Por Fausto Mateo, Redacción Jornada

Evidentemente vivíamos mal. Muchas prácticas sociales y vicios humanos nos erosionaron en conjunto. Un sistema económico global que parece haberse vencido o colapsado. Estábamos expuestos y no lo sabíamos. El coronavirus llegó un poco también para darnos una lección y hacernos aprender y revisar cómo funcionábamos en comunidad.

Mató a mucha gente. Más de 342.000 víctimas y 5,3 millones de contagiados. Nos encerró. Nos aisló. Paralizó a la economía. Generó miles y miles de nuevos pobres pero nos hizo darnos cuenta de tantas cosas. Sabemos que cuando esto pase la vida será diferente. O al menos no volverá a ser normal como antes. Ahora. ¿Era normal la vida antes del coronavirus? ¿Vivíamos bien?

No sabemos cómo se originó. Hay muchos que creen que es un virus de laboratorio. Que fue creado para algo. Por algún objetivo y por alguna razón. Es incomprobable. Nunca se sabrá.

El coronavirus le enseñó al mundo y al sistema. El coronavirus superó la ficción. En esta película no ganó como pasa siempre en las películas Estados Unidos. Todo lo contrario, la gran potencia mundial está siendo uno de los grandes perdedores con con casi 100.000 muertos y cifras records de desempleo. Tal es así que la reelección de Donald Trump comienza a entrar en peligro.

El coronavirus nos enseñó que abrazábamos y besábamos poco y nada. Que cada vez había menos demostración física de amor, de afecto y de cariño por el otro. Ahora estamos desesperados por darle un beso a nuestros padres, un abrazo a ese amigo o amiga con quien tan bien la pasabas, ese beso a tu hijo al que extrañas mucho porque hace como 60 días que solo lo ves en una pantalla de celular. El coronavirus nos sacó frialdad y nos hizo más humanos en el aislamiento y a pesar de la distancia. Nos hizo entrar en razón que es imposible vivir sin amor. Sin que te quieran y sin querer a alguien. Sin vernos la cara, sin tocarnos aunque antes casi ni lo hiciéramos.

El coronavirus a muchos les enseñó lo dolorosísimo que es no poder despedir a un ser querido y lo inmensamente invaluable que es cada segundo de vida. Tenía que irrumpir esta pandemia para que la vida tuviera más valor. Para que la vida nos importara de verdad. Y para hacernos darnos cuenta de todo lo que se hacía mal.

Este virus nos igualó adentro de la sociedad. Porque el chico que recoge basura para poder comer tuvo que ponerse un protector facial como aquel que sale del barrio privado en una camioneta último modelo con vidrios súper polarizados. Los dos corren el mismo riesgo. Contagiarse, morirse y que nadie pueda ir a despedirlos. Porque en definitiva todos vamos a parar al mismo lugar. Y porque las vidas a pesar de las clases sociales valen iguale y este virus no discrimina. Lo trajo el que estaba en Italia, el que fue unos días a España o el que disfrutaba del calor en las playas de Brasil y hoy se mueren los que viven en las villas y en los barrios sin cloacas ni servicios. El Coronavirus no distingue. Es indescifrable. Y por ahora la responsabilidad individual y la solidaridad pensando en el otro es el único antídoto comprobado.

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El coronavirus vino para darnos una enorme lección y para derribar unos cuantos mitos y mentiras instaladas en el inconsciente colectivo.

También vino para que de una vez por todas estemos orgullosos de nuestro sistema de salud público y de nuestros profesionales. El coronavirus nos enseñó que muchos millones en una cuenta bancaria, no te hablan, no te quieren, no te aprecian, no te abrazan, no te reconocen. Dar afecto sincero y recibirlo era en definitiva lo más sano que teníamos y lo que más extrañamos.


Con el Coronavirus pudimos darle al ecosistema ese respiro que pedía a gritos y que no pudimos darle ¿en la normalidad? de antes. Porque al cielo se lo ve más azul. Porque se pudieron ver especies que estaban definidas como extinguidas. Porque el aire es mucho más puro y sano. Porque la vida animal volvió a tener ese espacio que le quitó la raza humana.

Ver el vaso medio lleno. No es fácil. Decir que podría ser peor suena a conformistas. Tener claro que todo cambió después de esta pandemia y que estamos obligados a ser mejores en el futuro es la gran certeza y el gran desafío. ¿Estaremos listos para cambiar? ¿Para de una buena vez por todas entender que no hay un planeta Tierra de repuesto? Dentro de algunos años la Covid-19 se recordará como un hecho histórico que generó un cambio profundo. Fue una gran advertencia. Un indicio de colapso total. Ya nada es ni será igual. Pero el próximo aviso, si la raza humana no lo entiende y cambia, puede ser definitivo.