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«La hija oscura», un film que tiene su luz

Una nueva película de Netflix que sí es una película.

10/01/2022 13:51

 

Ni bien decido comenzar estas líneas y ya me llegan —como si una enorme cantidad de proyectiles se estrellaran contra mi ventana— los más variados reproches. Entre tantos, los que más se destacan son: que soy hombre, blanco, rubio, heterosexual y no se cuántas cosas más. También, no puedo dejarme embaucar así tan fácilmente, hacen acto de presencia algunos razonamientos desbaratadores de mentiras y me dicen, precisamente, que esos argumentos que pretenden menoscabar mis razones, no son más que falacias, y no más que una falacia en particular: el argumento ad hominem. Se trata de un argumento que, en vez de atacar la estructura lógica y la validez de lo que decimos, se obstina con quien lo dice, llevando la atención a un factor externo sin atender lo que dio origen al debate. Esto es un síntoma de nuestros tiempos, que no se me malentienda (siempre debo anticiparme), ¡por favor! Es muy importante poner estas cosas de relieve, porque nos dicen que estamos sometidos, en lo que refiere al pensamiento, a un estado de cosas policial; un estado que no tolera el disenso y tan solo se compasa con las opiniones obsecuentes (escrito por medio lo menciono).

Luego de haber hecho alguna que otra participación en TV como directora, la actriz Maggie Gyllenhaal ha llegado con su ópera prima: La hija oscura. Se trata de la adaptación del libro homónimo de 2006 (La figlia oscura) del misterioso seudónimo Elena Ferrante, escritora italiana que aún no se ha dado a conocer y que publica obras de gran éxito comercial desde hace más de 25 años.

Debo decir que me he llevado la grata sorpresa de haber encontrado al fin una película decente entre las tantas producciones del gigante Netflix. Cuando digo ‘decente’ quiero decir que todo está muy bien en verdad, la factura técnica, las actuaciones, la narrativa, etcétera. De gustarnos más o menos hablaremos después… y de ello hablaremos.

 

 

Aproximaciones argumentales

La trama va de que una mujer, Leda (la brillantísima Olivia Colman), especialista en literatura italiana y literatura comparada, se encuentra de vacaciones en Spetses, una isla de Grecia. En su soledad, recubierta de un halo de misterio y no menos melancolía, comenzamos a descubrir a una madre que, por alguna razón, se encuentra lejos de sus hijas, o que sus hijas desaparecieron; son cosas que no tendremos claras hasta que no avancemos en la historia.

A lo largo del film comenzaremos a descubrir que el sitio en el que ha decidido vacacionar Leda se vuelve más y más opresivo, también gracias a sus compañeros de playa que se presentan lóbregos y malintencionados. No sabremos tampoco si lo que acontece alrededor de nuestra protagonista realmente acontece, o si se trata de alguna proyección de su interioridad (de ahí lo de cine de género, esas leves notas de thriller psicológico). Tráele a uno una que otra reminiscencia a cierto cine… por alguna razón recordé al de Vinterberg (La caza, 2012; Otra ronda, 2020).

 

 

Vivisección de ¡ahora sí! una película

Lo que más me ha gustado —pese a no poder ser muy objetivo, es cierto— es Olivia Colman; Olivia es todo en la película, o la película es Olivia. Tampoco puedo dejar de mencionar —y tampoco soy tan objetivo— a Ed Harris, ¡qué porte! ¡Qué cintura! El despliegue actoral de estos dos referentes es una delicia, a tal punto lo considero así que cuando aparecen en escena parece que estuviéramos viendo otra cosa. ¿Por qué digo esto? Pues bien, la película hace demasiado uso de la analepsis (flashback), hace reiterados paralelismos entre el pasado y el presente para darnos a entender las sensaciones de la protagonista, aprovechando también la ocasión para descubrirnos la historia que va desvelándose como con cuentagotas; ocurre que, durante esas escenas, vemos a una Olivia joven (Jessie Buckley) que, particularmente hablando, no llega a convencerme del todo. ¡Cuidado! No digo que la muchacha no actúe bien, incluso muy bien, sino que veo algunas cuestiones de registro que no hacen que empatice lo suficiente. En cambio, cuando la cámara se vuelve a Colman y su mirada ausente, ¡cómo despierta uno!

Es cierto, creo que la obra acusa ser novel en alguna medida. Cosas de estilo… cómo se ubica la cámara, subrayados excesivos en la trama (reiteración de planos que ponen mucho énfasis en la relación entre personajes; la forma de vincular el pasado y el presente, yendo de Colman a Buckley para dejar en claro que se trata de la misma persona, etc.) —que dudo no tenga que ver con Netflix y su mano controladora; su mano allanadora— y, sobre todo, la elección de la música que a este muchacho no ha llegado a gustar (las más de las veces me despejaba el clima intencionalmente nuboso de la trama). También creo que el ritmo puede ser algo cansino por momentos, transitando situaciones que son algo vagas y hacen que uno pueda desprenderse un poco de lo que ve (cosa nunca buena). Imagino incluso que esta obra hubiera podido durar un poco menos y haber conseguido el mismo resultado.

