En verdad, no todos somos clase media. Pero casi todos queremos serlo. Atracción fatal: sucede que los más ricos no quieren bajar hasta allí, pero por miedo a ser asaltados, por comodidad para no pagar impuestos, por demagogia o disimulo, a veces se fingen clasemedieros.

Y entre los pobres, muchos aspiran a ser clase media, y algunos pretenden serlo. No todos, por cierto; incluso algunos que han llegado muy alto en sus famas, tienen la dignidad de sostener con orgullo su origen villero: Diego Maradona, Pablo Lescano (el de Damas Gratis), el escritor Washington Cucurto. 

   Hay un discreto encanto de la clase media. Lugar indefinido, sitio indeciso, espacio de la ambigüedad. Pero decisivo en la Argentina: alrededor del 35% de la población. Mucho más que en el resto de Latinoamérica (exceptuando el caso de nuestro pequeño gemelo histórico, el Uruguay). Más porcentaje que en Colombia, que en Chile, que en Perú. Un colchón importante de los conflictos inevitables entre quienes más atesoran, y quienes tienen casi nada.

  ¿Es una clase, la clase media? Técnicamente, no. Porque una clase tiene intereses propios, se enteren o no quienes forman parte de ella. Y eso sucede con los de abajo –trabajadores manuales, campesinos no propietarios, desocupados varios- y los de arriba –banqueros, financistas, dueños de la tierra desde la Rural, accionistas de las más grandes empresas-. Los de arriba, son esos que protestan porque no quieren pagar un aporte especial ante la extrema situación económica que plantea la pandemia. Los de abajo, aquellos que apenas se enteran de ello, tan ajeno a su mundo, aunque podrían ser beneficiarios de ese tributo. Los del medio, son los que lo ven por tv y creen que entienden, porque les dicen allí cómo deben pensar. Y que –no todos, pero sí muchos- toman partido por los de arriba, hacen denuesto de los de abajo, consideran a estos unos miserables “negros”, y hasta creen que si se esfuerzan un poco, algún día pertenecerán a los de arriba.

  Vana ilusión. Nadie llega a atesorar mil millones de dólares trabajando de empleado: sin lobby, sin negociaciones con los funcionarios, sin mediaciones financieras con gigantes. El libro de Mariano Macri bien lo demuestra: en ese espacio empresarial, están en “otro mundo”. Allí la escala es de otro nivel, y todo es posible. Por ejemplo, cerrar una empresa agroalimentaria en Brasil, y dejar a miles de aves y cerdos sin alimento, sin cuidado y sin ser vendidos ni sacrificados. Los animales se comieron los unos a los otros, en un espectáculo dantesco y horrible, entre muertes por hambre y batallas caníbales. Otro mundo.

  Las clases medias no son una clase. No tienen voluntad colectiva, como en algunos momentos consiguen los de abajo, y permanentemente sostienen los de arriba. No tienen intereses propios en el espacio social. Por ello toman los de otros, por identificación valorativa, mayormente los de arriba.

  Pero la trama es menos obvia. La también denostada clase media está hecha de trabajadores administrativos, empleados, docentes, pequeños comerciantes, profesionales. A menudo no les es fácil la vida. Y también de allí surge pensamiento crítico, militancia popular, capacidad de afrontamiento. Emergen escritores, militantes y poetas. Soñ[email protected] y artistas. No todo está perdido, ciertamente.

  Y además, si bien predomina la terca idea de que los de abajo son intolerables –gracias a oposiciones como la que Sarmiento hiciera de manera primaria entre “civilización” y “barbarie”-, y de que sólo ellos mismos (la clase media) tienen méritos para ser sujetos de derechos, también es cierto que la clase media sufre. Que se cansa de los gobiernos a los que apuesta, y que luego le fallan. Que apunta hacia la derecha, pero luego se desencanta.

  Les hicieron creer que Illia era lento, y apoyaron a Onganía: pero siete años después, se jugaban al regreso del antes denostado Perón. Apostaron a Videla para “restaurar el orden”, pero en otros siete años votaron al progresismo de Alfonsín. Votaron a Menem, pero salieron a la calle en 2001 en el “que se vaya todos”. Le creyeron al macrismo en 2015 –con sólo dos puntos de ventaja, eso sí- y lo sacaron del gobierno en 2019. Las clases medias también saben, cada tanto, tener un voto en contra de las derechas a las que suelen entronizar. Aunque el encanto de la música irresistible de las sirenas, cada vez vuelva a convencerlas de subordinarse a los de arriba.-