Por RODOLFO BRACELI


En esta columna voy a recuperar conceptos vertidos en los junios del 2006, 2010 y 2014, a propósito de los mundiales de fútbol. El racismo, la xenofobia, son sentimientos fáciles de expresar. En Villa Gesell, en la muy cobarde asesinación de Fernando Báez Sosa, con piñas y patadas de unos diez saludables rugbiers, por encima de los alaridos quedó aleteando una frase muy frecuente en nuestra sociedad.

   Frase de tres palabras: “Negro de mierda”. Esta vez el “negro…” fue escupido por una patota de varones que encarnan el machismo mal parido. Su “hazaña” conseguida condensa el apogeo de la cobardía. Ese machismo, tantas veces es avalado por ese sector de nuestra sociedad que –recordemos–, se entusiasmaba con el furioso fervor de los Pumas al cantar el himno. Como si esa representación patriotera pudiera ser garantía de un más hondo patriotismo.

   Más allá de estupor y del morbo, lo ocurrido el 8 de enero en una vereda de Gesell nos reclama reflexión. No es casualidad que el muertito sea un “negro de mierda”. El racismo y la xenofobia nos brotan con significativa facilidad. La exacerbación de esos sentimientos, a lo largo de la historia ha devorado vidas por miles, por millones. En el episodio de Gesell nadie podrá decir que son “pibes villeros”. O “latinoamericanos”.

    Aquí, estos años la señora Bullrich y el señor Pichetto –por nombrar dos exponentes que encarnan con renovado entusiasmo el “modo Bolsonaro”– han alentado, en vez del noble “amor por lo propio”, el crispado “amor propio”. Una cosa es el emocionado orgullo por la pertenencia; otra cosa es la necesidad de ridiculizar, de expulsar y hasta de eliminar al Otro.

   Nunca está demás reflexionar sobre el fácil instinto del racismo, de la xenofobia; eso de sentirnos superiores y dueños excluyentes de un pedacito de mapa privilegiado.

  El machismo mal parido aquí está a la orden del día. El “negro de mierda” nos brota rápido, lo tenemos siempre abrochado en la punta de la lengua. Se impone reflexionar sobre nuestra tan arraigada inclinación a sentirnos superiores por el azaroso hecho de haber nacido en este sitio que, de casualidad, se sigue llamando Argentina. Para esta reflexión acudo, otra vez, a una historia real (difundida por una nota de la agencia Ameuropress); la reproduje en un capítulo de mi libro “Madre argentina hay una sola”. Esta es la historia: 

Formosa, enero de 1977: Eugenia Sosa realizaba sus tareas matinales en su ranchito, a la vera del río Pilcomayo. Sola estaba cuando le vinieron los cruciales dolores del parto. Eugenia avisó a los gritos, esperando que la escuchara la vecina que vivía a unos setenta metros. Estaba para parir, tendría que arreglárselas sola. Buscó una sabanita, y apartó un cuchillo; se retorció, volvió a gritar. Y cuando ya empezaba a asomar desde su vientre la criatura, llegó la vecina que la ayudó a cortar y anudar el cordón umbilical. Fue entonces cuando las dos mujeres se dieron cuenta de que en el vientre quedaba un hijo más. Ahí recordaron que del otro lado, en la otra orilla del río, había un escaso pueblo ya en territorio paraguayo. Pueblito sin nombre en el mapa pero al menos con una precaria sala de primeros auxilios y una vieja partera que ayudaba a  nacer a casi todos los de por ahí. Madres al fin, estas pensaron con el instinto: se dijeron “vamos, crucemos el río”, ya estaban caminando un trecho, subiendo a un bote, llegaron por fin a la otra orilla; desde allí caminaron un par de cuadras hasta el dispensario donde siempre estaba la anciana partera. Hicieron ese recorrido ellas, la una con el recién nacido en brazos y la otra con el pronto a nacer en el vientre. No habían pasado ni tres minutos de llegar al lugar cuando asomó con llanto victorioso el otro hijo. Pura alegría: los mellizos por suerte sanitos y la madre a salvo y entera.

   Eugenia Sosa alcanzó, por ese episodio, su ratito de celebridad: en menos de una hora había parido a dos hijos en países diferentes: uno era argentino, el otro paraguayo. O viceversa. ¡Mellizos de distinta nacionalidad!.

   ¿Qué diferenciaba a uno del otro? Unos metros de suelo nada cambian en cuanto a la condición humana, por más que entre esos metros pase una línea que determine que de allí para acá es Argentina y que de aquí para allá es Paraguay.

Damas y caballeros: esto de los mapas es una reveranda güevada. Fácil, muy fácil demostrarlo: si el segundo de los mellizos de Eugenia Sosa hubiera nacido también en el rancho de Formosa, ¿hubiese sido, por eso, diferente, mejor?.

Más claramente: ¿hubiese sido más inteligente, más brillante, más vivaracho?

Posdata.  Puro cuento esto de los mapas que acatamos con heredado entusiasmo, los humanos.Cuando nos vienen los odios nacionaludos, cuando el que no salta es un moco, cuando por esas cosas de los mundiales y de las fronteras quisiéramos aniquilar al de bandera o camiseta diferente, cuando nos brota el “negro de mierda” acompañado de una patada en el pecho o en la cabeza; cuando eso nos pasa debiéramos pensar que los “diferentes” somos tan pero tan “iguales”.

   Debemos recordar que una línea de mapa no es nada más que una línea. Y la nacionalidad, y el tono de la piel una pura casualidad.

   Recordar que la Tierra es menos que una mata de caspa que flota solita en el desmesurado cosmos. Y dividirla es una picardía que sólo les conviene a los fabricantes de misiles inteligentes, a los educados hacedores de genocidios preventivos.

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