La pandemia del COVID 19 ha infectado a la fecha más de 19 millones de personas, cifra que podría triplicarse o cuadruplicarse si los testeos fueran masivos y ha causado más de 700.000 muertes y lo seguirá haciendo sino encontramos un arma que la detenga

José A Carena
Profesor Emérito de Medicina U.N.Cuyo

Actualmente la pandemia tiene su pico máximo en América con Estados Unidos, Brasil, Méjico, Chile y Argentina como los más afectados y pronto los seguirán India y África.

La recurrencia de brotes en la mayoría de los países europeos y en los del Este y Sudeste Asiático marca que la pandemia no está controlada y menos aún agotada.

Una forma de atenuarla/mitigarla seria conseguir el desarrollo de inmunidad colectiva o en rebaño. Para conseguir esto se calcula que más del 50% de la población debe infectarse y adquirir inmunidad. De esta manera el virus no encuentra personas susceptibles, se agota y cesa la transmisión. Esto implica un alto riego de muerte para las personas mayores de 60 años o con comorbilidades serias o inmunocomprometidas por cualquier causa. Un problema aun no resuelto es cuan efectiva y duradera es este tipo de inmunidad adquirida y si evita la reinfección.

Por otra parte, se conoce que muchas infecciones humanas con otros patógenos virales, como el virus de  la  influenza, no  producen una respuesta inmune duradera.

En referencia a la inmunidad colectiva, un estudio estimó en el mes de marzo que la población infectada en España era del 15%, en Gran

Bretaña del 7%, en Italia del 9.8% y en Alemania del 14%. Estas cifras no son un reflejo cierto de la realidad y sin duda son mayores.

Por otro lado, no hay evidencia en la actualidad de que las personas recuperadas de la enfermedad transmitieran el SARS-CoV-2 a otros después de haberse recuperado clínicamente.

Hasta la fecha las herramientas que han demostrado ser más efectivas para luchar contra la pandemia son el confinamiento (cuarentena/aislamiento), el distanciamiento personal, el uso del barbijo y/o tapaboca, lavado de manos, desinfección de superficies, todas las cuales han logrado mitigar la pandemia (reducir la transmisión y el contagio).

El armamento terapéutico disponible (inmunomoduladores, antivirales, plasma de convaleciente) está lejos de prevenir o curar la enfermedad y solo sirve para reducir sus complicaciones y en el mejor de los casos la mortalidad en no más de un 20 a 30%.

¿Qué queda pues para luchar contra la pandemia?

Debe encontrarse una herramienta que sea capaz no solo de prevenir la enfermedad sino de atenuar sus consecuencias.

Estos dos objetivos los cumple la vacuna que es capaz de prevenir la enfermedad al generar inmunidad humoral (anticuerpos neutralizantes) y celular (linfocitos T), que evitan el acceso del virus a las células o la replicación viral y así impiden que el virus dañe y cause enfermedad.

Sabemos hasta la fecha que los pacientes infectados convalecientes, posiblemente curados, desarrollan anticuerpos neutralizantes e inmunidad celular que se mantiene al menos 3 a 6 meses. El problema radica en que aún no se sabe cuánto dura esta inmunidad y cuál es la magnitud de la misma necesaria para ser protectora.

Actualmente existen 3 desarrollos avanzados de vacunas ANTICOVID 19 que están en la llamada fase 3 (significa que se prueba en un número importante de voluntarios sanos) ya que los estudios en fase 1 y 2 (en animales y en reducido número de personas saludables) han mostrado que estas vacunas producen inmunidad específica y robusta a los 14 y  28  días  de  su  aplicación.  Estudios  en  animales muestran una respuesta inmunológica robusta y protección  contra  SARS-CoV-2 de los candidatos a vacuna de Moderna, Oxford/AstraZeneca y Janssen (Johnson & Johnson).

Los 3 proyectos más avanzados para probar eficacia, inmunogenicidad y seguridad están en Estados Unidos (Moderna, BioNTech, Pfizer, Johnson & Johnson), Inglaterra (Oxford/Astra Zeneca, Pfizer, Valneva) y China (Sinovac). Los diferentes tipos de vacuna usan respectivamente RNA viral o un vector viral (adenovirus debilitado que es capaz de producir la proteína “spike” o espiga del coronavirus) o virus inactivados. La vacuna de RNA viral y de adenovirus debilitado han producido en humanos una respuesta inmune protectora dentro de los 28 días de su aplicación en el 91% de los casos con 1 dosis y en el 100% con una segunda dosis.

