Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Viernes, 27 de Setiembre de 2019

La primavera, ¿hoy es posible?

A riesgo de ser un aguafiestas, comienzo esta columna poniendo un interrogante en remojo: en el setiembre del 2019, los bien comidos, los bien leídos, los que tenemos techo y pan de cada día y de cada noche, ¿podemos celebrar, campantes y jubilosos, la primavera?

Viernes, 27 de Setiembre de 2019
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Viernes, 27 de Setiembre de 2019 | A riesgo de ser un aguafiestas, comienzo esta columna poniendo un interrogante en remojo: en el setiembre del 2019, los bien comidos, los bien leídos, los que tenemos techo y pan de cada día y de cada noche, ¿podemos celebrar, campantes y jubilosos, la primavera?

                       

  A propósito de los entusiasmos primaverales: retomo un sueño extrañísimo que tuve hace años. Soñaba con un texto que me recordaba que había estallado la primavera por los cuatro costados. Ahora dejo que aquel texto se me dicte de nuevo:
Hoy desperté sin reloj. Salté de la cama, bebí el agua que me alumbra, respiré muy hondo, pronto comprobé que el aire estaba.
  Salí a la terraza que me compensa ese patio que no tengo; alcé la mirada y comprobé que ¡el sol también estaba!
  Con la certeza del aire y del sol, empecé a rezar a mi manera, es decir, rezar sin acudir a esas oraciones burocráticas dichas con la inconsciencia de la rutina. Mi rezo consiste en pronunciar unas cuantas palabras; esas palabras son los nombres de ese puñadito de seres primordiales con los que comparto los días y las noches y me abrigan y alientan en el intento de hacer que la famosa Vida sea algo más que "una herida absurda".
   Así es, me desperté, bebí el agua primordial, salté de la cama, salí a la terraza, respiré con fruición, comprobé el aire y el sol, recé nombres que para mí son talismanes y me dispuse a izar la bandera.
  Ahí me di cuenta que en mi casa no había mástil; pero no me desanimé. Recordé que si uno lo desea, el mástil es uno.
  ¿Y la bandera? ¿Qué bandera izar para comenzar este día único?
  Rápido -me digo- tengo que encontrar una bandera.
  Empecé a buscarla deletreando los pliegues del aire nuevo de la mañana.
Miré al norte y mire al sur, y al este y al oeste.
  "Bandera, ¿estás?", dije casi gritando.
   El aire, apenas viento, apenas brisa, me lamió los pómulos, la frente y la mirada.
Ahí comprendí que la bandera era ese aire que me estaba rozando con levedad. Y la empecé a izar lentamente, con el corazón rebosante.
   Izando la bandera del aire supe, sentí, que la patria es el mundo entero. Y que el mundo entero es apenas una arenita que flota en la desmesura ilimitada del cosmos.
Como nunca antes, sentí que los mapas y las fronteras son un invento de la civilización para justificar la irrefrenable barbarie de sus guerras, de sus misiles, de sus genocidios preventivos.
  ¿El mundo entero una patria? Sí, pese a la enconada presencia de los Trump, y de los Bolsonaro, y de los viejos "neo"liberales que están corrompiendo las aguas y los aires, que están apostando al hambre y a la esclavitud, es decir, que está suicidando al bendito planeta Tierra.
   Allí estaba meditando sobre el mundo como una patria única cuando una voz proveniente de una ventana de un edificio cercano, me gritó: "¡Pacifista pelotudo!"
Sin ánimo de insultarle la madre, le grité: "¡La madre que te parió!"
El tipo de la ventana se dio cuenta que yo no era ningún pacifista y redujo su agresión a una sola palabra: "¡Pelotudo!"    
   A esta altura del intercambio, enmudecí. La verdad, es que el vecino me dejó sin palabras con su poder de síntesis.
   En segundos el tipo de la ventana distante se esfumó, triunfante. Me quedé sumido en el silencio, abatido. Arrié muy despacio la bandera del aire. Me aquieté.
   Pasaron cuatro, cinco minutos. En voz alta me ordené alzar otra vez la bandera del aire. La llevé alta, bien arriba a esa bandera.
  Y otra vez sentí que el mundo entero es una patria no más grande que una arenita que ahora mismo navega desguarnecida en la inmensidad del sumo cosmos.
  Después me vestí de ciudadano, desayuné rápido, afronté la vereda. No había caminado una cuadra y ya me había olvidado de que el mundo entero es una patria. Y que los países y las fronteras son un invento de la civilización para justificar la irrefrenable barbarie de sus guerras, misiles y genocidios.
  Cuando volví a mi casa, la noche me esperaba. Subí otra vez a la terraza, respiré hondo y comprobé que el aire seguía flameando. Alcé la mirada y comprobé que también la luna seguía colgada allá arriba. La vida, insistidora, continuaba haciendo lo suyo, el mundo seguía siendo mundo, con la primavera campante, flotando en el hondo mar del abismo del cosmos.
  Noté que se me llenaron los ojos de lágrimas.
  Lagrimas ¿por qué? Lágrimas porque a esta primavera no la pueden disfrutar, por ejemplo los más de 300 nietos que fueron afanados de cuajo desde la placenta, por aquella dictadura que todavía tiene muchos, muchísimos simpatizantes de la Mano Dura. Lágrimas, además, por Julio López, aquel albañil que por atreverse a declarar como testigo de torturas fue borrado del mapa. Y por los cientos, por los miles que hoy tienen hambre. Hambre con hache. Ambre sin hache. De todas maneras, hambre irreparable.
   La tenaz, la terca, la porfiada primavera nos ha venido. Como dijo algún olvidado poeta: no hay nada que hacerle, con la primavera no se puede.
   Para que la primavera no se nos convierta en una obscenidad debiéramos afrontar la pregunta que al comenzar esta columna pusimos en remojo: en el setiembre del 2019, los bien comidos, los bien leídos, los que tenemos techo y pan de cada día y de cada noche, ¿podemos celebrar, campantes y jubilosos la primavera?
   Damas y caballeros: no nos hagamos los desentendidos, aquí, más acá de nuestras narices, hay seres con hambre. Y los hambrientos analfabetizados no pueden saber qué significa la palabra "primavera".

AAAAAA


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