar a la excusa de ningún aniversario. A Niní el calificativo “genial”, tan deshilachado en estos tiempos de adjetivación descontrolada, no le quedaba, y no le queda grande

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Tuve la enorme fortuna de entrevistarla cinco veces: la primera en Mendoza en 1962, para el diario “Los Andes”. Después, para revistas y diarios porteños, la entrevisté en 1982, 1990 y 1994. Y tuve, finalmente, el privilegio de estar solito a su lado en un palco, viendo la función en el Maipo la noche que Marilú Marini estrenaba “Mortadela”, obra armada con sus personajes antológicos. Aquella Niní, ya pasados sus noventa años, decía simultáneamente, moviendo apenas los labios, los textos que Marilú corporizaba magistralmente en el escenario. En aquella ocasión privilegiada advertí que Niní cada tanto murmurando decía: “¡Qué bestia! Se refería al atrevimiento de sus ocurrencias de cuatro o cinco décadas atrás, como autora. 

   Entretejiendo esos encuentros le dediqué un capítulo en mi libro “Argentinos en la cornisa” (editado por Aguilar). ¿Cómo era la prodigiosa Niní? Vivía en estado de humor, y de rubor. Sin despeinarse, alumbró usos y temas y costumbres. Transgredió a diestra y siniestra hace cuarenta, hace cincuenta años, cuando la palabrita transgresión no estaba todavía de moda en el territorio nacional. Metió su dedito en la llaga y en el ventilador y en otras partes absolutamente peligrosas también. Se metió con todo y con todos. Caminó siempre por el último borde de la orilla, como si tal cosa, lo más campante. Convirtió en risa lo vulgar, lo terrible, hasta lo trágico. Hizo risa atrevida, sin mirar a quién.

   Escribió y encarnó el humor de todos los colores. Con el humor negro se manejaba como quien toma un cafecito. Tuvo el coraje de abordar el grotesco hasta las pestañas: su fineza salió siempre ilesa. Medio siglo antes de que estallara en el país la comodidad de proferir chistes de gallegos, ella los hacía, pero a través de personajes. Medio siglo antes que nadie se metió con lo que no se puede, con lo que no se debe: por ejemplo, ironizó sobre las colectividades (gallegos, turcos, tanos, judíos) con una soltura y un atrevimiento nunca dictado por la mala leche, ni por el fácil racismo, sino por una agudísima capacidad de observación que sólo poseen quienes ven más allá de sus narices, y más acá también.

   Ironizó sobre los médicos, los bacanes, las aristócratas de la Sociedad Rural, con las mucamas de las aristócratas, con los personajes barriales, zapateros, lecheros, soderos,  almaceneros. Y con los usureros y con los abogados. Y no sólo eso, se metió con los cementerios, con las religiones, con los chupacirios, con los velatorios, con los espiritistas, con las vírgenes y con las desvirgadas. Y con la hipocresía reinante se metió, y con la policía y con la misma muerte.

   Se metió con agudeza, con naturalidad, con la lucidez de la naturalidad, con la poesía de la naturalidad. Redimió al mero chiste y lo transfiguró en humor. Recordemos que la diferencia entre “chiste” y “humor” es la misma que hay entre “ruido” y “sonido”, entre “chatura” y “nivel del mar”.

   Atrevida como era, no escribió una sola “mala palabra” en su vida. Ni una.

   Fue la radiógrafa tiernamente impiadosa de todas las capas de nuestra entretenida fauna, es de eso que denominamos “sociedad”. Era una diabla luminosa, Niní.

