La dupla gubernativa nacional. En tiempos en que hay las que toman cortesía como machismo, nadie debiera enojarse de que él vaya primero: es el presidente. Pero claro, la primera por peso político es ella, dos veces presidenta, y la gran electora del año 2019. La inventora de esta dupla presidencial

Por Roberto Follari, Especial para Jornada

La búsqueda del stablishment fue meterla presa en el período de Macri, y de ese modo buscar la liquidación del kirchnerismo. No sucedió una cosa ni la otra, a pesar de haber contado con múltiples recursos –muchos de ellos paralegales e ilegales, según se ventila en la causa de Dolores, y no sólo en esa-. Los muchos que creen que CFK debiera estar presa, no advierten lo “raro” de que en Brasil se haya apresado a Lula, en Ecuador dictado la orden de captura contra Correa, en Bolivia echado a Evo del gobierno y proscripto para su posterior candidatura. El recurso es tan repetido y obvio, que no da lugar a dudas: se trata del lawfare, de mecanismos mediático/judiciales para perseguir a los líderes que no hubieran seguido los dictados de Washington. “Casualmente” todos ellos son corruptos, repentinamente a todos se los persigue con los mismos pretextos y recursos. Eso, mientras las caudalosas corruptelas de sus adversarios no son ni siquiera tocadas, y los gobiernos de derecha hacen negociados de todo tipo con la más evidente impunidad. En Argentina, con la simplísima apelación a “quiten la causa judicial de su jurisdicción, y llévenla con los amigos de Comodoro Py”.

  Ahora, la estrategia obvia y repetitiva es separar a Alberto de Cristina. Contra Cristina ensayan lo que sea, pues ella fue quien eligió la estrategia que derivó en la fórmula, y quien allegó más votos y estructura a la coalición de gobierno. Es claro que Massa puso sus alrededor de 9 puntos, que el movimiento Evita aportó, que muchos antes separados, formaron un tronco único sin el cual la victoria electoral hubiera sido imposible. Pero también es incontrovertible que la columna vertebral de la apoyatura al gobierno fue y es aún de Cristina, si bien la figura presidencial ha ido ganando vuelo propio.

  ¿Que no son iguales, ni piensan igual en todo? Obvio. Incluso estuvieron sin hablarse durante varios años. ¿Y? ¿qué significa eso? Trabajan de manera complementaria, con las decisiones en manos del presidente, y las consultas llegado el caso. Por supuesto, en el equipo de gobierno hay reparto de ministerios y secretarías, de modo que todos los sectores estén representados. Es lo elemental de la lógica política.

 Pueden darse algunas rispideces. Algunas se han dado, y no fueron difíciles de advertir. Pero jugar, como lo hace cierta oposición mediática, a una ruptura en la “pareja” de gobierno es por completo infecundo. Nadie sería tan tonto como para apostar a debilitar y dividir su propia fuerza.

  El mensaje a Alberto es constante, y a menudo explícito: “te trataremos bien si abandonas a Cristina”. Pero conlleva peligros evidentes para el presidente. El primero, es que separarse de Cristina es debilitar radicalmente a su propio gobierno, quitarle la principal base de apoyo sindical, territorial, universitario, electoral y legislativo. Nadie sería tan bonzo, ni tan irresponsable como para asumir esa decisión.

  Pero además, es obvio que se trata de una falsa promesa. Si el gobierno se autodebilitara de ese modo ostensible, luego sería zamarreado fácilmente por cualquier viento fuerte. Esa es la ilusión de buena parte de la oposición: convertir una fuerza robusta en una débil rama, a la que cualquier tormenta voltee.

  Alberto no es ingenuo: hace política hace muchos años. Es tolerante, pluralista, republicano hasta límites que pueden exasperar a quienes provienen de otras experiencias peronistas, más frontales y menos contemplativas con los adversarios. Niveles de tolerancia que esas oposiciones no suelen reconocer, pero que superan por escalas siderales a las que la derecha argentina –históricamente golpista- pueda haber mostrado alguna vez. Pero Fernández no es bobo: no va a cavarse su propia fosa trabajando para la consigna divisionista, que no es la suya sino la de sus adversarios.  

  Son diferentes: CFK enfática y militante, Alberto calmo y paternal. Ella no daba conferencias de prensa, él habla hasta en una FM de barrio. Pero que nadie se llame a engaño: no sólo se complementan, sino que además, se necesitan. Quienes quisieran derrotarlos tendrán que habérselas con la dupla, nunca con su imaginada división.-

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