Propongo un ratito de reflexión, en estos tiempos de virus y de pánicos.


La noticia nos dijo que un señor muy aseñorado violó la cuarentena al intentar ingresar al country donde vive, en Tandil, con su empleada doméstica…


Esto, ¿qué tiene de malo?


De malo tiene que a la empleada la escondió en el baúl de su lindo automóvil.


Parece un chiste, suena a bolazo, a broma televisiva. Pero nada de eso, esto no es cuento. El hecho trascendió, en esta patria idolatrada, hacia el 23 de marzo del año 2020 después de Cristo.


El sujeto protagonista –masculino, respetado empresario tandilense–, se apellida Cardinale. Evidente: vive en este sur y perdió el norte; aparte de perder la vergüenza. Hay dos artículos del código penal –el 205 y el 239– que lo esperan con un castigo que va de los 6 meses a los 2 años de prisión.


Entre los comentaristas del episodio hay opiniones para todos los gustos. No falta alguno que responsabilice a la empleada doméstica, por prestarse ella para ser escondida en el baúl del auto de su señor patrón. Digamos, por “colaborar” en el intento de burlar la norma y la ley.
Esta opinión –una vez más–, convierte a la víctima en culpable. (Eso le pasa por ser pobre y de piel amarronada.)


Nada cuesta deducir que la pobre mujer aceptó semejante humillación seguramente por temor a perder su trabajo, y con él sus panes de cada día.


Una pregunta: usted lector o lectora, ¿cómo castigaría a este pedazo de ser humano, exitoso empresario, que intentó ingresar a su country con una empleada doméstica en el baúl de su auto; una empleada para que le limpie los platos, los baños y las mugres de su privilegiado núcleo familiar, durante la cuarentena?


La mayoría propone que, por este “desliz”, se los castigue con 2 años de prisión. Dos años enteros y sin posibilidad de cárcel domiciliaria eh.


Pero también hay algunos compatriotas que proponen un castigo más didáctico; por ejemplo, que el empresario tandilense y su señora esposa por dos años cumplan tareas de limpieza hogareña en viviendas marginales; viviendas como las que padece la pobrecita empleada que el pícaro metió en el baúl de su vehículo.


¿Para qué la imposición de esas tareas?


Para que marido y mujer se enteren que la esclavitud hace rato fue abolida en más de medio mundo, y para que aprendan a codearse, a tocar, a oler el olor único de la miseria, la mierda ajena. Eso a diario, en pleno verano y en pleno invierno.


Escucho voces. Me señalan que este castigo encierra demasiada crueldad.


De acuerdo, pero consideremos que, sumidos en esa realidad tan insoportablemente cruel, hay seres que viven toda su vida.


Ocurre que en este mundito la esclavitud sigue y prosigue y se ha naturalizado. El capitalismo neoliberal considera que la esclavitud es algo tan inevitable, tan natural como las cuatro estaciones.


Lo de este caballero, de apellido Cardinale, es un caso testigo. Muy significativo. Representa el modo de pensar, y de actuar, de muchos habitantes de este mundo y de esta patria.


Yo no digo de condenarlos a la pena de muerte. Por favor, eso no. Pero sí propongo condenarlos a la “pena de vida”. Para que se asomen al cumplimiento del tan mentado “amarás al prójimo y a la prójima como a ti mismo y a ti misma”.


Al prójimo y al próximo.


Con barbijo o sin barbijo.


En aprender esa clase de amor consistiría la mejor, la más genuina, la más honda revolución humana.


Así cultivaríamos la más difícil de las virtudes: la de la solidaridad.


Posdata


Nunca es tarde: la familia Cardinale debiera aprender lo que se siente cuando se limpian inodoros ajenos. Un deseo: pueda ser que los Cardinale encuentren su brújula antes que se les acabe la cuarentena penitenciaria. Y que cumplan, aquí en la tierra, su “pena de vida”.