Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Jueves, 29 de Agosto de 2019

Don Borges 120 veces

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Jueves, 29 de Agosto de 2019
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Brindemos: ¡Salud! Mal que les pese a tantos periodistas iletrados el 24 de agosto celebramos 120 años del nacimiento de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo. Mal que les pese, ¿por qué? Porque ese día se celebra el día del lector. Y, si algo escasea entre los autodenominados periodistas, son lectores.
   Abundan los comunicadores que apenas si superan el magro idioma de Tarzán. Por lo tanto el 24 de agosto les produce cólicos y desarreglos intestinales. Pero no nos desviemos. Recupero apuntes sobre nuestro imprescindible Borges.
  A Borges lo entrevisté once veces, la primera en Mendoza, para Los Andes, en 1965. Mi jefe era Antonio Di Benedetto. De aquel desmesurado "reportaje-novela" salieron las semillas de tres libros en los que mezclé investigación, reportajes y cuentos. Por años me dediqué a pesquisar a un Borges que él no contabilizaba: él escribió que era dos Borges. Yo, impertinente, me empeñé en perfilar al Tercer Borges, una especie de inquilino que jugaba a decir barbaridades: tan pronto opinaba que Gardel era "un cantor abominable", como que García Lorca "era un andaluz profesional que se benefició con la muerte". Tan pronto elogiaba a criminales como Videla o Pinochet, como afirmaba que los norteamericanos "cometieron el error de enseñarles a leer a los esclavos", o de "no arrojar una bomba atómica en Vietnam". Tales dichos le costaron el Nobel y, lo más grave, por años nos distrajeron de la inconmensurable fiesta de su escritura.
   Creo que ese "inquilino" sirvió para que Borges se indemnizara de las travesuras y maldades que no consumó en la impunidad de la niñez. Por suerte, al Tercer Borges el mismo Borges lo sepultó el 25 de febrero de 1985, conferencia mediante, en el Centro Cultural San Martín.  
   De don Borges rescato un monólogo; lo tejí con sus dichos. A veces discutíamos cordialmente. Cuando el diálogo se tensaba, a don Borges yo lo sobornaba. ¿Cómo? Le inventaba alguna historia de cuchillero. Y, curioso, él caía en la tentación, quería saber de ese cuchillero.
   Voy a un monólogo que tejí con retazos de sus palabras. Imaginemos: ahí está Don Borges. Mira sin ver por una ventana. Más allá de la ventana la vida sucede. El Sumo Ciego piensa en voz alta:
   -Pasó la eternidad de la noche y aquí estoy, despierto. Sigo con vida, no sé si es una buena noticia.¬.. ¿Debo repetirlo? No he sido bastante valiente; bah, ni poco valiente tampoco. ¿Una prueba? No conseguí suicidarme; esperé demasiado y el tiempo lo hace por mí. Tuve más desdicha que felicidad, pero no culpo a nadie: fui artífice de algunas páginas perdonables, y artífice de mis desdichas.¬
. Un periodista pendenciero y con anteojos recién me trajo nueces, fruta que yo no había comido nunca... Muchas gracias, le dije... Pero esto, como las condecoraciones, demuestra que países y gentes cometen errores. Yo no merezco esto. Ni castigo alguno. ¿Quién soy para merecer castigos?... No ser católico me libera del tormento de pensar en mi salvación personal. La convicción en una muerte absoluta me facilita esta espera... De todos modos, ¡muchas gracias por las nueces!¬
. A veces pienso que no tengo derecho a decir que ya no seré feliz. Con eso mortifico a quienes se obstinan en quererme. ¿Por qué procedo así?... Hay días en los que me entretengo perturbando a quienes quiero.
. Ambiciones no tengo. El afecto de tanta gente me resulta un misterio estadístico. No voy a permitirme por eso la insolencia del júbilo, ¿no?¬
. Le pregunto al periodista, que me acecha: "Viene usted de la calle, ¿no? Tal vez presenció algún asesinato." A propósito de muerte: no queremos aceptar que ella nos borra y que eso sí es una buena noticia... Por mi parte, lo único que me preocupa hacia el futuro es que algún desvelado cometa la mala ocurrencia de proponerme como nombre de una calle.
. No quiero convertirme en un profesional de la longevidad, vengo siendo póstumo desde que nací... Quiero decir que la vida no me suscita el menor fanatismo.¬
. Ya no me entretiene la obligación de ser memorable. Me dicen que me han concedido distinciones en países lejanos... El halago de la posteridad no me consuela porque vale tanto como el halago de nuestros contemporáneos, que no vale absolutamente nada. Tengo para mí el consuelo de saberlo de antemano... Ah, uno muere por haber nacido, ¿no?¬
. El pertinaz periodista, no hay caso, no me beneficia con su ausencia. Ahora me pide opinión sobre dos palabras: infamia y maestro. Accedo, cómo negarme, él recién me hizo conocer las nueces. Le digo: si con esas palabras quiere aludir a mis cualidades, le contesto: no tengo nada de maestro; en todo caso soy un alumno cada día más antiguo... Infamias he cometido; admito el pecado de querer ser escritor, pecado favorecido por la indulgencia de la gente... Otro pecado que cometí es haber sido impiadoso con mi madre. Ella persistía en la esperanza de suponer que mi vista mejoraba, pero yo no le daba tregua y siempre le contestaba "madre, estoy ciego para siempre". Qué me hubiera costado decirle que estaba viendo un poco más... Ni cuando ella se moría le concedí esa dulce mentira. Bueno, esta es mi respuesta al interrogante sobre la infamia. Siento una honda culpa por lo que no le di a mi madre... En fin, quisiera tenerla viva un momento; quisiera que ella otra vez me preguntara cómo estoy de la vista, para decirle: "Madre, qué curioso, estos días estoy viendo un poco más..." Pero ya es tarde para eso. Sólo me queda el consuelo de haber aprendido que mucho más importante que las muertes heroicas son las vidas heroicas. Ser un poco más bueno con mi madre... eso hubiera sido heroico para mí.

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