André Delgado era un periodista andariego y desconfiado. Le habían contado una historia  que de tan interesante le resultaba increíble. Tanto fue, que decidió buscar datos y testimonios hasta desentrañar el asunto.

Dice André que le habían contado una leyenda que se podría sintetizar más o menos así:

En una plaza central de un pueblo del País Vasco, durante uno de los bombardeos de Alemania hitlerista en los días de la Segunda Guerra Mundial, cayó una bomba, lanzada desde un avión, en una noche negra, que llegó a tierra pero nunca estalló.

La bomba, del tamaño más alto que el de una persona, quedó incrustada en el medio de la plaza central del pequeño poblado.

Los lugareños, vecinos sorprendidos y asustados no se animaron a tocarla, ni a sacarla ni a moverla. Mucho menos a desarmarla. La bomba, testigo metálica de lo absurdo de las guerras permaneció años en el mismo lugar, y durante el gobierno dictatorial del general fascista Francisco Franco fue considerada un símbolo, un monumento antinatural y aleccionador. Representaba un símbolo para los camisas negras, adoradores de las muertes, dueños el poder del régimen y mostraban ese símbolo como analogía del castigo a quien se revelara frente a sus arbitrios.

Muerto Franco, ese símbolo no tenía más sentido de ser y no era defendido por nadie.

Un día de primavera, por la mañana, temprano, un vasco lugareño llamado Julen se cansó del detalle de la bomba en medio de la plaza. Siempre había pensado que ese objeto allí, en medio de el paisaje urbano. La bomba arruinaba la plaza añeja y querida por todos.

Julen buscó sus herramientas, pidió ayuda a varios y nadie quizo colaborar. Solo y determinado se puso a desarmar el artefacto mortal, para poder manipularlo y evitar el peligro de una posible explosión.

“Las primeras horas trabajó sin compañía, ante la mirada lejana de sus coterráneos. Para el mediodía ya contaba con la ayuda de sus amigos, pues si de algo hay que morir, que sea junto a los amigos, dijeron algunos” según el relato de André que andaba por esos lugares recogiendo testimonios para corroborar la fidelidad de los hechos.

Para la media tarde, relata la crónica, todo el pueblo, vecinos, mujeres, ancianos y niños estaban en la plaza, expectantes y colaborando como se pudiera.

Antes del anochecer habían desarmado el temible artefacto, lo habían subido a una carreta, y decidieron llevarlo al pueblo vecino, donde se encontraba la sede municipal de la región.

Pero lo interesante de la historia fue lo que encontraron dentro del temible aparato, en un rincón de la “ojiba”, la punta o cabeza de la bomba; la parte fundamental que hace que la bomba sea un artefacto posible. Allí donde se resguarda el detonador.

Junto a cables y piezas de relojería metálicas, encontraron un papel manuscrito que contenía solo unas pocas palabras. Pensaron que tal vez decía el lugar donde fue ensamblada o la procedencia de parte de sus componentes. Podrían ser también algunas instrucciones de uso. Sea lo que fuere, despertó la curiosidad del pueblo.

El testimonio de uno de los presentes era simple pero generaba expectativa:

“El texto no estaba escrito en vasco, ni en castellano, ni en inglés. Era aparentemente alemán. En el pueblo, había una sola persona que podía llegar a descifrar la escritura: Mirentxu, quien de pequeña, por el trabajo de su padre, había estado algunos años en Hamburgo. Mirentxu naturalmente, como todos los vecinos, estaba en la plaza.

Fue llamada a los gritos y llegó hasta la zona donde estaba la bomba. Tomó el papel.

Se tomó algunos segundos, que no fueron más de medio minuto.

Ordenó en su mente las palabras, la gramática, y para cortar con el suspenso dijo mirando a todos sus vecinos (que al mismo tiempo la miraban en silencio): “Salud. Esta bomba no puede explotar. Mensaje de un obrero alemán que no mata trabajadores”.

Nadie se movió de la plaza las siguientes horas. Discutieron, hicieron conjeturas, e interpretaron de mil maneras el manuscrito.

Finalmente, antes de la media noche, por unanimidad ,el pueblo decidió que la bomba no se iría, incluso, volvería a su lugar, a donde había caído desde el cielo.

A partir de ese momento la bomba en la plaza comenzó a simbolizar la resistencia, el fin del miedo, y el poder de todo un pueblo con conciencia de lo que un mensaje de un trabajador internacionalista puede hacer.

Los hechos corroborados en forma contundente fueron enumerados por uno de los que ayudaron a desarmar la bomba: un regalo de un obrero alemán que, en medio de la dictadura nazi, se jugó su propia vida, y dejó de lado su miedo, su situación individual, porque ni la opresión del régimen más perverso, como lo era el nazismo, lo iba a poder hacer matar a trabajadores, aunque fuera de otros países, aunque fueran desconocidos, aunque no hablaran alemán. Aunque nunca los conociera. Aunque la bomba se abriera décadas después y él ya hubiera muerto.

Hubo gente que arriesgó su vida, en el intento de salvar a otros.

Hay gente, que con su actitud solidaria, actuando o dejando de hacer lo que está obligada, salva vidas. A veces, lo importante es salvar las vidas, sin siquiera ponerse a pensar los propios riesgos, ni las posibilidades de que todo sea como una gran bomba que no puede explotar, porque no se quiere matar a los otros.

Por Pablé Sales y Emilio Vera Da Souza



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