    A Lino Patalano (su representante, y hijo de la vida en su última etapa) le hizo varias granujadas. Cierta vez, Lino la invitó a ver un espectáculo de Julio Bocca en el Luna Park. Quedaron en que al finalizar la función irían a una reunión en la casa Lino. Niní asistió al recital. Pero resulta que eran las dos de la mañana y en la casa de Lino no aparecía. Gran preocupación. De pronto suena el teléfono. Atiende Lino, es Niní que le dice: “Ay, Lino, por fin me puedo comunicar. ¡Estoy en la comisería! Perdí el coche con chofer, tan simpático, que me mandaste; y perdí a mi nieta que me acompañaba y desvalida como soy, ¡me quedé sola en la calle, hecha un trapo! Entonces me vio un policía con bigote y me preguntó: ‘¿Quién es usted?’ ‘Soy Niní Marshall’, le contesté. Como no tenía documentos, me dijo: ‘Usted miente, vieja loca’. Y acá estoy, Lino, en la comisería 37.” “¡¿Usted en la comisaría, Niní?!” “Calma, Lino, no te preocupés. Me están tratando bien aquí. Recién hasta me trajeron una mantita, con algunas pulgas pero calentita”. Lino palideció. Después de unos segundos, eternos, Niní le dijo: “No, Lino, no te asustés. Estoy en casa. Todas mentiras lo que te dije”.

   Es curioso, esta mujer tan lúcida y fina y corajuda, en las entrevistas que le hice siempre mostró una timidez que no podía esconder. Rápido me aclaraba: “Sobre el humor no se me ocurre ningún discurso. Yo vine con el don del humor pero me faltó estatura. Más no tengo para decir”.

   Cuando le pregunté de dónde sacaba los personajes que escribía y actuaba, me dijo: “Cuestión de mirar y de oír más allá de las narices. Cuestión de observar. A Catita la encontré entre la gente que esperaba a los actores, en el vestíbulo de la radio, para pedirles autógrafos. Cándida era una empleada llamada Francisca, una institución en mi casa. A propósito de Catita recuerdo dónde encontré la punta del hilo: una señora y su hija, Catita las dos, pedían una prueba para cantar en la radio. Pero la madre advirtió: ‘Cantar ahora mi hija no puede cantar, porque tiene las amígalas flemonadas’. De esa frase me nació el personaje. Nada del otro mundo ¿no?”

   Cuando le pregunté quiénes habían influido en su humor sociológico, hacedor de radiografías perdurables, me dijo: “esto se debe a que tuve un tío torero”.

   Cuando le pregunté si prefería el presente o el pasado, me dijo: “Recordar es más cómodo a mi edad. Recordar me agita menos que lavarme los dientes”.

   Cuando le pregunté su opinión sobre el humor que se maneja en la radio y en la televisión actuales, me dijo: “¿No va a tomar el café que le serví?”

   Cuando le reiteré la pregunta, me dijo: “No puedo ofrecerle más café porque todavía tiene su taza llena”.

   Cuando le pregunté por tercera vez, me dijo: “Me produce escalofrío la inspiración a sueldo.” Después, ya liberada de la pregunta, me contó: “Yo siempre escribía por la mañana y en la cama, y en un block de papel ordinario. Para no desentonar.”

   Cuando le pregunté si escribía en ayunas o desayunada, me pidió: “Ay, señor, no me haga reír. Estoy tan débil…”

   Llegó el difícil momento de preguntarle su edad, tema del que nunca aceptaba hablar. Ahí me dijo: “Aquí donde me ve, yo todavía me defiendo. Pero el problema es que nadie me ataca… Ay, tengo taaaaaantos años que ya puedo decirlos. ¿Se lo digo con números o se lo digo con letras? Mejor se lo digo con tres sílabas: ¡No-ven-ta! Qué bestia. Qué manera de vivir. No tengo perdón.”

   Por supuesto que le pregunté por qué era tan pero tan tímida, que se permitía ruborizarse a los 90 años. Y me dijo: “Sí, muy tímida… Humorista por parte de madre. Tímida por parte de padre. Soy tan tímida que, acérquese que se lo digo al oído: creo haber inventado mis personajes para esconderme detrás de ellos.”

   La última pregunta fue: “Niní, ¿usted se paree a alguno de sus personajes?” Entonces, tapándose el rostro realmente ruborizado, exclamó: “¡Dios me libre!”

Posdata:

   Genia ¡genial!, Niní. Imaginémosla por estos días en un palco del Congreso de la Nación, acurrucadita,  haciendo la radiografía de los crispados que se resistieron a la ley de “aporte solidario” de las grandes fortunas de esta patria idolatrada; aporte en tiempos de pandemia; aporte, en fin, de esos poquitos que tienen tanta pero tanta guita que no podrían gastarla ni viviendo cinco vidas.

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Última actuación de Niní Marshall

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