Una cosa es ser bueno. Otra cosa es decidir

Por Emilio Vera Da Souza, Redacción Jornada

Por estos días de confinamiento y hastío, cada cual lo enfrenta como quiere…. Perdón…
Por estos días de confinamiento y hastío, cada quien lo hace como puede.
Es la octava vez que comienzo a escribir esta idea de novela. Siempre he tenido excusas: urgencias más urgentes. Asuntos más importantes. Viajes no previstos. Viajes previstos. Salidas sin sentido. Entradas con sentidos. Amores posibles. Amores imposibles. Ya no hay como parar esto.

En el escrito tenia bastantes personajes previstos y situaciones de historias aparentemente inconexas, decidí escribir todo lo que era posible en un cuaderno a cuadro, con espiral y tapa dura. Lo mismo iba generando archivos en una carpeta en el escritorio de la computadora.
Me di cuenta que como estoy solo en mi espacio, sin radio, sin tv, sin sonidos provenientes de otras personas, mientras escribía iba diciendo las palabras en un tono más bien suave y al ritmo de la escritura. Eso me indicaba que estaba realmente solo frente a la página en blanco. Solo frente a la idea. Solo escuchando mi voz y solo con el ruido acompasado de las teclas.
Los personajes iban tomando cuerpo, adquiriendo una personalidad independiente de mi imaginación previa. Como si algunos pocos rasgos definidos de ante mano se transformaran poco a poco en complejidades inexplicables, pero ciertas.

Un asesino puede ser un asesino pero también podría querer a alguien. Podría leer un libro. O ir al cine antes de que lo descubran. Una víctima, podría limpiar su biblioteca o salir a caminar con su perro. Y eso no lo decidía yo previamente. Bueno, por estos días las víctimas de asesinatos no pueden pasear perros si están encerrados cumpliendo las disposiciones de las autoridades sanitarias.

Nada me hace pensar en otras cosas. Hago algunas tareas sin importancia. Preparo mi comida. Hablo con unas mueve o diez personas por día. Tomo dos tazas de café en la mañana. Tostadas con dulce de membrillo. Reviso mis mensajes. Contesto correos. Envío notas a los diarios y revistas en donde ya casi ni se acuerdan de pagarme.

Estoy solo. Salgo a buscar algunas provisiones cada tanto. Tomo vino. Poco, pero tomo todos los días. Tengo algunos pensamientos recurrentes cotidianos. Pienso en mis hijas. En mis personas importantes. Pienso a los que perdí en el camino. Lloro emocionado con algún recuerdo o relato ajeno. Me rio a carcajadas y a todo volumen cuando descubro algo que me estaba oculto. Preparo comidas sencillas pero con mucho sabor, solo para no caer en rutinas exasperantes. Y pienso en la muerte. Intangible. Posible. Cercana. Cotidianamente.

A veces uso la música para tener un ritmo al que seguir con mis palabras en el teclado. Busco una cadencia perfecta que no me deje detenerme. Y a veces lo logro por un buen rato.
Pienso en los amores perdidos en el tiempo. Nada los hará volver. Pero nada los puede borrar.
Todos los amores han dejado huella. No serán muchos. Pero son intensos.

No pienso ni un solo segundo en lo que las personas definen como felicidad. Ni siquiera me interesa. Una vez so lo dije a una persona que me parecía podría entender mi pensamiento. Solo me contestó que soy un infeliz. No me doy cuenta aun quien de los dos no pudo entender.

Recuerdo rostros de personas que lejanamente pasaron por mi vida. Sus rostros, sus nombres, las circunstancias por lo que llegaron y trato de recordar las circunstancias por las que dejaron de estarme cerca.

He descubierto etapas marcadas por hechos imperceptibles durante este encierro. Al principio algunos pensaron que sería un cambio estructural beneficioso para todos. Luego esa idea peregrina fue perdiéndose poco a poco a medida que avanzaban ideas más vinculadas a lo ya conocido. Y finalmente se impuso lo que nadie quería pero algunos podían ver… la más abyecta noción de egoísmo ferviente y amañado. Ideas vinculadas a lo individual y a intentar salvarse a como dé lugar.

Ya nadie duerme como antes en la ciudad. Sonidos extraños aparecen por la noche intensa y gélida.

Gritos sin sentido. Llantos sin enojos. Causas sin motivos. La rutina genera hábitos extraños. Pero nadie confiesa lo peor que les ocurre.
Algunos no saben como seguir. Otros ni se les ocurre ese cuestionamiento. La mayoría ni siquiera imagina una vida posible.

Ya nada será igual. Los malos serán más malos y los generosos solidarios serán más intensamente solidarios y eso los llevará al final de todo.

Quién ida a imaginar que una situación que nos ocurre a todos en todos lados, nos hiciera necesitarnos y a su vez, la única posible manera de cuidarnos sería todo lo opuesto. Ningún contacto, ningún acompañamiento, ninguna aproximación es lo que nos permitiría conservar a los queridos cercanos que no vemos.

Sabemos casi todo de todos en todos los lugares. Y es imposible enterarnos lo que pasa a la vuelta de la esquina.

Un síntoma: dejé en la vereda de mi casa, casi tan transitada como antes -antes de antes-, un libro. Lindo. Sano, Con tapa a todo color. Lo puse bien paradito contra la pared, con un cartel que decía: “puede llevarlo si le da ganas”.
Esta allí hace tres días y nadie lo ha tocado.

Muchas Gracias.


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