Rodolfo Braceli Por Rodolfo Braceli Jueves, 28 de Noviembre de 2019

Burbuja, apocalipsis, carcajadas

Por Rodolfo Braceli

Jueves, 28 de Noviembre de 2019
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Jueves, 28 de Noviembre de 2019 | Por Rodolfo Braceli

Vuelvo a un intento de reflexión que hice desde esta columna hace cuatro años. Dije y digo: pongamos los güevos y las ovarias sobre la mesa.  Aquel o aquella que alguna vez no haya incurrido en el dólar, que arroje la piedra.

Somos adictos, dólar dependientes. Se trata de una enfermedad congénita y contagiosa. El repugnante billete es religión, ideología, patria y razón de vida. Desconsuela advertir que la mayoría de las discusiones desembocan en el asunto "cepo". Triste médula cívica. Nuestra sociedad -cariada por los sucesivos neoliberalismos- viene siendo rehén de los buitres de afuera y de los buitres de adentro.

El dólar machuca cerebros y mastica corazones. La des/solidaridad flamea al compás de los medios de des/comunicación; nos han naturalizado esa pornografía que es la paranoia del dólar. Si la preocupación por el "dólar" es lo central de este tiempo, y no el hambre, y no la analfabetización, y no la acosada educación pública, estamos fritos, a merced de los criminales usureros de aquí y de afuera.

A propósito de esta fiebre patética, recupero un sueño de almohada que ya mismo comparto. En el sueño estoy en Nueva York, en la 5ta. Avenida, son las 10 de la mañana, pleno fragor urbano. Aparece un hombrecito con un traje agrisado por el tiempo. Su cuerpo es poco para tamaño traje; se nota que el traje fue de otro hasta que se hartó de usarlo.

En una de las esquinas álgidas de Manhattan el hombrecito ahora, sin desanudar los cordones, se saca zapatos que también fueron de otro. Del interior del zapato izquierdo extrae una hoja de diario. Al desplegarla le brota una risa que desencadena una sucesiva carcajada. Observo que, salvo las muelas del juicio, le faltan casi todos los dientes, al hombrecito.

Los transeúntes, intrigados por esa carcajada incesante, frenan sus urgencias, pronto se apelotonan cientos de curiosos. Los autos también se detienen. El atascamiento ya es infernal.

Y sigue a las carcajadas el hombrecito del traje desmesurado.

Y llegan cronistas movileros de radio y de tevé.

Las carcajadas contagian a los testigos.

Se abren paso dos furgones blindados que traen policías y perros y armas contundentes.
Un helicóptero sobrevuela la zona. El hombrecito lo saluda enarbolando sus zapatos. Su risa no amaina.

"Diosmío" -dice entrando en pánico una señora muy aseñorada.

"Nunca se vio una cosa así" -añade un señor muy almidonado.

"Es un indocumentado ¡cárcel para él!" -es la frase que gana consenso.

"Pero, ¿por reír sin disimulo lo van a meter preso?" -protesta una pareja de estudiantes que faltarán a la Facultad para hacerse el amor a rajacincha.

"Grave alteración del orden. Procedamos ya" - ordena un uniformado.

Desde el helicóptero desciende un rescatista. En un arnés cuelga al hombrecito, que sigue a las carcajadas. La multitud lo ve elevarse hasta el helicóptero. El helicóptero parte con él. El piloto también se tienta.

Abajo, silencio. Los curiosos se miran perplejos. Alguien suelta la carcajada otra vez, cientos se contagian. El hombrecito de la risa ya está lejos. A los veinte minutos lo descienden en el patio de Tribunales. Va descalzo, no suelta sus zapatos; sigue a las carcajadas. El comisario, tres médicos, cinco enfermeros, un fiscal lo observan. Uno de los médicos también se tienta. Todos notan que la ropa del hombre es regalada; tiene la barba de varios días; carece de anillos y de reloj; ni pañuelo para sonarse las narices tiene. Anda el hombrecito por esta vida, a la buena de Dios y a la buena del Diablo. En el banquillo de Tribunales sigue meta carcajadas. Lo desnudan. "Algo debe de esconder este sujeto en alguna hendija de su cuerpo." Lo revisan, en los bolsillos de su pantalón encuentran tres cigarrillos a medio fumar, un trozo de pan duro y cuatro aceitunas. En los bolsillos del saco no hay billetera, ni documentos; sólo la hoja del diario plegada en ocho.
El fiscal la despliega y lee la tremenda noticia de estos días: que los mega bancos de Estados Unidos y de Europa quebraron; que estalló la Burbuja inventada para salvar a la Burbuja Financiera; gran conmoción mundial; explosión terminal de la Bolsa; suicidios de políticos y magnates; la crisis más grave del sistema capitalista desde Adán y Eva; caos sin retorno, pánico ecuménico. En suma: el dólar, por fin, se ha hecho moco y se fue a la santa madre queloparió.
El fiscal le pregunta al hombrecito "por qué guarda esa página". El hombrecito señala el gran titular y rebrota sus carcajadas. Suelta unas palabras. "yo estoy a salvo.juá juá. yo sí yo sí." El hombrecito se ríe porque la Burbuja estalló entera, pero el apocalipsis financiero mundial a él no podrá afectarlo. Celebra porque el hediondo dólar cagó fuego. Y con él, los buitres y las madres y padres que los parieron.
Después intenta explicarlo: "Yo no tengo propiedades ni auto ni velero ni campos ni avioneta. Yo no tengo plazos fijo ni bonos ni cajas de seguridad en paraísos fiscales. No tengo ni un dolar debajo del colchón. juá juá. en realidad ni colchón tengo."
En otras palabras: que por su abundancia de carencias este es un hombre libre. Y por eso se está riendo de los precavidos y usureros, y de los buitres malparidos.

El juez, pálido, decide prisión preventiva. El hombrecito que ríe demasiado pliega la página del diario, y recrudece sus carcajadas. Ahora lo suben a un patrullero, esposado. Piensa: "Perfecto, más no puedo pedir: por mucho tiempo no deberé buscar en las bolsas de residuos: tendré cama techo y comida asegurados. Viva la Pepa. Y el Pepe. A la mierda con la Burbuja Financiera. ¡Buen día juá juá juá. buen día apocalipsis!!!".

Posdata: Damas y caballeros este sueño puede suceder. Para el apocalipsis ya no hará falta un festival de misiles.

(www. rodolfobraceli. com. ar/zbraceli@gmail.com)

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