Rodolfo Braceli Por Rodolfo Braceli Viernes, 20 de Setiembre de 2019

Bolsonaro y Trump, se cantan

Viernes, 20 de Setiembre de 2019
Diario Jornada Diario Mendoza. Buscanos en Facebook, Twitter e Instagram

Viernes, 20 de Setiembre de 2019 |

Asistimos al suicidio, por asfixia, del planeta. De este. La amazonía -el mayor pulmón oxigenador de la Tierra-, es devorada por incendios de-li-be-ra-dos. Las consecuencias de esos incendios deshacen las fronteras. Sin embargo, Bolsonaro y la mano dura, tienen aquí demasiados simpatizantes.

Retomo reflexiones vertidas en esta columna hace once años. Por entonces, en el mayo del 2008 después de Cristo, los diarios comentaban que el volcán Chaitén, chileno, vomitaba bocanadas de fuego y de piedras, y engordaba una inquietante nube. La nube avanzó desde el Pacífico hacia el Atlántico, atravesó ocho provincias argentinas, llegó a la Capital Federal; después continuó su invasión en Uruguay. Y siguió.

  Aquella noticia anidaba cierta trampa. ¿Acaso la nube no fue verificada por la imponente imagen satelital? ¿Acaso las cenizas no se pudieron constatar en la piel de las casas y cosas de una punta de ciudades? ¿Acaso no se suspendieron vuelos internacionales y de cabotaje?

  Todo eso era cierto. Pero en la nuez de la noticia había una omisión crucial: el volcán Chaitén no es sólo "chileno". Aunque así figure en los mapas.

Me explico: un volcán puede estar en un determinado país, en este caso en Chile, pero cuando se enerva y eructa sus fuegos más profundos, ya deja de pertenecer a "un" país.
  Entendámonos: aquella inmensa nube que se trasladó por varias provincias argentinas y atravesó el Río de la Plata, no tenía nacionalidad. La nube mala es de todos y todas. De todes.

Un volcán cuando se despierta y sale de su modorra, ya no tiene nacionalidad, ni fronteras, ni bandera. Es de nadie. Si es de nadie es de todes.

Algo positivo tenía la presencia de esa nube amenazante que no se detenía ante ningún peaje. Lo positivo es que nos estaba enseñando que los mapas con sus benditos límites, que los nacionalismos recalcitrantes son puro cuento. Las fronteras son un invento de los humanos, una distracción nefasta que sólo favorece a los fabricantes de armas, de misiles asesinadores sin mirar a quien; a los obscenos inventores de guerras preventivas que en realidad son genocidios preventivos.

Damas y caballeros: no, el Chaitén o cualquier otro volcán en estado de vómito, no tienen nacionalidad: es de todos. De todes. Los volcanes, los tornados pueden servir para recordarnos que las patrias y los límites y los mapas son eso: distracciones. Los fenómenos de la naturaleza no se detienen en las fronteras. Son imparables, ingobernables, no tienen patria. En realidad, si hay que hablar de patria, el planeta entero es una patria.
  ¿Una patria y sólo una?

  Sí. Una patria del tamaño de una arenita. Una arenita que, por ahora, si no la seguimos suicidando, flota en el cosmos.

  de bosques no son sólo un problema a corto plazo para Brasil, lo será muy enseguida para el resto del continente, y para el mundo entero. Los incendios no son inocentes, son provocados para deforestar y para desgajar a los pueblos originarios. Todo esto Bolsonaro lo promueve para avanzar sobre millones de hectáreas destinadas al cultivo de la soja.

Los números nos entran por una oreja y nos salen por la otra: Pero tratemos de reflexionarlos: según cifras verificables se han producido en el Amazonía, en el último mes, 72.843 incendios. Eso quemó 2,5 millones de hectáreas: el equivalente a la superficie de 21 ciudades como Bogotá, o más de 15 ciudades como Buenos Aires.

La indiferencia es complicidad: estos incendios no acaban en los incendios. Provocarán en Brasil y más allá del Brasil, sequías, huracanes, tornados, inundaciones, aumento del nivel del mar, derretimiento de glaciares. A todo esto, Bolsonaro y su patrón imperial, Trump, seguirán riéndose a carcajadas de la tragedia climática, seguirán burlándose con absoluta impunidad.

La pregunta es inevitable: ¿a dónde vamos a parar? Quevedo diría que vamos a parar a la mismísima mierda. Pero no ofendamos a la pobre mierda: vamos a parar a la mismísima Nada.

El efecto Bolsonaro, el efecto Trump, aquí en esta patria idolatrada tiene adhesiones escalofriantes, a saber: más de 110 mil hectáreas se desmontaron en 2018 sólo en cuatro provincias argentinas. Para la soja. El presupuesto para mitigar el cambio climático se redujo aquí en 900 millones. Esta, nuestra Argentina, tiene más de 12 millones de personas que viven en zonas sobre las que se arrojan más de 350 millones de litros de glifosato, un veneno autorizado. Hay más de 5 mil escuelas rurales, sólo en Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires, que padecen la fumigación por agrotóxicos.

Anhelamos ser un país del Primer Mundo. Y desgraciadamente lo estamos siendo. Pero por lo negativo: por la tala de árboles, por la desforestación, por el uso a rajacincha de agroquímicos que los soñados países del Primer Mundo tienen prohibidos para ellos. Otro dato: hoy tenemos más de 4 mil basurales a cielo abierto en el país. No es todo: hace semanas nos enteramos que por fin llegan capitales a nuestra tierra de promisión: importaremos (¡DNU mediante!) basura indiscriminada que los países del primer mundo quieren sacarse de encima.

Pregunta: ¿qué somos del Primer Mundo? Somos el inodoro.
 
El neoliberalismo solo piensa en generar riqueza urgente para un selecto puñado de seres. Los neoliberales son cantores: se cantan en los incendios deliberados para deforestar, así le dan vía libre a los estragos de la soja. Se cantan, además, en la destrucción de la Amazonía.

En otras palabras: se cantan en el futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos. Sin piedad y sin asco trabajan para suicidar las raíces del planeta.

En fin, la vida continúa. Por ahora.    

Seguí leyendo