Desde hace algunos años, el control sobre la humanidad se ha incrementado.Los ciudadanos del mundo somos datos, cada día más. Nuestra huella digital es el botín buscado por la publicidad y el marketing para financiar la economía de la abundancia digital. Pero los gobiernos, los servicios secretos y cientos de espías digitales saben cada vez más sobre nosotros

 Editorial Jornada

Es también la paradoja del control 2.0: las mismas tecnologías y herramientas utilizadas por personas de todo el mundo para luchar contra la opresión, la injusticia o defender sus intereses son controladas por un puñado de empresas fáciles de coaccionar y vigilar.
Hay otras contradicciones. La sociedad de la abundancia es una civilización del hiperconsumo donde unos pocos controlan a muchos con la aparente felicidad de una interacción mediatizada por quienes controlan el sistema.

Además, no podemos fiarnos de las redes sociales. Su poder para la falsedad y el rumor es mayor que su capacidad de contrastar hechos y datos. La sociedad del conocimiento es más bien una sociedad del rumor y el prejuicio. El aumento de los robos de identidad, la usurpación de perfiles de grandes medios en las redes sociales y el frenesí de una apresurada vida en tiempo real son los peligros del exceso de inocencia digital.

Mucho peor las falsas informaciones, las fake news, sobre muertes de personajes famosos y otros no tanto. Y también está imponiéndose la “deepfake”, la tecnología que hace posible crear noticias falsas que circulan por internet, donde la inteligencia artificial está ayudando a que en el terreno del vídeo se logre lo que ya se logró con la fotografía: engañar completamente al ojo con imágenes sintéticas.

Politólogos, físicos y matemáticos estudian hace tiempo el uso de la política en las redes para difundir rumores. El lado oscuro de las redes sociales es una turbina de rumores aún más potente que su capacidad de información y contraste. Une la solidez del texto de la era Gutenberg con la fascinación de la imagen y la velocidad de las redes.

Una sociedad democrática e inteligente necesita ciudadanos críticos y fuentes creíbles para filtrar la turbina del rumor y convertirla en una máquina de conocimiento.

Por eso es bueno leer o releer el libro del periodista y dramaturgo italiano, Alssandro Baricco, The Game ( El Juego), en el que reflexionaba sobre la mutación de nuestra sociedad por el impacto de las nuevas tecnologías. The Game es un vademécum, una obra de referencia con los conceptos fundamentales y a la vez un intento de explicar los orígenes de la nueva civilización digital, su desarrollo y el encaje de los seres humanos en ella.

Analizando el mundo de los ordenadores personales, la PlayStation, los smartphones, Skype, Google, Amazon, WhatsApp, Twitter o Instagram, y también Airbnb, Uber, TripAd­visor, Pinterest o YouPorn, Baricco señala que todas esas nuevas herramientas que han ido viniendo —detalla sus orígenes— han cambiado nuestra relación con la realidad y nuestra propia concepción de ella.

Doce años después de Los bárbaros, donde Baricco reflexionaba sobre la mutación –que no invasión– que estaba sufriendo nuestra sociedad debido al impacto de las nuevas tecnologías, publicó The Game,donde el autor traza la cartografía (y la historia, a partir de lo que él denomina fósiles, desde los pioneros hasta nuestros días) de la insurrección digital. No se trata de una mera revolución tecnológica, sino del colapso de los paradigmas de la sociedad del siglo XX, considerada catastrófica por jóvenes inicialmente relacionados con movimientos contraculturales.

Por increíble que nos parezca, en poco más de tres décadas, ordenadores personales, smartphones y otros dispositivos digitales (meras herramientas, de hecho) se han hecho imprescindibles y, sobre todo, han ido cambiando la sustancia misma de nuestra concepción de la realidad y nuestra relación con ella. Y lo han hecho con una lógica que en gran parte es heredera de los videojuegos (de ahí el título de este ensayo): hacerlo todo más fácil, más agradable, aunque por debajo haya un gran despliegue tecnológico.

Pero ha sido la proliferación de programas y aplicaciones –Google, Facebook, YouTube, Twitter, Tinder: sus nombres nos resultan tan familiares que a estas alturas resulta inconcebible vivir sin ellos– lo que ha permitido el despliegue de este nuevo modo de entender el mundo en forma de redes (desde las informativas hasta las sociales) que amplían nuestra experiencia.

Evidentemente, existen también peligros innegables (el surgimiento de nuevas élites, cierto egoísmo de las masas, la expansión de los populismos o de las fake news…), aunque, advierte Baricco, estos no sean fenómenos completamente desconocidos. Sin embargo, también se percibe la importancia creciente de un nuevo desafío al que no podemos dar la espalda: la Inteligencia Artificial.


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