Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Jueves, 26 de Diciembre de 2019

El curita, la "Pato" y las piedras

Por Rodolfo Braceli

Jueves, 26 de Diciembre de 2019
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Jueves, 26 de Diciembre de 2019 | Por Rodolfo Braceli

Estamos de Navidad. Con esta celebración hacemos una pausa para ponernos "buenos". Un resuello. Durante ese paréntesis damos besos y abrazos a rajacincha. Pero el ataque de bondad nos dura menos que un pelado en la nieve. Pronto reaparece el racismo, la xenofobia, la indiferencia activa, la religión del dólar, la paranoia convertida en ideología.

   Una feroz excepción a las ternuras navideñas la protagonizó la ex ministra Patricia "Pato" Bullrich. Fue cuando, enardecida, propuso que ahora se triplicaran "las 12 toneladas de piedras" que le arrojaron al gobierno macrista protestando por su reforma jubilatoria del 2017.

   La señora Bullrich es una gran apologista de la violencia. Así es que se siembra una guerra civil. Pato encarna el elogio de la pedrada. El machismo de la ex ministra se fue de madre, y de padre. Falta que grite "viva la grieta", "viva la muerte". A propósito, un detalle: jamás la piedra tiene la culpa de la pedrada.

  ¿Vamos a permitir que la señora "Pato" Bullrich nuble estos días? No nos contagiemos, no incurramos en las toneladas de piedras. Las piedras traen balas. Las balas, muerte. Voy a celebrar reflexionando, evocando. Digo "navidad" y me viene el recuerdo del curita Jorge Contreras, una especie de jesusito. Retomo lo escrito.

   Anda por ahí respirando de otra manera. En los últimos meses de su luminosa vida conversé mucho con él. Cartas y llamadas telefónicas, con la mediación de su sobrina, María Soledad Contreras. La voz del curita me llegaba frágil, pero sus palabras latían lúcidas. Se consumía sin arrear su entusiasmo.

  Pienso que debiéramos compartir la Navidad incluyendo a los incrédulos que no esconden sus dudas. Los incrédulos en el fondo creen en todo. Creen en la cordial modestia de los gorriones y descreen de la solemnidad de las palomas.

  Me gusta recontarlo: aunque mi papá era un socialista espontáneo, elemental, tuve unos años de colegio religioso. Se me armó flor de despelote interior cuando me topé con eso de que nuestra religión posee al "único Dios verdadero". Protesté, dije: "Y los otros miles de millones, ¿qué culpan tienen de no recibir el Dios verdadero? ¿Por qué sólo para nosotros ese descomunal privilegio?" Desde entonces soy agnóstico los días pares y ateo los días impares. Pero mi incredulidad no me impide concelebrar con el padrecito Jorge.

  Vuelvo a aquel curita que los mendocinos conocieron por sus acciones. Respiró 83 años. Menudo de cuerpo, cargó con varios nombres y algún apellido que madremía. Se llamaba Jorge Juan Augusto Contreras Videla. Observemos: Jorge. Videla. ¡y encima Augusto! Pero, tenue como era, el Curita redimió semejante nombres amasando solidaridad.

  Su papá, maestro; su mamá, ama de casa. A respirar aprendió en Campo de los Andes. Se hizo maestro, agricultor de conciencias. Ya grande despuntó su vocación sacerdotal. En los años 60 la Iglesia sacudió su abulia con el Concilio Vaticano II. En el 62, a sus 42, Contreras se ordenó sacerdote. Eligió la ardua intemperie, el tercermundismo: "No concebía ser cura sin estar mano a mano con el pobre". Cambió la comodidad del incienso por el humo de la ardiente jarilla.

   Estar con los marginados, en los años 70 era por demás peligroso. Recordemos al obispo Angelelli y a tantos religiosos asesinados. Pero él siguió en Mendoza, en la cornisa. Diez de sus amigos desaparecieron. Sobrevivió el Curita a la lujuria de la barbarie y, desechando la comodidad de los templos, trabajó hasta en las fiestas de guardar por los derechos de los huarpes de Lavalle. En un sitio que Rulfo hubiera elegido para su Pedro Páramo, fue párroco. Hoy estaría defendiendo la restitución de las tierras a las comunidades huarpes, ordenada por la Suprema Corte. Y con él Santos Guayama, que dio su vida por ellas. Además, por estos días estaría indignado por el despojo de tierras a los pueblos originarios. Lloraría por los Maldonados y los Nahuel. Lloraría por los muertos por la espalda.

  Nuestro Curita sembró el desierto. Hay una iglesia dada a la comodidad, la pompa y el vivir digestivo. Hay otra iglesia que se codea con los desgajados. Él, en su intensa vejez, vivió en el Barrio La Gloria. Con Chicho Vargas, alentó Los Gloriosos Intocables. Murga mediante, rescataba criaturas de la calle en un provincia en la que taaanta gente almidonada ve a los pobres como delincuentes.

  El Curita no se lavó las manos. Como el Jesús de los maderos, optó por estar con descalzos, presos y desgajados. Nunca con mercaderes, ni con mafiosos. Él sabía que la delincuencia proviene de la destrucción de la familia, y la destrucción de la familia sucede por el desempleo y la analfabetización.

   Era "un enamorado de Dios". Estaba enamorado del amor que predicaba aquel Jesús que tanto mentamos los 25 de cada diciembre. Sin duda que el curita le hubiera dado quórum al tratamiento de la Ley de Solidaridad Social en el Congreso. Porque él vivía en estado de solidaridad. No se parecía a la señora "Pato", crispada adicta a un tal Bolsonaro.   
Posdata.

  En esta Navidad brindemos por este jesusito que anda suelto, acunado en nuestro aire. Escuchémoslo, nos está diciendo que a las armas no las carga el diablo, las cargan los imbéciles. Y nos dice que el amor de los amores llegará más lejos que toda histeria, que toda represión, que todo misil.

   Por estos días en los que la impiadosa xenofobia es alentada con la coartada del "orden", por estos días, justamente, recordar a seres como el Curita Contreras es urgente.
  Damas y caballeros: ser buenos y solidarios sólo para la Navidad es una lástima. El amor de la boca para afuera, no es amor, es el moco de la hipocresía.

(www. rodolfobraceli. com. ar/zbraceli@gmail.com)

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