Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Jueves, 9 de Enero de 2020

¡Aguante, Baltasar!

Por Rodolfo Braceli

Jueves, 9 de Enero de 2020
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Jueves, 9 de Enero de 2020 | Por Rodolfo Braceli

Debemos elegir, no nos lavemos las manos con la neutralidad. Atrás queda otra celebración que nos lleva a un dilema de otros eneros: entre el Papá Noel gaseoso y los Reyes Magos nativos, ¿con quién nos quedamos?
   Prefiero cierta magia terrenal de los Reyes Magos. Me resulta insoportable ese Papá Noel disfrazado de invierno, sponsoreado, que chiva como loco. Además, el hecho de que uno de los reyes sea morochito y de ojos no celestes, me simpatiza. Que me perdonen los xenófobos y los adictos nativos de Trump y Bolsonaro. Celebro que entre los tres Reyes uno sea el tercermundista Baltasar, alguien seguramente sospechoso para la señora Bullrich y el señor Pichetto. Sospechoso ¿por? Por portación de piel oscura.
  Discusión milenaria: algunos candorosos sostienen que "los Reyes Magos sí existen" y otros sostienen que no, que "son los padres". La cuestión es que los padres de hoy, a la hora de complacer a hijitos acribillados por la publicidad consumista, tienen que volverse "magos".
   Avancemos. A propósito de los Reyes Magos resulta significativo ver cómo los argentinos hacemos gala de temprana incredulidad. "No existen. ¡Son los padres!". Con esa opinión sacamos pecho y nos recibimos precozmente de adultos. Olvidamos que a medida que nos hacemos adultos nos adulteramos.
  Revisemos esta infantil fanfarronada nacional. ¿Por qué desde tan niños presumimos de que nadie nos puede meter el perro? Ojo al piojo, no somos tan vivos como creemos. Observando al promedio de nuestra sociedad, podría decirse que somos unos reverendos crédulos. Recordemos: fuimos crédulos de "la plata dulce" en el paraíso sangriento y entregador de Martínez de Hoz. Fuimos crédulos hasta la euforia cuando se perpetró la des-guerra de Malvinas. Fuimos crédulos del "un peso un dólar". Fuimos crédulos de la revolución productiva y del salariazo y del "síganme, nos los voy a defraudar". Hasta nos creímos que bastaba con ser aburrido o desangelado o millonario para ser un presidente lúcido y decente.
  En suma: alardeamos de incrédulos, pero terminamos comprando cantidad de buzones. Más nos valdría creer en los Reyes Magos: zapatitos, pastito y agüita. Esa tierna estafa es preferible a claudicar como país a las  "relaciones carnales", a la donación del petróleo, al loteo patrio con reservas de agua incluidas, a los mandatos del Fondo Monetario que endeudan hasta los hijos de nuestros nietos y etcétera.  
  Analicemos eso que llamamos "ilusión". La ilusión es una esperanza módica, no exige inversión de ideología. Es una especie de dulce estafa consentida por nosotros. Amortigua las inclemencias de la vida. Un bálsamo fugaz, digamos.
  Recuerdo "El cuento de Navidad de Auggie Wren", de Paul Auster (lo publicó Sudamericana). Este relato de Auster fue filmado por Wayne Wang. Del argumento sólo adelanto esto: en un momento de la trama, un día de Navidad, un hombre llega a un domicilio tratando de atrapar a un raterito callejero. Toca el timbre. Abre la puerta una anciana que es ciega y está sola. La anciana al desconocido le dice "sabía que vendrías", y hace como que lo confunde con su nieto (el raterito). La confusión es aceptada por los dos. Y se abrazan. La anciana y el hombre pasarán el día juntos, comiendo, bebiendo. Los dos juegan ese juego; paladean felicidad: uno fingiendo ser el nieto pródigo y la abuela, ilusionándose con que allí lo tiene. Una dulce estafa elegida, la imaginada por Auster.
  Y esto me traslada a un relato que leí no sé dónde en mi adolescencia. Era noche de Reyes en el cuento. Había desolación, nieve, pobreza y dos ancianos acurrucados, ateridos de frío y de soledad. El brasero con el último calorcito se les desvanece en la oscuridad. Tiemblan los viejitos. De pronto dos brazas se reavivan. Los ancianos se arriman a recibir ese calorcito. Así atraviesan la eternidad de esa noche, abrazados. Cuando el sol los despierta se dan cuenta que en el lecho del brasero hay un gato que los mira. Los ojos del gato eran lo que ellos suponían brazas. La ilusión, otra vez una dulce estafa elegida.
  Por estos días, a quienes no bajaron los brazos en esto de soñar, la ilusión les habrá compensado dolores y ausencias. Sigue firme nuestra capacidad para seguir soñando un año más. Soñando, pero haciendo.
  Ahora me veo en una casa de Luján de Cuyo, a mis cinco años, con mis primos, el Chiche y el Nené, avisándole a todo el vecindario: "Nosotros sabemos, ¡los reyes son los padres!". Cuando llegó las doce de la noche de aquel 5 de enero, después de la cena familiar en el patio, nuestros padres empezaron a decirnos "qué raro, las doce ya y los reyes no han pasado por acá". De repente, en la pared del fondo veo que un enorme paquete empieza a bajar, suspendido en una soguita. Lo señalo. Los mayores se hacen los distraídos, yo grito desesperado: "¡Los reyes! ¡son los reyes!" El paquetón baja muy lentamente. "¡los reyes! ¡son los reyes!"
  Cuando el envoltorio llega al piso el mundo me da vueltas, estoy sumergido en una crisis de estupor, se me aflojan las piernitas. Qué lo parió, de pronto siento que los reyes no eran los padres, que los reyes existen. Tuvieron que alzarme, abanicarme, darme agua. Casi muero de asombro. Mis primos y yo no habíamos visto cómo mi abuelo Andrés, acostado sobre el techo, soltaba la soga con el paquetón. Por un año más seguiríamos creyendo, aunque sabíamos que los reyes eran los padres, porque "nosotros sabíamos todo". Hasta sabíamos que las mujeres, debajo de las polleras, allí donde se juntan las dos piernas "tenían pelos y ahí estaba la fábrica de hacer niños."

(www. rodolfobraceli. com. ar/zbraceli@gmail.com)

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