Por Sergio Levinsky

En Cataluña, todos conocen de sobra a Ronald Koeman. El rubio neerlandés de 57 años, es el autor del gol más emblemático de la historia del Fútbol Club Barcelona, aquel tiro libre que a ocho minutos de terminar el alargue de la final de la Champions League en Wembley, venció al italiano Gianluca Pagliuca y le dio a los azulgranas su primer título europeo. Fue el 20 de mayo de 1992 y esa jugada, ese remate tan bien colocado, fue repetida miles de veces por la TV y las redes sociales

Con ese gol, y de la mano de otro neerlandés, también ex jugador, el fallecido Johan Cruyff, el Barcelona ponía fin a décadas de frustraciones y de odiosas comparaciones con su archirrival español, el Real Madrid, a quien siempre miraba de reojo con victimismo, sintiéndose perjudicado por negociados políticos y deportivos, para colocarse, por fin, en el centro de la escena.

¿Cómo, entonces, Koeman no va a tener espaldas anchas para poder tomar medidas duras, drásticas, que incluyan a las vacas sagradas del plantel del Barcelona? Si bien el rubio ex defensor del club estaba dirigiendo a la selección de su país, tenía una cláusula puesta en su contrato con el equipo naranja que decía que en caso de una oferta de los “culés”, podría rescindir y marcharse.

La elección de Koeman no es casual. La desastrosa gestión de la actual comisión directiva del Barcelona necesitaba de alguien fuerte y revulsivo para generar cierta tranquilidad y encarar un nuevo ciclo en el club, después del lapidario 2-8 ante el Bayern Munich por los cuartos de final de la Champions en el “Súper 8” de Lisboa, pero que se sumó, además, a las anteriores dos remontadas anteriores en sendas copas europeas sufridas por el mismo plantel ante la Roma en 2018 y el Liverpool (2019) cuando quedó eliminado luego de ir ganando 4-1 y 3-0, respectivamente.

La situación no daba para más y al final del partido contra el Bayern, quien habló con los medios fue uno de los líderes del equipo, Gerard Piqué, pero no Lionel Messi, el máximo de los capitanes. Tampoco es casual que no se haya pronunciado. El genio de Rosario sabía bien que la situación separecía, en cuanto a la frustración, a aquella que atravesó tras otra derrota por penales ante Chile en la Copa América Extra de los Estados Unidos, la tercera definición consecutiva con derrota en la selección argentina, y aquella vez, anímicamente destruido, manifestó ante los micrófonos que ya no volvería a jugar con la camiseta celeste y blanca, pero le duró poco el enojo: como nunca había ocurrido con esta intensidad, el público argentino le demostró su afecto y le pidió encarecidamente, y de todas las maneras posibles, que se quedara.

Y Messi no sólo se quedó, sino que de a poco se fue acomodando a un nuevo status de líder, aún cuando la generación con la que ahora juega es otra, y ya no están muchos de sus amigos de tantos años. Y fue levantando el tono de su voz contra los arbitrajes, y comenzó naturalmente a entonar el himno nacional, y fue encontrando interlocutores en el juego.

En el Barcelona, a Messi le pasan otras cosas: el cariño de los hinchas fue demostrado desde adolescente y no tiene dudas al respecto. Ha ganado títulos por doquier, formó parte de un equipo que brilló hasta ser considerado modelo de juego en el mundo entero, pero pudo percibir, como pocos, y con diecisiete años de profesional en el mismo club, cómo todo se fue deteriorando desde la salida de Josep Guardiola y luego Tito Vilanova ,como entrenadores, en 2013, pero en especial, cómo los dirigentes nunca encontraron un plan, una fórmula, un proyecto, para idear una transición hacia algo diferente, manteniendo el mismo ADN, para cuando terminara esta etapa y comenzaran a faltar los Carles Puyol, los Xavi Hernández, los Andrés Iniesta, y cuando se convirtieran en veteranos los Piqué, los Sergio Busquets y hasta el propio Messi.

