Rodolfo Braceli zbraceli@gmail.com  Viernes, 6 de Setiembre de 2019

Locche, el sanador

Viernes, 6 de Setiembre de 2019
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Viernes, 6 de Setiembre de 2019 |


Desde Bs. As.

Esté donde esté, el 2 de setiembre Nicolino Locche cumplió los 80 años de su edad. ¿Descorchamos un profundo malbec? De paso pongamos en remojo una pregunta: en el año 2019 después de Cristo, ¿tiene vigencia el arte inclasificable de nuestro Intocable?  

 En el pasado diciembre di una conferencia levemente teatralizada en el Independencia. Salí al escenario con cabezal, bata y guantes para buscar a Nicolino entre las sombras del teatro. Mientras yo fabulaba Miguel Repiso, Rep, dibujaba mis reflexiones. Allí me brotó la pregunta sobre la vigencia de Nicolino. Pocos días después la retomé a través de esta columna, propuse el contraste entre Locche y Bolsonaro. Para responder hoy a esa pregunta recurro a lo que escribí a lo largo de 50 años, y al mediometraje que realicé en 1968, y a mi docena de entrevistas, y a los cuatro round que hice con Nicolino en el ring del Mocoroa. Varios colegas periodistas (con descaro), me han afanado, escamoteando, citando apenas mis textos; o no citándolos. Ante eso, supongo que yo tengo derecho, hoy, a afanarme a mí mismo ¿no?

  Reitero la vigencia de Locche. Lo relaciono también con Trump, y con estos tiempos de la Argentina. La conclusión me lleva a afirmar que la cautivante "no violencia" de Nicolino, hace falta para sanar a esta Argentina en la que se felicita a agentes del orden que fusilan por la espalda, o que con una patada en el pecho matan a un hombre borracho, o que destrozan a golpes a un jubilado por "robar" un trozo de queso y un chocolate. La pregunta agudiza su sentido porque vivimos en un país donde, demasiados, añoran y votan por la impunidad de la mano fuerte. Estamos en un mundo donde hay gobernantes que alientan el incendio de la Amazonía para abrirle paso al cultivo violador de la soja. Es un mundo donde se siembra el hambre y la analfabetización, dos formas de violencia absoluta.

   Damas y caballeros, Locche tenía vigencia en el siglo pasado y, desgraciadamente, tiene mucha más vigencia en este presente azotado por todas las formas posibles de la violencia. Especialmente esas: hambre, analfabetismo y analfabetización. Cuando se aniquilan los caminos de la tolerancia y el respeto plural, el boxeo inclasificable de nuestro Intocable se vuelve sublime, y sanador.

   Los simpatizantes de Trump y de Bolsonaro, enarbolan la necesidad de "mano fuerte", atacan a la negritud, al feminismo, a los sembradores de cultura, a los pueblos originarios, a la diversidad sexual, arrinconan a los jubilados. Estas hordas "humanas" del neoliberalismo encarnan pura violencia. La traducen en misiles colaterales, en asesinos seriales, en autorización para las armas en casa. Viva la Pepa y el Pepe. A matar se ha dicho. A matar en defensa propia. O a matar por las dudas. La vida es un detalle de morondanga.

  Pero. El problema no son Trump o Bolsonaro, son los millones que, con urnas o sin urnas, adhieren a él, en Brasil y aquí mismo, en nuestra patria idolatrada. El problema son los que en estas viñas del señor apuestan al éxito de la antipolítica. Mientras, claman por la "grieta".

   Retomo: ¿por qué relacionar a Locche con estos tiempos obscenos y represivos? Porque Locche encarnó -y sigue encarnando- un ejemplo prodigioso de no violencia activa y alegre. Locche doblegó a la violencia, ¡pero sin violencia! Y lo hizo desde el más sangriento de los deportes, en un siglo muy sembrado para la destrucción. Lo hizo desde este país nuestro, por entonces tan atravesado por torturas, desaparecidos sin sepultura, criaturas afanadas desde la placenta.

   Nicolino casi no pegaba. Por vagancia, sólo se defendía. No le gustaba que lo abollaran. Así desarrolló un don que vino con su prodigioso organismo y que desarrolló su gran maestro, Paco Bermúdez. Defendiéndose, visteando, amagando, mirando hipnóticamente a sus rivales (con la pícara complicidad del público), puso de patas para arriba a los mandatos del boxeo y de este mundo violento y cruel. Así se convirtió en el Intocable.

  En el siglo de la destrucción, sólo con humor y picardía, con los códigos de Chaplin, Nicolino doblegó a los instintos carniceros. Fue una especie de Gandhi, pero alegre. Y fue un torero único, sin banderillas, sin sangre derramada.

   En un mundo que se basa en la carnicera competencia, donde matar al diferente es norma y hábito; en un mundo donde la civilizada civilización está perfectamente organizada para la destrucción y en un oficio-deporte como el boxeo que se fundamenta en esa misma destrucción, Locche era algo así como un talón de Aquiles, una fabulosa contrariedad.¬

   Nicolino se cantó en la "competencia". Le hacía guiños al ring side. Era un David que tumbaba a tremendos Goliat con simples piedras, pero ojo, sus piedras eran caramelos de miel.¬

  Que me disculpe la señora Bullrich, y el pavo real de la literatura que presume en sidecar; que me disculpen los que elogian o reciben el elogio de Bolsonaro. Lo de Nicolino es imprescindible en este tiempo alevoso y cruel acechado por la violencia del hambre. Nicolino no ganaba por puntos ni por nocaut: ganaba por la persuasión de sus reflejos. No balas, no pistolas Taser, no gas pimienta. Sólo humor.

  Locche fue una mezcla única de torero-Gandhi. Nada de banderillas. Chicos del siglo 21, no exagero: la apetencia de sangre, allá lejos se calmaba con gladiadores y leones y emperadores que bajaban el pulgar. Esa apetencia no amaina. Pero Locche le hizo pito catalán a los mandatos sanguinarios. Arrojado a los leones, no se dejó devorar por ellos. Tampoco los mató. ¿Y qué hizo? Se puso a conversar con ellos.

  Nicolino, pan y vino. El Luna Park se sembraba de mujeres embarazadas cuando él jugaba a pelear. Fue Talón de Aquiles del boxeo y del siglo y del país carnicero. Fue poeta, porque no lo sabía. Brindemos, ya, ¡por sus 80 años!

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