LOS BOXEADORES NEGROS

Mientras en el siglo pasado las grandes figuras del boxeo eran púgiles “de color”, como se dice de los negros (se recuerda a Cassius Clay, Ray Sugar Leonard, Joe Frazier, Marvin Hagler, entre otros muchos), no ocurrió lo mismo en los albores del pugilismo. Habría que esperar hasta finales del siglo XVIII para encontrar el primer gran púgil de raza negra, ya mencionado: Bill Richmond. Hijo de un esclavo de Georgia y propiedad de un clérigo, apareció en un ring de Inglaterra hacia 1787, de la mano de quien poco tiempo después sería duque de Northumberland: sir Earl Percy, quien actuó nada menos que como comandante de las tropas inglesas que lucharon contra las de George Washington, tratando en vano de sofocar la rebelión de los norteamericanos por su independencia.

Bill Richmond.

En Bill Richmond los ingleses vieron, entusiasmados, al primer púgil negro dotado de excelentes facultades para el ring.

Hasta que atraído por su fama llega a Londres, hacia 1809, otro norteamericano, marinero, tripulante del “Bristol” y negro también, esclavo nacido en Virginia 25 años antes, Tom Molineaux. Su ex propietario le había otorgado la libertad y una buena cantidad de dinero, al vencer al esclavo propiedad de un vecino llamado Randolph Payton. (Fue así, en esta suerte de riñas vecinales, como proliferaron los boxeadores negros que darían renombre a los Estados Unidos, porque los esclavistas del sur americano se jugaban su prestigio y su orgullo.)

La cuestión es que fue de esta manera –pero de la mano negra de Bill Richmond, que derrotado se convertirá en su protector– como Tom Molineaux se introdujo en los círculos pugilísticos ingleses, donde alcanzaría gran fama. En estos dos hombres, negros norteamericanos, libertos los dos, reside el secreto de lo que más adelante se conocería como el “poder negro” de Joe Louis, campeón del mundo de los pesados nada menos que durante doce años –de 1937 a 1949–, con un récord de peleas difícilmente superable, porque defendió su título siempre invicto durante 25 veces.

Tom Cribb vs. Tom Molineaux.

La Gran Esperanza Blanca

Desde que John Arthur “Jack” Johnson, obtuvo el título mundial de peso pesado sobre “Tommy” Burns, un 26 de diciembre de 1908 en Sydney, Australia, el boxeo ha visto una interminable serie de pugilistas ocupando el rol de la “gran esperanza blanca”. Johnson había nacido en Galveston, Texas, en 1878, y fue el primer luchador negro en reinar como campeón de peso pesado. Antes que él sólo los hombres blancos habían usado la corona: James J. Corbett, Bob Fitzsimonns, James Jeffries, Marvin Hart y Burns. Johnson, un hombre muy grande, de más de cien kilos y metro ochenta de estatura, tenía una fuerza terrorífica en la mitad superior de su cuerpo, y su cabeza afeitada al ras y brillante lo hacían aparecer aún más amenazador.

La victoria de Johnson sobre Burns, campeón canadiense, tuvo repercusión política y social.

Después, cuando Johnson venció a James Jeffries, el 4 de julio de 1910, la victoria derivó en desorden racial, cuando algunos negros del sur de Estados Unidos celebraban el éxito de Johnson. Varios de ellos incluso murieron cuando sobrepasaron los límites impuestos por las autoridades blancas.

“En ninguna guerra, en ningún lugar se ha congregado nunca tal número de escritores e ilustradores”, advertía Jack London, enviado por el New York Herald a Reno (Nevada) para cubrir el acontecimiento deportivo más importante hasta ese momento. Como todos los 4 de julio, en Estados Unidos se conmemoraba el Día de la Independencia, pero pocos parecían recordarlo. El “orgullo nacional” se disputaba en el ring. Ni Adams ni Washington ni Jefferson. Ese día, sólo dos nombres ocupaban el imaginario social: Jack Johnson (“el gigante de Galveston”) y James Jeffries (“la gran esperanza blanca”).

En el cuadrilátero no se enfrentaban sólo dos púgiles. Las leyes Jim Crow, que instauraban la segregación racial en espacios públicos, encontraban su contracara en la “barrera de color” que reinaba en la disciplina, y obligaba a los negros a competir en una liga propia.

Desde entonces, el concepto del ring como territorio de una América blanca y predominante ha sido remplazado por el color negro.

Jack Johnson, “El gigante de Galveston”.

