Rodolfo Braceli zbraceli@gmail.com Viernes, 31 de Mayo de 2019

Curita corajudo, vení

Viernes, 31 de Mayo de 2019
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Viernes, 31 de Mayo de 2019 |

Desde Buenos Aires,

Digo “resuello” y recuerdo a Ángel Bustelo. “El resuello” se llamaba la casa donde recibía a sus “compadres del horizonte”, entre ellos a la Negra Sosa y al Tejada Gómez. Cuando la realidad se vuelve irrespirable necesitamos eso: un resuello. 

  Para resollar, ahora mismo traigo a esta columna al curita Jorge Contreras. Padecemos tiempos de una despiadada intemperie que azota a tantos ancianos extenuados y a tantos niños que sólo van a la escuela a engañar el estómago con algo parecido a la comida. A esta sociedad, en su promedio desmemoriada, le pasan cosas que desnucan la condición humana. Por ejemplo: a un pobre hombre que dormía debajo de un puente lo prendieron fuego y lo filmaron en su despertar desesperado. A cuatro casi niños y un joven de 21 años que iban cantando en un viejo automóvil la policía de gatillo fácil los persiguió y baleó; los chicos terminaron estrellados contra otro vehículo. Cuatro murieron en el acto. La muchachita agoniza. Mientras nos sucede otra semana de Mayo.

  Ante esto uno necesita, urgente, recordar al curita Contreras. El lúcido sol de su solidaridad nos hace falta, cada vez más, aquí, en tiempos de impiadoso neoliberalismo.

  A propósito de ataques xenófobos, racistas, hoy va por aquel curita que se codeaba con seres de piel marrón y compartía panes y sueños. Él no diferenciaba, amaba el olor de los pobres. En su parroquia se reflexionaba con humor, con aquello de que "blanco con chaqueta blanca es médico; negro con chaqueta blanca es heladero; blanco en camioneta, señor de buen pasar; boliviano en camioneta, seguro que la afanó.”

  Sigo reviviendo a aquel cura reacio al incienso. En los últimos días de su vida conversé con él por teléfono; mediaba su salerosa sobrina, María Soledad Contreras. La voz del curita me llegaba tenue, pero sus palabras vibraban fraternas; se consumía, pero no deponía su entusiasmo.

  Al salir él de una terapia intensiva, en marzo del 2007 escribí que debiéramos celebrar la Navidad no sólo en el paréntesis convencional de la fecha, cuando nos ponemos “bondadosos”. Pensando en el curita dije y digo: qué joder, hoy, todavía en mayo, ¡también debe ser Navidad!

  Me emociona contarlo: aunque mi papá era un socialista elemental, tuve unos años de colegio religioso. Se me armó flor de despelote interior cuando afronté eso de que nuestra religión es la poseedora del “único Dios verdadero”. Protesté: “Y los otros miles de millones, ¿qué culpan tienen de no ser agraciados por el Dios verdadero? ¿Acaso somos privilegiados?” Desde entonces soy agnóstico los días pares y ateo los impares.

   En una Argentina con tantos que admiradores del señor Bolsonaro, vuelvo a aquel curita que los mendocinos conocieron más por sus acciones que por sus sermones. Contreras respiró hasta sus 83 años. Se lo extraña. Hoy es imprescindible.

   Contreras a respirar aprendió en Campo de los Andes. Se recibió de maestro, es decir, de agricultor de conciencias. Tardó en despuntar su vocación sacerdotal. En el 62, a sus 42 años, se ordenó sacerdote. Pronto se sumó al tercermundismo: “No concebía ser cura sin estar mano a mano con el pobre”. Eso en los años 70 era muy peligroso. Recordemos lo que le ocurrió al obispo Angelelli y a tantos religiosos comprometidos. Pero el curita siguió en Mendoza; se salvó por poco. Sobrevivió al festival de la asesinación. Hasta en las fiestas de guardar, trabajó por los derechos de los huarpes de Lavalle. Allí fue párroco. Años luchó por la restitución de las tierras a las comunidades huarpes. Hoy hubiese estado a favor de los derechos originarios de los estigmatizados mapuches. Y hubiera llorado la muerte del “ahogado” Santiago Maldonado. Nada que ver con los Benetton y demás compradores de la Argentina loteada.

   Nuestro curita sembró el desierto. Escribía poesías y rápido las escondía. (Recomiendo la biografía de Alejandro Crimi).

  Hay una iglesia muy dada al cómodo vivir digestivo. Hay otra iglesia que se codea con la ardua vida. Contreras, hasta en su intensa vejez, convivió con el Barrio La Gloria. Nunca se lavó las manos: como el Jesús de los maderos, estuvo con harapientos, presos y desgajados. Lejos de los financistas que caretean decencia. Nunca con los que buscan solucionar la inseguridad mediante las armas en casa. Él sabía que la delincuencia proviene del desempleo y del analfabetismo. Estaba enamorado del amor. No del amor en cómoda cuotas mensuales, no del amor lavativa. Entendía el amor como solidaridad.

   Al curita lo conocí en 1968; él solía parar en una casa religiosa del Barrio Escorihuela, al lado de mi casa. Él y mi viejo, que nunca aprendió a rezar, charlaban como vecinos. Tras la muerte de mi padre el curita estaba allí, al lado del ataúd. Sentí que seguía conversando con mi papá.

   Un par de veces me lo crucé, pero, de puro tímido y güevón que soy, apenas si lo saludé. Cuando se dio mi obra Tejada Gómez viene a nacer, en el Independencia, al final el curita vino y me pegó un abrazo de esos que duelen. Ese abrazo, yo lo sé, me va a durar mientras viva.

  Hoy celebro la memoria de ese curita flaquito que tenía la arrasadora fuerza de la ternura. Lo veo como un Jesusito, anda suelto, nos advierte que a las armas en casa las cargan los imbéciles, es decir, los pelotudos. Él enseñaba que el amor de los amores llegará más lejos que toda prepotencia, que todo gas pimienta, que toda bala por la espalda.

   ¿Existe el paraíso? Supongamos que sí. En tal caso, nuestro el curita Contreras no habrá elegido las nubes perfumadas de los fruncidos. Seguro que ha de estar en los arrabales del paraíso, donde anidan los que comen un día no y el otro tampoco.

  Buendía. Curita bueno y corajudo, vení.

 www.rodolfobraceli.com.ar


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