Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Jueves, 1 de Agosto de 2019

Hiroshima, 88 Torres Gemelas

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Jueves, 1 de Agosto de 2019
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Nos sucede agosto, 74 años del obsceno éxito de las atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki: allí murieron 264.000 seres que habían nacido para vivir. El 11 de setiembre de 2001 el atentado a las Torres Gemelas devoró 3000. Lo de Hiroshima y Nagasaki equivale a 88 Torres Gemelas.
   Que las cifras nos sirvan para reflexionar. Demasiados humanos y humanas desenvainan una pregunta repugnante: "¿Qué sentido tiene evocar Hiroshima?" La cínica respuesta de los malparidos es: "Hacer memoria, ¿para qué?". Malparidos hay a diestra y siniestra. Sobre todo, a diestra. Hace 74 años, la primera experiencia atómica invocaba la libertad y la democracia. Resultó "muy exitosa". Tres días después se reincidió en Nagasaki. Con esas masacres, "preventivas", se desnucó la condición humana acuñando un atroz eufemismo: "pragmatismo bélico". Damas y caballeros, creer o reventar: millones de humanos siguen justificando Hiroshima y Nagasaky como "acto necesario para acortar la guerra". La madre que nos parió. Y el padre.
  Retomo reflexiones de otros aniversarios. Detalle: cuando estallan carnicerías seriales en colegios norteamericanos, nos escandalizamos: "¿Cómo es posible algo así?" Es posible porque se crió una sociedad corrompida con obscenos eufemismos.
   Ya en este siglo XXI la banda del hijo de Bush naturalizó eso de las "guerras preventivas". Mejor dicho: "genocidios preventivos" consumados por la sed de petróleo ajeno. A las masacres que incluyen escuelas y hospitales, ocasionadas por misiles pifiados, se les llamó "efectos colaterales". A la criminal tortura se le llama "interrogatorio exigente". Madretuya. Madremía.
   Se coloniza con eufemismos. ¿Por qué carajo nos sorprendemos cuando un alumno de colegio norteamericano arrasa (con un arma legalizada) docenas de vidas? No debemos callarlo: la costumbre de los genocidios (con la careta del neoliberalismo que invoca "democracia y libertad") es la prolongación de aquellas bombas asesinadoras. Hiroshima sigue crepitando.     
  Escucho voces crispadas: "¡Dejate de joder con el pasado!" Respondo: cuando la cruel realidad se reitera, vale reiterar la reflexión. La memoria no es retroceso, semilla un futuro diferente. Por eso revivimos aquel hongo atómico que en el pestañeo de segundos calcinó ciento de miles de indefensos seres. No se aprendió: Hiroshima y Nagasaki continúan. Prospera el desarrollo de armas de destrucción masiva. Hoy la excusa es "el exterminio del terrorismo musulmán". El Imperio neoliberal posee el 60 % del armamento mundial; la excusa, "salvar al mundo del fundamentalismo." Madremía. Madretuya.
   Tras el impresentable Bush, aquel hijo de su padre, el advenimiento de Obama trajo esperanzas. Pero la adicción bélica, justificada por una muy sembrada paranoia en la sociedad imperial, siguió a rajacincha. Hoy la paranoia es una ideología encarnada por un monicaco elegido "democráticamente", Donald Trump. El caso es que, allá lejos y aquí cerca nada hay menos liberal que el autodenominado "liberalismo".
    Aunque es incómodo, repensemos Hiroshima: ¿somos hormigas? En segundos podemos desaparecer del mapa porque altos señores huelen petróleo y quieren "salvar la democracia y la libertad". El planeta es un balero. Ese balero es una granada sin hilo en manos de un mono borracho. ¿Cómo hacemos para que un puñado de tipos dejen de usar al planeta como balero?
Dice una sobreviviente
   Voy a compartir unas líneas de un reportaje que le hice, para la revista Siete Días, a una sobreviviente de Hiroshima. La entrevisté hace 35 años, en Vicente López. Escuchemos a Yoshie Kamioke en su magro castellano: "Años 17 tenía yo y bomba cayó. Bomba Hiroshima 6 agosto, cumpleaños mío 10 agosto. Yo pasar cumpleaños durmiendo. Bomba me había cansado cuerpo mucho. Recuerdo ese día y duele corazón. Esa mañana salgo para oficina, tranvía no viene, camino 45 minutos, llego estación y ruido de avión ¡y bomba! Estaba yo veinte cuadras, pero cuando cayó bomba no sentir dolor no sentir nada. Pobre Hiroshima mía. Bomba sin ruido. Bomba como viento fuerte, viento con rayo, resplandor grande, todo amarillo. Ruido no escucho yo, sólo viento y mucho rayo amarillo y día vuelve noche. Muy oscuro todo, gritos, ¡auxilio! Me levanto, mi cuerpo chiquito pesa muuucho. Camino despacio, busco casa mía. De ropa sólo blusa blanca mía queda sana. Cara arde, no saber yo que falta mucho pelo de cabeza. Camino y caigo, veo gente desnuda y con pelo todo blanco.Yo muy cansada y asustada, yo poquito tonta. Tres horas y llego casa mía. Garganta y ojos arden, pero yo más siento cansancio. No poder tomar agua. Mi madre saca blusa con tijera, me acuesto, moscas vienen y madre pone tul. Duermo cincuenta días, hasta que me levanto. Sigo viviendo yo."
   Yoshíe Kamioke a sus 29 años llegó a la Argentina. Me dijo: "Pero hoy Hiroshima lindo, Hiroshima flores y árboles. Cuando muerte me cierre ojos, recuerdo de bomba terminará." Por momentos Yoshie pensaba en voz alta: "¿Por qué guera? Con guera hijos mueren. gente sorda, sin piernas, gente ciega. Con guera sólo feliz la muerte."
   Posdata. Estamos sembrados de misiles "inteligentes", y de hambre y de analfabetización. ¿Cómo afrontar la lógica de los exitosos derechudos? Con memoria. Y con la convicción de Yoshie Kamioke: "Para que ´guera` no haga más feliz a la muerte, manos juntas deben estar. Manos suyas con manos mías."
   Hagamos memoria de lo lejano, pero muy atentos al presente. Los que "hacen felices a la muerte" aquí no descansan. Ojo al piojo. No nos involucremos en la contienda con el Oriente Medio, en la que no tenemos nada que ver. Si insistimos en ser obsecuentes partenaires terminaremos siendo carne fácil para la absurdidad, terminaremos siendo unas indefensas cenizas que ni el viento se llevará.



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