 



Sin embargo, es muy bueno —es estimulante incluso— que vengan a ponernos películas como estas a estas alturas —a estas alturas más bien bajas—, porque elevan o incitan a la elevación del cine al que nos están acostumbrando. Es una película muy interesante, mayormente buena, pero debo decir que tampoco considero que sea algo lo suficientemente poderoso como para sobrevivir al embate del tiempo en la memoria de cada quien. Como bien les dije, creo que la peor cosa es su énfasis excesivo, esa narrativa más bien clásica que podría haber sido más comprometida; algunas elecciones estéticas; algunas ambigüedades en cuanto al mensaje que llevan a una peligrosa contradicción, y la inclusión de algunos símbolos (p. ej: la muñeca) que estimo sobrantes, ya que la misma obra es un símbolo. No creo que sea tan procedente buscar metáforas, metáforas de metáforas… o metáforas en metáforas. Creo que la película ya cuenta —y cuenta bien— lo que a veces pretende velar.

Pese a todo, no ignoro que me debo el libro (cosa que quizá me haga entender mejor las elecciones de esta prometedora directora), y que la película debe ser reivindicada, sobre todo siendo fruto de una patria de baratura y mediocridad como suele ser tantas veces Netflix. ¡Bravo, Maggie! ¡Amor y respeto por el cine y sus espectadores!

 

 

Implicancias

Si me han estado siguiendo, sabrán que he reseñado hace muy poco dos películas nuevas: Don’t Look Up y Matrix Resurrections. Pues bueno, es más que oportuno que les recuerde esto, porque la película que ahora tratamos es una buena piedra de toque para descubrir por qué he llegado a ser tan rudo en mis expresiones. Esta película sirve para entender no pocas cosas acerca del estado actual del cine.

Esta película, teniendo poco tiempo en la plataforma, llegó muy rápidamente al puesto 6 de las películas más vistas, pero al cabo de unos días desapareció del ranking sin dejar rastro. ¡Es claro, es claro! También era algo esperable. Ocurre que, y mucho más allá de que haya hablado de la mano allanadora de Netflix, la película se toma su tiempo y respeta al espectador, instalando un ritmo y obligándolo a seguirlo le guste o no (que, parece, no ha gustado demasiado a la masa consumidora). No ha formado parte a la manera acostumbrada —esta es cosa muy palpable— de la maquinadora plataforma, que saca films como si de salchichas se tratase: uniformes, estándares, bastos, fácilmente digeribles, en fin… indistinguibles unos de otros.

Y lo que digo no son presunciones de un obstinado, no y no. Hay decenas de notas pululando por la red que llevan el sugerente título de «¿Qué significa el final…»; «¿Qué significan las naranjas…»; «Explicación de ‘La hija oscura’...», etcétera. ¿Ya ven cómo sí necesitamos un cine explicado? Bueno, un cine explicado o con prospecto, ya que, si nos refiriéramos nuevamente a Don’t Look Up, veríamos que han salido a explicar una innumerable cantidad de aspectos de la película, que uno cuando la vio jamás notó (porque jamás estuvieron). Nos estamos (y nos-están) acostumbrando al cine deglutido, ¡extremo cuidado! ¡Reclamemos nuestro derecho a la contemplación!

No, Maggie no nos ha traído una película simplona y llana que puede verse mientras se mira el celular, ¡para nada! Evidentemente nuestra directora tiene bien claros sus objetivos y gusta mucho del cine. No ha hecho más que presentarnos una película que es una película; una obra que sigue la narrativa del cine —adaptada, es cierto y evidente, a las tendencias contemporáneas—, que nos pasea por el mundo interno de sus personajes y pretende plasmar su mensaje en nuestra propia interioridad. No debe sorprendernos ni debe aburrirnos, debemos nosotros elevarnos a sus alturas semánticas y gramaticales. Debemos, en todo caso, sorprendernos de la terrible abulia que sufrimos y que nos impide construir el buen sentido del buen espectador. 

Por último, debo destacar brevemente algunas cosas y es por esto que, al comenzar mis palabras, me previne y los previne de los tiempos actuales. Me ocurre que ciertos planteos de la película (que reitero: me debo el libro) me vienen como poco cuidados. Qué quiero decir… Me parecen planteos demasiado delicados como para ser expresados con total justicia en una película —ya lo decía Ortega: «Toda idea justa es larga de explicar»—. Si bien no soy —ni puedo ser— madre, soy potencialmente un padre, y cuando debo considerar el hecho de tener hijos, noto cómo, de qué manera se presentan múltiples ángulos que deben pulimentarse; percibo qué ardua es la tarea de llegar a un punto definitivo, a un puerto seguro para una firme resolución. Y ajustado a esto tengo bien presente el hecho de que uno, más que cumplir cada una de sus expectativas, debe acomodarse a las expectativas de la vida que muchas veces quiere de uno lo contrario. ¡Pero ya ven!, tampoco yo puedo ahora ser lo suficientemente claro y justo para acercarles mis pensamientos, porque me quedo sin papel. Lo que digo, en resumidas cuentas, es que hay ciertas temáticas que todavía no vemos con absoluta claridad al encontrarnos en el convulso elemento que es nuestro mundo de hoy —quizá un nuevo punto de inflexión—, donde vamos de un sitio a otro llevados por los acontecimientos (en los acontecimientos, pero no siendo acontecimientos). Y también debo decirles que vi la película junto a Johana, mi pareja, y me dijo cosas no poco lúcidas y atendibles acerca de la trama y la naturaleza de la mujer, y la naturaleza de la mujer que ella misma se siente ser, cosas bien trascendentes (y bien personales, que por eso inabarcables, también).

Dejo estas consideraciones para cualquiera de ustedes que se enfrente con este film, y les digo al último: aprovecharán su tiempo y, si acaso no han podido hacerlo, limpiarán su mirada y la dejarán presta para el Cine, para el cine de verdad, por eso la mayúscula.