Muhammad Alí ha recordado que todos los grandes campeones de peso pesado, incluidos Johnson, el gran Joe Louis, y por supuesto él mismo, fueron negros. Esto, imparcialmente, no es verdad. Rocky Marciano, cuyo récord en su carrera fue de 49 KO puros, fue uno de los mejores. Jack Dempsey, Gene Tunney, también caen dentro de esta categoría. Max Schmeling fue un caso clásico. Cuando Tunney se retiró, el fornido alemán fue premiado con el título de los pesos pesados, luego de que Jack Sharkey fuera descalificado en su pelea por la corona vacante. Sharkey retomó el título dos años después. Pero Schmeling siempre fue digno de llevar la bandera o estandarte del alemán ario. Como cuando noqueó a Joe Louis en 1936, en que no sólo el cruel dictador Adolf Hitler sino una nación entera lo aclamaron como ejemplo de superioridad racial.

En cambio, cuando Louis se convirtió en campeón de peso pesado por noquear a James J. Braddock, en 1937, no hubo comentarios de Hitler ni celebraciones populares. Y cuando un año después Louis se vengó y noqueó a Schmeling, en el primer round de la pelea, la Alemania nazi se mantuvo callada por completo, salvo una infundada demanda de que el combate había sido ganado de manera sucia. Hasta los críticos de Louis tuvieron que admitir que él era el mejor boxeador del mundo. O.B. Keeler escribiría en el Atlanta Journal: “Joe Louis es ahora el campeón mundial de peso pesado, y tan lejos como este corresponsal puede ver, no hay nada que pueda hacerse al respecto… Nuestro campeón de box es Joseph Louis Barrow”.

La pelea tenía tintes políticos, con Hitler tratando de que Schmeling mostrara la superioridad alemana, pero cuando no había terminado el primer round la superioridad del negro fue tan evidente que no quedaba duda de que Joe Louis era el más grande boxeador de todos los tiempos. La transmisión por radio en Alemania fue cortada ante la primera caída de Schmeling. A partir de ese momento, el nombre de Max Schmeling fue eliminado de toda publicidad política por el Ministerio de Propaganda de Alemania. Por su parte Schmeling contrató un entrenador austriaco judío para borrar en Estados Unidos su imagen de “guerrero nazi”.

De la victoria de Schmeling se habían apropiado Adolfo Hitler y el nazismo, instalados en el poder, tratando de hacer notar que la fortaleza de ese boxeador expresaba la declamada superioridad de la raza aria. Y por eso mismo hubo quienes, inclusive, llamaban a Schmeling “el boxeador de Hitler”, cuando en 1938 fue de nuevo a Nueva York para perder ante Louis en el primer asalto. Sin embargo, para esos días el ex campeón ya ejercía una resistencia silenciosa, que se manifestaba en su negativa a afiliarse al nacionalsocialismo, y también soportando repetidos requerimientos para que lo hiciera.

En noviembre de aquel mismo 1938, Schmeling salvó la vida de dos hermanos judíos de apellido Lewin. Mientras en las calles de Berlín la saña nazi arrasaba con los judíos en el lúgubre episodio conocido como “La noche de los cristales”, el boxeador mantuvo escondidos a los dos jóvenes en su suite en un hotel y después los ayudó a abandonar Alemania y llegar a los Estados Unidos. Décadas más tarde, ese acto en el que arriesgó su vida le valdría una distinción de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg.

Bajo esa lógica, Schmeling conservó a su manager, también judío, Joe Jacobs, pese a las demandas del ministro de Prensa y Propaganda del régimen, Joseph Goebbels. La agencia AP recordó al morir Schmeling que además usó su influencia para evitar la deportación de otras personas hacia los campos de concentración.

Desde la época de Rocky Marciano, no pocos americanos han estado esperando por un campeón blanco de peso pesado. Y el duro canadiense George Chuvalo, que luchó parejo con Alí durante 15 rounds, no pudo llevarse el título. Jerry Quarry fue noqueado dos veces tratando de lograr el mismo objetivo. Y el británico Joe Bupner la pasó un poco mejor, manteniéndose hasta 12 y 15 rounds, en dos oportunidades, con Muhammad Alí. Chuck Wepner, el notable “Bayone Bleeder” (bayoneta sangradora), fue noqueado por Alí en el round 15. Nuestro querido Ringo Bonavena tampoco pudo con Alí. Y Larry Holmes despachó a Jerry Cooney (1982), Randall “Tex” Cobb (1982) y a Scott Frank (1983), mientras fue campeón.

El sueco Ingemar Johansson fue dueño del título de los pesos pesados, pero brevemente, desde junio de 1959 a junio de 1960, entre luchas contra Floyd Patterson. El sudafricano Genie Coetsee, un boxeador blanco, fue campeón mundial de peso pesado sólo por un año, en 1984. Había noqueado a Michael Dokes en 10 rounds. Pero luego perdió el título cuando Greg Pape lo noqueó en el octavo round.

