Por Roberto Follari, Especial para Jornada.

  Era el tiempo aquel de los años sesenta, que desembocaron en el Cordobazo: sin Internet, sin televisión satelital, sin smartphones, la vida transcurría en un “tempo” lento, nos ensimismábamos largamente, había lugar para el tedio y la reflexión. En aquel vivir pegados a nosotros mismos, sin el súbito sonar de los celulares, en aquel transcurrir de sentimientos arraigados, la acción de las películas se hacía necesaria. Eso nos quitaba el aburrimiento, animaba e interrumpía ese tiempo igual a sí mismo, centrado en sí como los personajes de Di Benedetto. Así apareció el descaro de James Bond, su invencibilidad en las peleas, su sofisticación en las costumbres, su look impecable, su infalibilidad en la seducción. Arrasó en las taquillas, y aquel Sean Connery hizo época con “Dedos de oro” u “Operación Trueno”.

  Eran las películas de espías. Cuando ir al cine era toda una aventura: no había otro acceso a los films, y la televisión sólo pasaba viejas remakes sin atractivo. Así, tuvimos de todo: “Un espía de más”, “Espía por mandato”, la aparición de nuevos personajes que pretendían superar a Bond (Flint, Matt Helm), hasta el espionaje femenino (Modesty Blaise). Y es que, en el mundo real, ya Mata Hari había inaugurado a comienzos del siglo XX la saga mítica del espionaje, finalmente fusilada tras su larga cadena de amantes y de viajes. Y hasta vino la desacralización del espionaje: con “El espía que llegó del frío” se mostró que estos personajes podían tener vida ruin, solitaria, doble y hasta aburrida, y que toda la lujosa saga de Bond era sólo una mitificación comercial.

  Aquí, hemos vivido situaciones de espionaje durante los años posteriores a 2015, y se vienen mostrando en sede judicial y espacio del Congreso, a una velocidad sorprendente. Todo ello carece del “glamour” de los espías internacionales de los filmes: es un mundo sórdido y mezquino. Un mundo que, como afirma Santilli –uno de los espiados, del propio espacio entonces oficialista- “da asco”. Pero tiene algo en común con lo que veíamos en películas: la clandestinidad de los actos, su ilegalidad, y la buscada impunidad para quienes los realizan.

  Cosas insólitas: un narco (Rodríguez) que cuenta haber sido contratado por la AFI para poner una bomba. Nada menos. La bomba no explotó, pero el trotyl existía, y se la puso a un miembro del mismo gobierno –proveniente de la UCR- de apellido Vila. A otro de la UCR, Marino, de La Pampa, le sobornaron la secretaria para que lo acusara por presunto abuso sexual. Así el PRO lo desplazó como posible candidato a la gobernación de su provincia. A Pablo y Hugo Moyano se les hizo campañas mediáticas de todo tipo (“Pirincho” era el alias secreto de un conocidísimo periodista que colaboraba con el grupo), y hasta podemos asociar las extrañas acusaciones que alguna vez lanzara una insólita Natacha Jaitt –luego fallecida- sobre jugadores del club Independiente.

  Es una de espías. Parece de fantasía, pero es tristemente real. Porque apenas puede creerse lo del grupo Mario Bros, dirigido por el ahora preso Alan Ruiz, que organizaba el seguimiento contra Cristina Fernández de Kirchner. Aprendimos de golpe el nombre de espías varios: el Turco Sáez, Araque, Melo. Entraban tranquilamente a la Casa Rosada. Y aprendimos otros nombres, cercanos al ahora expresidente, como el de Susana Martinengo, que ha trabajado con él desde la CABA y a quien –absurdamente- Macri dice no conocer. Pero claro, ahora se ha imputado a Marcos Peña, y se ha allanado al secretario privado del ex presidente, de apellido Nieto: difícil que no conociera a su secretario privado.

 Es un escándalo extremo. Propios y ajenos ultrajados. María Eugenia Vidal fue seguida, pero está acusada de espiar a la vez a través de Alex Campbell, que fuera su Secretario de Municipalidades, y ahora le contagió el coronavirus. Hay ocho causas judiciales contra Arribas y Macri, dos más contra Vidal: los espías contaron incluso cómo auscultaban a la hermana y el cuñado del ex presidente. La población poco entiende de estos entuertos, pero quizá toda la historia nacional no tenga una saga de espionaje ilegal como ésta, tan antidemocrática y lesiva de los derechos más elementales. Porque las fantasías del cine, mejor es que hubieran sido sólo fantasía.-  

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