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En tiempos de inteligencia artificial necesitamos más tolerancia natural

Solemos acudir al chat gpt o apps similares para pedir todo tipo de consejos, pero tal vez necesitemos ser más humanos y comportarnos mejor con el que piensa o es diferente.

17/11/2023 07:25
En la UNCUYO vandalizaron una Facultad.

En muchas oportunidades de nuestra historia, los argentinos hemos debido llamarnos a la calma ante situaciones de intolerancia, muchas veces extrema.

Allí están los ejemplos de las muertes en tiempos de dictadura o de gobiernos democráticos que permitieron ese tipo de acciones.

Por más que pasen los años, el país no olvida a los gobiernos de facto que una y otra vez, en el siglo XX, persiguieron a quienes tenían militancia política o simplemente, pensaban distinto.

Tampoco se olvidan los llamados a “dar leña” en respuesta a quienes se oponían a Juan Domingo Perón en su segunda Presidencia. O a aquella oscura Triple A que promovió un terrorismo que rozó ser del Estado, en tiempos de Isabel y López Rega.

Sin embargo, tras 40 años de Democracia ininterrumpida, en tiempos en los que consultamos al chat gpt o aplicaciones similares, por distintos consejos (incluyendo hasta por quién votar), la intolerancia sigue presente entre nosotros.

La vemos cada día en las canchas de fútbol, con los cánticos que denigran al rival, tratándolo de “puto” o “negro de mierda” o “boliviano y paraguayo”, por citar algunos.

Y por más que las normas legales o deportivas se esmeran en evitarlo, se siguen sucediendo.

Lo vemos en las canchas de otros deportes también. El caso del equipo de básquet de Israelita Macabi, que decidió abandonar la competencia en la Superliga mendocina por el maltrato xenófobo y antisemita recibido de parte de la parcialidad de Atenas, demuestra que a pesar de los años, nada hemos aprendido. Y ni siquiera una sangrienta guerra contra el terrorismo de Hamás, morigera la actitud de adversarios deportivos.

Lo vimos además cuando nos enteramos que en la Feria del Libro mendocina, un grupo de personas, supuestamente seguidoras de Javier Milei, atacó al stand de “Trabajadorxs de la Literatura” que ofrecía y exponía libros y revistas de la comunidad LGBTQ+.

Y lo volvimos a ver en las pintadas que aparecieron en la sede del Partido Demócrata días atrás, cuando el propio Javier Milei visitó la provincia. Pintadas que los mismos gansos atribuyeron a militantes kirchneristas y/o massistas.

 

 

Lo vemos casi siempre en las calles, donde quien comete una infracción de tránsito, es de inmediato sancionado moralmente por algún transeúnte, pero a los gritos e insultos. Y hasta en la respuesta del infractor, que lejos de arrepentirse, insulta con mayor vehemencia y hasta a veces, apelando a la violencia física.

Lo sucedido en la UNCUYO en estas últimas horas constituye un ejemplo más de esta dolorosa intolerancia que nos afecta cada día con más fuerza. Que se vandalice con consignas de odio una casa de estudios cuyo principal fin, más allá de las diferencias ideológicas, es formar profesionales con criterio crítico, es llegar un límite. Cualquiera haya sido el motivo de escribir esos garabatos.

Es cierto que estamos en épocas difíciles. Que la crisis interminable que atravesamos nos pone nerviosos. Que la decisión que debemos tomar este domingo -trascendental para nuestro futuro- nos pone ansiosos y quizás, con bajo umbral de tolerancia.

Pero no es menos cierto que la racionalidad siempre debe primar. No sólo para cumplir con la Ley, algo que sería fácil. Sino para tener la lucidez que nos permita tomar buenas decisiones. Para ser mejores en nuestro trabajo, en nuestro estudio. Y para contribuir a hacer de éste, un mejor lugar para vivir.

Es entonces ésta, una nueva oportunidad para convocar a la calma. Con violencia e intolerancia, sólo tendremos más de lo mismo. Y nada habremos resuelto.

En tiempos de inteligencia artificial, sepamos apelar a nuestra inteligencia natural. Y basados en ella, comprendamos la necesidad de más tolerancia con el otro, con el que piensa diferente, con el que nunca nos pondremos de acuerdo.

Porque siempre deberemos convivir con él.