Cooney es un ejemplo claro y moderno de la Gran Esperanza Blanca. Con un metro ochenta y más de cien kilos de peso, tenía el aspecto de un peso pesado. Pero durante su carrera, su corazón nunca estuvo en el lugar correcto, por decirlo así. Después de ser noqueado por Holmes en 1982, luchó sólo tres veces durante un período de cinco años, boxeando por menos de siete rounds en cada pelea.

Aún, así a Cooney le ofrecieron 5 millones de dólares para pelear con el campeón de los pesos pesados Michael Spinks, el 19 de junio de 1987. Spinks destruyó a Cooney en cinco rounds. Esa pelea entre Cooney, antiguo campeón inactivo, y Spinks, un verdadero peso pesado, pudo generar, probablemente, una recaudación total de 12 millones de dólares. Y hasta ahí se recuerda que Cooney fue la última gran esperanza blanca entre los americanos.

El boxeo en los Estados Unidos

Desde aquellos dos negros esclavos, liberados por sus amos gracias a sus puños, y que de la mano de ellos o sus protectores deben ir a Londres para consagrarse sobre un ring, la historia del boxeo profesional será otro gran match, una sorda competencia, una batalla más, como las de la guerra de la independencia, pero incruenta y consentida ahora, que librará Inglaterra contra su ex colonia del norte de América, por el dominio de lo que llegará a ser “la meca del boxeo”.

Y la victoria volverá a ser para los Estados Unidos, que por su poderío económico logrará estimular la práctica de este deporte, hasta convertirlo en un espectáculo de multitudes y una industria millonaria. Sí, porque salvo un tal Jack Black (por negro también), que hacia fines del siglo XVIII acabó con el reinado de aquel Jack Broughton, autor del primer reglamento pugilístico, y con una serie de boxeadores mediocres y corrompidos que desacreditaban el deporte con trampas y “tongos”, Londres había aportado al boxeo mundial la figura de un solo “grande” de valía: inglés de origen portugués, nacido en un barrio como gueto de las orillas de Londres. Daniel Mendoza se llamaba. Fue considerado el mejor boxeador de su tiempo, y no sólo perfeccionó las reglas de ese deporte legadas por Broughton, sino que consiguió popularizarlo hasta límites desconocidos por entonces. Daniel Mendoza disputó 35 combates, murió a los 63 años como encargado de la Taberna del Almirante Nelson, y se asegura que sin su participación resultaría difícil imaginarse el auge que tiempo después alcanzó el pugilismo del otro lado del Atlántico.

Desaparecido del firmamento de las doce cuerdas, sus sucesores –entre los que destacan John Jackson, su vencedor, y Jem Mace – no podrán evitar que los norteamericanos tomen el relevo y nazcan los primeros mitos, que en su gran mayoría habrá que buscar en el reino de los grandes pesos.

En el terreno deportivo, la confrontación Inglaterra-Estados Unidos registra su primer encuentro en 1860, cuando se disputa el que sería el primer combate internacional de la historia del boxeo. En él, Tom Sayers, campeón de Inglaterra, se enfrenta con John Heenan, campeón norteamericano, en una pelea a 42 asaltos –nada menos–, que resultará empatada.

Y el último combate sin guantes, valedero no obstante para el título mundial de los pesos pesados –y recordado como una verdadera maratón boxística por los 75 asaltos que duró–, será el que disputarán, en Inglaterra todavía, Jake Kilarin y John Sullivan, que tan agotado como su rival, ganará tambaleante por fulminante nocaut.

Fue oficialmente la pelea más larga de la historia.

Jake Kilarin y John Sullivan.

No obstante, perderá por la misma cuenta la pelea que por el Primer Campeonato del Mundo mantuvo, en los Estados Unidos ahora, con James Corbett. Fiscalizado al fin por las reglas del marqués de Queensberry, Corbett lo noqueará después del vigésimo asalto.

Estos dos púgiles son los que encabezarán la lista de los grandes del boxeo que los sucederán, como Bob Fitzsimmons, que efímeramente devolverá la supremacía a Inglaterra; Jack Dempsey, conocido como “El Martillador de Manassa”; Gene Tunney, el marino boxeador; el imbatible negro Joe Louis, “El Bombardero de Detroit”, y un italiano, “el hombre que devolvió el honor a la raza blanca”: Rocky Marciano.

Entre todos ellos, profesionales del peso de John Sullivan, suscribieron el prólogo de la historia del boxeo, que otra cantidad de pugilistas, de otras nacionalidades y categorías, seguirían escribiendo, con gran estilo algunos, a lo largo del siglo XX y XXI.