Estas son solo tres de las 27 fórmulas que ya están en distintas fases de sus respectivos ensayos clínicos, de las más de 150 en etapa preclínica en todo el mundo.

En Estados Unidos el grupo Moderna inició un ensayo que incluye más de 30.000 personas sanas que deberá ser capaz de comprobar cuantas de ellas se infectan en un determinado tiempo y cuáles son sus efectos adversos. Se calcula que si menos de 150 participantes desarrollan COVID-19, la vacuna debe ser considerada claramente efectiva. Se presume que se requieran 2 dosis por cada persona vacunada para conseguir inmunidad robusta.

En niños menores de 9 años se está ensayando una vacuna de aplicación intranasal.

Todo esto implica tiempo, que es lo que no sobra en estos momentos.

El objetivo de todas las vacunas es conseguir el desarrollo de inmunidad que impida que el virus se adhiera a las células humanas, penetre a las mismas y produzca una cascada inflamatoria que daña o mata según la condición inmune del huésped.

Lo que queda por ahora es determinar si la vacuna previene la enfermedad con alta efectividad y no genera efectos adversos serios.

Lo que hoy es competencia comercial entre los laboratorios y política entre los países, quizás termine coexistiendo en la misma persona ya que en el caso que más de una fórmula de vacuna probara ser efectiva, podría ocurrir que las personas reciban una combinación de distintas opciones para mejorar la respuesta inmune y conseguir una protección más efectiva.

Una vez comprobado la efectividad de la vacuna, la misma debe producirse en masa y distribuirse globalmente. La razón indica que inicialmente se aplicará a los susceptibles o con alto riesgo de contagio, tales como mayores de 60 años, pacientes inmunocomprometidos de cualquier edad o con comorbilidad, embarazadas y personal de la salud. Si el virus no muta quizás sea suficiente una o dos dosis, pero si lo hace deberemos vacunar con vacunas diferentes anualmente, tal como hacemos con la gripe.

¿Cuán cerca o lejos estamos del desarrollo y distribución de una vacuna efectiva? Es difícil saberlo, pero las evidencias señalan que el tiempo de la vacuna esta próximo (3 o más meses) y con ella tendremos una poderosa herramienta que probablemente será capaz de dejar atrás esta pandemia.

Mientras el tiempo de la vacuna se acerca y las investigaciones desarrollan y encuentran herramientas más efectivas para luchar contra el virus, debemos aprender a vivir en pandemia y a pregonar con el ejemplo de distanciamiento, confinamiento e higiene y saber que al virus lo podemos detener/atenuar con solidaridad, compromiso, respeto por las normas y que cada uno es responsable de la salud del otro. Si esto pasa podremos esperar la vacuna con más tranquilidad y muchas posibilidades de supervivencia.

Es un error pensar que la vacuna será la panacea para acabar con la pandemia, pues ayudara a unos y a otros no, lo hará por un determinado periodo de tiempo e incluso muchos se negaran a recibirlas.

Incluso es probable que la primera generación de vacunas reduzca la carga vírica y la posibilidad de contagio, pero no se puede esperar una “inmunidad esterilizante”, como ocurre, por ejemplo, con la de sarampión.

Desarrollar una vacuna es solo la mitad del desafío: después de todo, ¿de qué sirve una vacuna a menos de que las personas puedan acceder a ella?. Esto destaca la importancia de elaborar una estrategia que garantice su distribución rápida y su acceso equitativo una vez que sean aprobadas, incluyendo mecanismos de precio subsidiado para los países más pobres de la región.

Existe una especie de nacionalismo por las vacunas pues los países más desarrollados están política y comercialmente compitiendo por quien es el primero en llegar a la meta. Este nacionalismo va en detrimento para el resto del mundo carente de recursos económicos para acceder a la vacuna y dejará a miles de miles de personas en posición vulnerable y dada la globalización, la enfermedad continuará propagándose. De allí la necesidad de un acuerdo global, internacional, que asegure la disponibilidad de la vacuna.

La aprobación de una vacuna contra COVID-19 es probablemente uno de los desarrollos científicos más esperados en la historia de la medicina moderna.