Ya lo dice el viejo adagio: “Si uno no sabe a dónde va, seguro termina en otro lado”. Por eso para “ir” se debe tener en cuenta alguna o todas estas consideraciones.

Por Emilio Vera Da Souza, Redacción Jornada ([email protected])

Cuando uno se dispone a salir, es muy importante saber por dónde. O sea, que a la oportunidad de la salida hay que sumarle el espacio posible. Por los lugares en donde los que vivimos en las ciudades acostumbramos andar, suele utilizarse para esa finalidad un convencional y reconocido objeto llamado puerta. Para salir entonces está bien usarla. Pero es una invención tan inteligentemente diseñada que ese mismo objeto, la puerta, sirve también para entrar. Las puertas son usadas en todo el mundo y no solo en las viviendas, como los habitantes del planeta La Tierra, ya lo saben.

No se conoce quién inventó la puerta pero es tan antigua que se las ha encontrado en todas las civilizaciones y en todas las épocas en que los estudiosos dividen la historia universal.

Hasta la genial ocurrencia, ya hay documento que lo prueban, los primeros constructores de viviendas, primitivos arquitectos, maestros mayores de obras, albañiles, media cucharas e ingenieros de la era de las cavernas, intentaron llevar adelante la edificación de una casa con escasos resultados. Como la puerta no se había inventado, la edificación concluida resultó perfectamente inútil. Nadie podía entrar ni salir. Pero esos adelantados tuvieron una habilidad que les permitió seguir adelante: habían construido su primer intento del lado de afuera. Pasado el tiempo insistieron en el proyecto pero ya con más ambición y apuro, dejaron sin quererlo, algunos detalles de la planificación arquitectónica primigenia de lado. Fue así que construyeron esa casa pero en la desesperación por entregar rápido el trabajo, quedaron del lado de adentro. Nunca nadie volvió a verlos.

Este pequeño detalle permitió que una de las mujeres de los desventurados albañiles, luego de pensar y pensar, diera con la solución: si se volvía a casar con otro constructor le exigiría prever una abertura, que más o menos alcanzara para pasar su cuerpo de un lado a otro de la pared levantada. Así, en caso de terminar la vivienda, podrían salir fácilmente. Una genialidad provocada por la prematura viudez de esta anónima pero abnegada inventora, injustamente olvidada por la historia.

La misma mujer (o tal vez otra) también puso en esa abertura en la pared un pedazo de madera para que el viento no le apagara la cocina, que en esos días era alimentada a puras leñas y pajas, con perdón de los presentes.

Según aviesos antropólogos europeos, el fuego era bastante difícil de obtener por la ausencia total de encendedores, fósforos, papel de diario y otros materiales ahora tan comunes, por lo tanto una vez que el fuego se conseguía era necesario, casi imprescindible, cerrar la puerta para cuando llegara el hombre proveedor de la cacería diaria, no se apagara la rudimentaria cocina y su tribu tuviera que comer todo crudo, costumbre que estaba casi en desuso. 

Pasado un buen tiempo, (casi nadie sabe cuento mide «un buen tiempo» ya que aun no se les había ocurrido inventar los almanaques ante la ausencia notoria de gomerías y carnicerías de barrio) a las posteriores puertas se les ponían distintos accesorios e inclusive ornamentos para distinguirlas unas de otras.

Era bastante frecuente hasta ese momento que hombres y mujeres, con la excusa de que todos tenían puertas iguales, usaban cualquiera para entrar y retozar así con la persona encontrada en esa vivienda, sin importar si eran conocidos o no.

Los ornamentos, tamaños, herrajes, cerraduras y otros implementos puerteriles, se fueron perfeccionando a través del tiempo dejando una variedad tal que, hoy por hoy, no hay casi ninguna puerta igual a la otra.

Finalmente, a los defensores de la pompa y el boato, se les ocurrió crear lugares y generar hitos históricos y geográficos con las puertas. Es así que encontramos las famosas en Alcalá, la de Branderburgo, la Puerta del Sol, la de Hierro, la puerta del Infierno, la puerta del Rey y varias otras más, sin mencionar portales y portones.

Los funcionarios modernos suelen utilizar el término “gestión de puertas abiertas” y los amantes agarrados infraganti y a la siesta, suelen ser sacados urgentemente y sin mucha explicación, para que luego vecinas más dadas a los chismes que a la limpieza de veredas puedan exclamar como novelistas y poetas en trance: “Le cerró la puerta en la cara”.

Para terminar, debemos decir que este invento, imprescindible para la trascendencia de la humanidad toda, también sirve, sin que su pensadora lo imaginara siquiera, para entrar.

Se generó así un elemento que trascendió su época y nos permitió a los pobladores de este planeta poder andar libremente, entrando y saliendo de los lugares sin más burocracia que traspasar los umbrales.



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