Al contrario, el Barcelona fue una máquina de gastar dinero en fichajes sin sentido, a las apuradas, tapando baches. Descuidó a la cantera, a sus juveniles, hasta que casi no apareció nadie que genere una ilusión particular (recién ahora vemos a los Riki Puig o Ansu Fati, aunque les falta mucho recorrido), contrató entrenadores que ya aceptaron atacar con dos delanteros y hasta con uno solo, y por si fuera poco, muchas veces sin ser del gusto del plantel, con directores deportivos mediocres. Y el combo terminó con la salida de Neymar al PSG y con el ataque de redes sociales (contratadas por la propia dirigencia) a varias figuras del equipo.

Es en este contexto, y con elecciones presidenciales en el club convocadas para el 15 de marzo -es decir que a esta dirigencia le queda una sola temporada y de absoluta transición-, y cuando se declara que salvo cuatro o cinco jugadores, el resto son todos prescindibles (entre ellos, amigos con los que Messi comparte vacaciones con sus familias como Luis Suárez o Jordi Alba), que se plantea si el crack argentino debe o no seguir en el club, en el que juega desde 2000 y en el que batió todos los récords posibles, y cuando el próximo 30 de junio termina su contrato y quedará en libertad de acción con 34 años.

Que Messi se haya tomado el trabajo de subirse a su coche e ir en búsqueda de Koeman para reunirse con él en plenas vacaciones, y que le haya manifestado sus dudas sobre su continuidad y hasta que le haya dicho que se ve “más afuera que adentro” del plantel para la próxima temporada a escasos días de regresar a los entrenamientos, puede tomarse como un irrefrenable deseo de marcharse pero también, como una declaración de amor al club y de enorme paciencia luego de años de desastres institucionales.

Es por esta misma razón que en su momento, cuando pudo irse al Chelsea, fue convencido por Vilanova para que se quedara, y seguramente es por el mismo motivo que sería muy extraño verlo con una camiseta europea que no sea la del Barcelona.

También es cierto que una salida del rosarino en este momento, implicaría forzar destinos no deseados. Si bien en el Manchester City juega su amigo Sergio Agüero, y con Guardiola se tiran flores de ida y vuelta en cada declaración mediática, una cosa es esto y otra que puedan volver a convivir en un día a día. Aquel desgaste provocó la salida de “Pep” en 2012 (entre otros motivos), mientras que si bien en Milán consideran que una posible contratación por el Inter de capitales chinos puede convertirse en “cuestión de Estado”, ya lo dijo su (¿ex?) entrenador Antonio Conte cuando se lo consultaron días pasados: “Es más fácil enderezar la Torre de Pisa antes de que Messi se vista de azul y negro”, y acaso pueda aparecer el “factor Javier Zanetti”, compatriota del rosarino, ídolo y vicepresidente de la entidad. Tal vez el PSG pueda animarse, pero debería desprenderse de varias figuras por el asunto del Fair Play Económico de la UEFA. Y por si queda poco, se difunde en estos días que el vicepresidente de Boca y ex compañero suyo en la selección argentina, Juan Román Riquelme, mantiene con él una conversación fluida y no pierde las esperanzas de un préstamo hasta que la situación se calme o expire el contrato con los catalanes, haciendo el camino inverso al de Diego Maradona.

Por estas horas, Messi medita su futuro. Sin contrato renovado, todo termina el 30 de junio. Sus amigos no tienen la continuidad asegurada y están en la lista de prescindibles, no se ve un proyecto serio a futuro y si lo hubiera, es difícil concretarlo en pocos meses y cuando uno de los principales dirigentes opositores, como Víctor Font, ya dice que de ganar en marzo irá con otro entrenador (Xavi) aunque Koeman salga campeón. Y lo que se charló en con el neerlandés, que debió quedar puertas adentro, se supo inmediatamente en los medios. No hay dinero para grandes contrataciones, además, y sólo se contemplan jugadores como parte de pago para poder importar alguna estrella.

¿Cómo seguir en esas condiciones, sin ninguna garantía de éxito o de encarrilar la situación? Sólo amando mucho al Barcelona es que Messi mantiene su silencio, deja de lado horas de sus vacaciones, o no dice (aún) abiertamente que se quiere ir.

Y que esté harto, como está, de la situación, demuestra que pese a que futbolísticamente es un genio, fuera de la cancha tiene los mismos sentimientos que cualquiera que tenga las máximas aspiraciones y sabe que no lo ayudarán en nada para conseguir sus objetivos.