Sergio Levinsky Domingo, 6 de Octubre de 2019

De remontadas, autocríticas y tecnología

(salevinsky@jornadaonline.com)

Domingo, 6 de Octubre de 2019
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Domingo, 6 de Octubre de 2019 | (salevinsky@jornadaonline.com)

La semana del 20 al 27 de octubre será decisiva para comprobar si hubo o no ya no una sino dos remontadas. La más sonada, la de las elecciones del domingo 27, y la que se acaba de sumar, la del martes 22 en la Bombonera. Ambas, directa o indirectamente, involucran al presidente argentino Mauricio Macri.
Si nos atenemos a la segunda, a la del fútbol, parece una empresa muy complicada para Boca Juniors no sólo por lo que se pudo ver en la ida de las semifinales de la Copa Libertadores en el Monumental, cuando perdió 2-0 el martes pasado ante River Plate, sino por la sideral distancia existente entre los dos equipos en cuanto al juego.
Habíamos advertido en estas páginas que si el director técnico de Boca, Gustavo Alfaro, o sus jugadores, tomaron como bueno el empate 0-0 en el Monumental de unos días atrás, por la Superliga, como bueno, estarían incurriendo en un grave error de lectura porque la Copa Libertadores se juega de otra manera, y de hecho, el gol de visitante vale doble, pero además, porque River suele anotar como visitante y hace dos años que no pierde en esta condición.
El partido de ida en el Monumental era crucial para Boca. Marcar un gol allí era clave por las razones esgrimidas en el párrafo anterior, pero Alfaro volvió a repetir el mismo esquema de siempre y su único interés sigue siendo el cero en el arco propio para luego, si cabe, tratar de solucionar el problema "del otro lado". Tanto es así, que anoche, en Florencio Varela, tras vencer a Defensa y Justicia por la Superliga, uno de sus mejores jugadores, el marcador central Carlos Izquierdoz, evaluó la actuación del equipo como "buena en el primer tiempo, porque aguantamos bien".
Esto lo dice todo. Para este Boca, un buen partido es "aguantar bien". No se habla mucho de "jugar", de "tocar", de "llegar", sino de "aguantar", "defender", "oficio" y palabras semejantes, todas relacionadas con la obtención del resultado que se vino a buscar. Todo vale (dentro del reglamento, claro) en pos del beneficio posterior. El espectáculo queda relegado en pos del objetivo.
El gran problema es cuando a los pocos minutos todo se derrumba, ya sea con o sin justicia, como el martes en el Monumental, por un penal que puede ser muy discutible (se reclama mano anterior de Nicolás De la Cruz que todo indica que existió, o es para debatir si el VAR debe entrometerse cuando no lo llaman y todo sigue sin problemas tras un fallo arbitral y nadie se queja de él) pero los grandes equipos, los campeones, son los que tienen la capacidad de recuperarse, de resiliencia, y Boca no sólo no la tiene, sino que además de jugar mucho menos que su rival, no se detiene un segundo para una autocrítica y desvía el tema con un abanico de excusas.
Boca tiene un serio problema que no comenzó ahora sino hace, por lo menos, seis años, y es que está confundido sobre lo que significa jugar al fútbol. Hay una desesperación por ganar un torneo internacional, que sería acorde al crecimiento económico de la institución, que se transmite a los jugadores y entonces los cartuchos se queman antes de tiempo, se cambian planteles y directores técnicos, y se parte, además, de la creencia de que el sistema tradicional es el de apretar los dientes, meter, trabar, transpirar la camiseta, sin dejar un mínimo lugar a la idea del disfrute y de la técnica. Muchos hinchas y simpatizantes suelen opinar en las redes sociales, haciéndose eco de cierta prensa que cree que el mundo comenzó cuando nació, acerca de que el esquema tradicional de Boca es el 4-3-1-2. O el 4-4-2, cuando fue campeón en los años treinta y cuarenta con el 2-3-5, en los sesenta con el 4-4-2, en los setenta con el 4-3-3 (cuando Juan Carlos Lorenzo era el DT y fue bicampeón de América), y en la primera década de este siglo, con el 4-3-1-2. Esto significa que el esquema es relativo y que lo que se debe plantear es qué ocurre con el juego, con el disfrute, con la creatividad.
River viene de la catacumba, del descenso al Nacional B en 2011 que significó una mancha importante para su historia, pero desde 2014 supo cambiar con una dirigencia inteligente que además, acertó en la contratación de un gran entrenador como Marcelo Gallardo, recientemente muy elogiado nada menos que por Josep Guardiola y acaso candidato a dirigir al Barcelona en poco tiempo. River tiene un esquema claro, una línea de juego, además, lógicamente, de la tranquilidad que dan los títulos. Pero no resulta casualidad que casi todos los refuerzos que trae le rinden, se consustancian con el plantel, suelen tener buen pie, y por si fuera poco, los jóvenes surgidos de las divisiones inferiores tienen materia prima como para proyectarse, incluso, a la selección nacional (Gonzalo Montiel, Exequiel Palacios, Lucas Martínez Quarta). Si además de jugar infinitamente mejor, le sumamos que River va generando una superioridad sobre Boca también en lo psicológico desde que le viene ganando todas las definiciones importantes, el partido del martes 22 cobra una importancia fundamental para el equipo de Alfaro, aunque si éste sigue creyendo que todo pasa por lo mágico, por "creer que se puede", o por el factor "Bombonera" en vez de superar por el juego, volverá a cometer otro grave y decisivo error, del que no habrá vuelta atrás. Y probablemente otra eliminación le signifique a Boca no sólo ya un nuevo cambio de entrenador para 2020, sino incluso de comisión directiva, porque el club tiene elecciones en diciembre, y todavía queda por verse si los efectos van más allá del fútbol.
Párrafo aparte para el VAR. La tecnología siempre es bienvenida para reparar actos injustos (por ejemplo, anoche en Florencio Varela hubo un claro penal para defensa y Justicia por mano de Frank Fabra no cobrada justamente por la falta de una repetición que corrija lo que el ojo del árbitro no pudo ver), pero habría que debatir si es necesaria cuando nadie la reclama y hay un tácito acuerdo entre los dos equipos sobre el fallo del juez.
¿Debe ser penal aquél que ninguno de los veintidós jugadores vieron y nadie reclamó? ¿Tenía sentido otorgar un penal para River ante Gremio, en Porto Alegre, por la semifinal de Copa Libertadores de 2018, cuando los propios jugadores de River reclamaban córner tras el remate que pegó en la mano del defensor brasileño Bressan?¿Lo tenía cuando a los 5 minutos de un Superclásico tan importante, el VAR resolvió recordar un penal que incidió tanto en un partido cuando nadie se había percatado de la falta? Acaso quede la chance de seguir revisando este buen sistema (pero no infalible) que, al fin y al cabo, manejan los hombres y que da lugar a que lo hagan los sistemas, y que finalmente, y por eso mismo, también termina cometiendo fallas (como bien lo saben quienes siguieron la pasada Copa América de este año en la semifinal entre Brasil y Argentina).
Tal vez una opción pueda ser la de tomar como modelo lo que sucede en otros deportes y, por ejemplo, que cada DT pueda tener derecho a pedir el VAR dos veces como máximo por tiempo. De cualquier modo, más allá de este planteo, si Boca se queda en estas cuestiones, o simplemente en continuar sin plantearse a qué juega, es muy probable que siga atravesando situaciones conflictivas. Sin autocrítica no se llega muy lejos. Tendrá que jugar, porque no hay más remedio, si es que quiere remontar una serie muy complicada. Y en la cancha se verán los pingos.

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