Rodolfo Braceli Desde Buenos Aires Jueves, 27 de Junio de 2019

Concatti vence a la muerte

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Jueves, 27 de Junio de 2019
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Dicen que Rolando Concatti ha fallecido. La noticia debió decir: ha fallecido pero no ha dejado de existir. Concatti resiste con sus libros, con sus hijos, con Esther Sánchez, la mujer de su vida, con la prolongación de su intenso ejemplo.
   Ha sembrado ideología asumida este hombre; es decir: compromiso.
 Concatti forma parte, muy activa, de “la otra Mendoza”. La que nunca claudica a los mandatos de la Mendoza conservadora, gravemente neo ¿liberal? Esa Mendoza fruncida, chupacirios y xenófoba de las señoras muy aseñoradas y la de los señores muy almidonados. La “otra” Mendoza, es la de Marianetti, Bustelo, Tejada, Lorenzo, Di Benedetto, Le Parc, Quesada, Tudela, Favio, J.L. Menéndez, Quino, don Gildo D’Accurzio y varios luminosos etcétera.
   Rolando integró el pionero “Grupo de los 27”, a mediados de de la década del 60. Entonces, un puñado de curas mendocinos sintonizaron con el tercermundismo. De “los 27” curas que se plantaron ante la rancia burocracia del arzobispo Buteler, 15 dejaron los hábitos. Uno de ellos fue Concatti, otro fue Oscar Bracelis (director de seminario de Lulunta, que fue clausurado.) Los animaba el compromiso social. Un detalle: Buteler consideraba escandaloso no usar la engorrosa, calurosa y poco higiénica sotana. En fin.
  Abril del 2011: alguien de la editorial de la Universidad de Cuyo me envió “Entre luces y sombras”, un libro inédito de Concatti, para que “avalara” su edición con un informe. Absurdo mendocino: tener que “recomendar” a un ser pensante como Concatti. Pero lo hice: fue un honor para mí elogiar su lúcida escritura. Leí el libro con fruición, y escribí un texto que ahora me rescato:
   “Entre luces y sombras” merece ser libro editado. Urgente. Más que necesario, es un libro imprescindible. Su interés excede a los lectores profesionales de la literatura o de la historia.
   “Rolando Concatti, como escritor, como ciudadano, como cura que alguna vez fue y que ya no es, viene sosteniendo una ardua resistencia. Vive despierto, en estado de pulseada. Esa tensión le ha sembrado una vida ardua, riquísima en riesgos y, desde ella, ha ejercido una mirada en la que el análisis va más allá del escritorio y del laboratorio.
   “A su travesía por episodios y personajes y libros la hace activando dos herramientas preciosas, en tiempos que oscilan entre la urgencia y la banalidad, entre el exitismo y el derrotismo, entre la euforia y la depresión. Tiempos en los que, al compás de los grandes medios de (des)comunicación, se confunde el ruido con el sonido, la impunidad con el heroísmo, la desmemoria alevosa con la reconciliación. Esas herramientas que alza Concatti, tan extraviadas y ninguneadas, son la reflexión y la memoria activas.     
   “Rolando, semillador de memoria. Para revisarnos hacia atrás y alumbrarnos hacia adelante. En esa faena entrega el aliento de lo entrañable por haberlo vivido desde el riesgoso compromiso, en carne y alma propias. Memoria y reflexión no exentas de cierta ternura que se torna más valiosa porque carece de rédito intelectual y literario.
   “Concatti no es un radiógrafo presuntuoso, “pastorea”, tiene el coraje de hincarse ante los desguarnecidos, para reflexionar con ellos sin los alardes del intelectualudo subido al caballo. No habla desde el atril ni desde el púlpito, conversa con el lector. Comparte con el otro ahí. Conversa sobreponiéndose a las modas. Conversa para vadear el bostezo y para sacudir a una sociedad, en su promedio, cívicamente digestiva. En esa conversada no cae en las comodidades del cinismo, ni en el optimismo demagógico. Sacude esa hedionda peste que es la indiferencia activa.
   “Otra virtud de la escritura de Concatti: no claudica a las facilidades de la nostalgia lagañosa. Aquí hay memoria hacedora; reitero: memoria activa, semilladora, como la que nos enseñan las Madres Abuelas. Memoria que tanto nos hace falta para gestar un futuro en el que las luces prevalezcan sobre las sombras, en el que morir de muerte natural sea lo más natural.”
   Me resulta imperioso compartir, escarbo al azar, entre las páginas del Concatti reflexivo.
   Escribió, poniendo el dedo en la llaga: “Cándidos, y perezosos, y facilistas, echábamos mantos de silencio y disimulo donde fuera preciso. Y si alguien nos señalaba lo evidente, algún hecho aberrante, estábamos más dispuestos a sospechar de la víctima (‘por algo será’) que del victimario.”
   Escribió, matrimoniando lucidez y ternura: “En parte parecíamos muchachuelos jugando a las sombras chinescas con el resplandor de un incendio que crecía inexorable.”
   Escribió, con una perspectiva que incluía una entrañable autocrítica: “No creíamos en la democracia o simplemente no la queríamos. Esperamos el desenlace como se espera el granizo después de los relámpagos y los truenos: refugiados bajo el propio techo (…) Nos debemos un sinceramiento, no para inculparnos o insultarnos, sino para decirnos con modestia y verdad en qué y por qué le fallamos tan fiero a la historia y a la vida.”
   Posdata.  Lo dije en el 2016, cuando me dedicaron la Feria del Libro: “La Feria de Mendoza debe ser dedicada a D’ Accurzio y a Concatti. Urgente. ¿Qué esperamos?”
  Rolando Concatti nació en nuestro Luján de Cuyo. Fue “habitante” sembrador. Cuando abandonó el sacerdocio empezó a ejercerlo con más hondura: afrontando la ardua “realidad”. Junto a otros curas comprometidos con lo profundo del Evangelio, suplantó el cómodo olor a incienso por el olor de los desguarnecidos. Muy joven trató con un Jesús sin desodorante, un Jesús que tiene el muy humano olor de la intemperie.
  Lo estoy viendo: estamos reunidos para recordar, vino mediante, al poeta Sola González... A estas horas seguro que el Rolando ya se habrá encontrado con su vecino barrial, el Oscar Bracelis. Como aquel vino no se ha terminado, brindamos ya, a rajacincha: Salud, Rolando, ¡tu vida continúa!!!


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