Pero esa será la historia del boxeo como deporte exclusivamente profesional. Bien que la otra, la del negocio del boxeo, la del pugilismo como oficio, carrera e industria altamente rentables, comenzaría a escribirla para los periódicos Jack Dempsey, cuando un mes de julio de 1919 destronó a Jesse Willard, ante 20 mil espectadores que fueron a pagarle al estadio de Toledo (Ohio) más de medio millón de dólares, suma que ascendería a tres millones y medio con los dólares que siete años después fueron a dejar en la taquilla otros cien mil delirantes, por presenciar su encuentro con Gene Tunney.

Y eso en un país como los Estados Unidos, donde grandes figuras de ese deporte han multiplicado sus ganancias miles de veces, por los millones de espectadores invisibles que han aportado la radio y la televisión.

Y por fin: ¿podrá saberse cuántos y cuáles son aquellos pugilistas profesionales de otras categorías y otras naciones, que, aunque distintas de las dos anglosajonas –la inglesa y la americana– siguieron escribiendo, en el mismo idioma de los puños, la ya secular historia del boxeo?

No es fácil. Porque la memoria de las crónicas deportivas que registran esa historia sólo recuerda a los triunfadores, a los que, por el dominio de su oficio, su potencia y su suerte, fueron consagrados. Por eso, por cada uno de los excepcionales que aquí podremos mencionar, otros muchos, mucho más numerosos, no pudieron llegar a tener un lugar en la historia grande del boxeo mundial.

Y he aquí los nombres de algunos de aquellos otros profesionales: el alemán Max Baer, apodado “el Bello Max”; el francés Georges Carpentier, “el Elegante”; el español Paulino Uzcudun, “el Mutil de Regil”; el italiano Primo Carnera, “el Gigante de Sequals”; el alemán Schmeling, “el Aryan Germany”; el hawaiano Carl Bobo Olson; el húngaro Laszlo Papp, tricampeón olímpico; el otro español Luis Romero, campeón de Europa; el negro Joe Yérsey Walcott; el otro negro, americano también, Charles Sony Liston, “el Oso Feo”; el campeón italiano Duilio Loi; otro negro, Floyd Patterson, el “de la mandíbula de cristal”; y para finalizar con esta lista que sería interminable, el sueco Ingemar Johansson, que le arrebató el título a Patterson, para perderlo después ante el mismo rival.

Buena parte de estas historias habrán tenido por escenario el Madison Square Garden, considerado desde hace años y años la catedral del boxeo. Y levantada, por simbólica coincidencia, en el mismo lugar de una solitaria barraca de Nueva York, donde se libró “con carácter oficial” –¿por su autorización o porque era ya para un campeonato?, el primer combate de box, allá por 1816, entre dos negros seguramente. Ya que Jacob Hier y Tom Beasley habían sido alumnos de un negro, en el arte del pugilismo. Y nada menos que de Zacarías Molineaux, ex esclavo y padre de esclavos.

¿Y por qué nada menos? Porque este Zacarías fue el primer hombre que practicó el boxeo, desconocido hasta entonces, en el Nuevo Mundo. Eso le valió ser perseguido, no ya en un pueblo del Sur esclavista sino en una ciudad liberal y progresista del Norte como lo era Filadelfia, vecina de Nueva York y cuna de la independencia. ¿Cómo se explica eso? Porque el viejo Molineaux debió haber vapuleado a puñetazos, y más de una vez, a algunos puritanos blancos. Y tuvo que huir. Como allá en el Sur. No sin antes haberle enseñado los secretos de su nuevo arte, oficio y arma, a su propio hijo, Tom Molineaux, aquel negro que ganara su libertad boxeando y se consagrara en los rings de Londres, de la mano de su ex propietario.

¿Y dónde habría aprendido su padre ese exótico arte de la defensa personal que para muchos de ellos se transformaría en instrumento de liberación? Cuentan antiguas crónicas que el boxeo llegó a América, la del Norte, en los puños de los marineros irlandeses, que, sometidos y despreciados durante siglos por los ingleses, solamente quisieron transmitirles a los esclavos negros los secretos de aquel arte marcial que llegaría a ser llamado “científico” por uno de sus estudiosos codificadores.

Por curiosa casualidad, al primer gran campeón que dieron los Estados Unidos, aunque nacido en Manassa (Colorado), lo apodaron “el Irlandés”. ¿Acaso por descendencia y sangre? ¿Habrá sido hijo de inmigrantes de aquel martirizado país de las islas británicas?. Si fue así, fue por los puños invencibles de Jack Dempsey que un irlandés se vengó de los avasallamientos y afrentas sufridos durante 700 años, infligidos por Inglaterra sin reparar en crueldades.

Jack Dempsey.

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