Rodolfo Braceli  zbraceli@gmail.com  Viernes, 24 de Mayo de 2019

El Riesgo Dignidad

Viernes, 24 de Mayo de 2019
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Viernes, 24 de Mayo de 2019 |

Desde Buenos Aires

Cuando se convierte a la soja en el eje de la identidad patria, cuando se justifica el alevoso genocidio perpetrado por los agrotóxicos, somos unos patéticos hijos del dólar. Nuestro destino como sociedad se vuelve hediondo. Y entra a tallar el verdadero riesgo país: el “riesgo dignidad”. 

   El riesgo dignidad es mucho más crucial que las corridas por el bendito dólar. Ese riesgo nos hace creer que somos del Primer Mundo. Y resulta que no somos ni europeos ni latinoamericanos. Somos renegados y racistas. Soltamos frases como esta: “Dejame de joder con los mapuches y con los tobas ¡y con la pachamama!”. Frente al desaliento que produce nuestra paupérrima identidad voy en busca de una historia que hace tiempo iluminó a esta columna. Tenemos mucho que aprender de los despreciados.

  No recuerdo quién dijo que “la soja transgénica vendría a ser la convertibilidad de nuestra agricultura”. Este suicidio consentido se consuma en millones de hectáreas que están extenuando sus napas debido a la impunidad invasiva de la soja. Y hay miles de niños y adultos (pobres, claro) con las entrañas mordidas por el cáncer debido a los plaguicidas. La palabra soja debiera darnos vergüenza. Porque somos adictos a la soja fácil. Y al gatillo. Y encima repelemos a los pueblos originarios. Tomados por nuestro complejo de superioridad, le tenemos alergia a nuestro olor latinoamericano.

   La desesperación por hacer fortuna pronto y de a paladas, nos impide ver más allá de nuestras narices. La soja alevosa es genocidio aniquilador de nuestra madre tierra. Nos importa menos que un carajo el día de mañana. Esto es: el futuro de nuestros hijos y nietos.

  Bajémonos de la urgencia y del cretinismo de la indiferencia activa. ¿Para qué? Para hacer amor. Para colaborar con esa rueda de la Vida que insiste en rodar. Busco –como dije– una bocanada de aire limpio. Y la encuentro en un texto que me envió Ana Larravide, amiga uruguaya, periodista, poeta. Ana me cuenta:

   “Me conmovió algo que acabo de ver por televisión: la búsqueda de miel de los tobas, en el Chaco: salen dos o tres hombres al monte, caminan al sol, caminan caminan. Van a ‘melear’.

   Buscan y encuentran el orificio, casi invisible de la entrada a un panal.

   Cavan profundamente en la arcilla. Estoy diciendo que cavan... la altura de un hombre, por lo menos. Es un trabajo esforzado, al sol. Transpiran. Sus camisas se empapan.

   Al fondo del pozo, en el momento preciso meten la mano (ya no la pala).

Sacan, como un tesoro, el panal. Parece un cofrecito. No quieren espantar a las abejas. Algunas aparecen prendidas al panal.

  Uno se lo pasa al otro, con cuidado. Es muy valioso. Es un alimento especial. Están contentos. Lo llevarán a la casa. Pero antes cumplen con la tradición: parten al medio el panal. Y devuelven una mitad al fondo del pozo ‘para que el enjambre pueda seguir trabajando.’

   Quererlo todo de inmediato, es lo que hacemos los supuestamente “civilizados”. Pero ellos, los tobas, confían en que habrá más la próxima vez. Y dejan la mitad para que las abejas puedan seguir viviendo y trabajando.”

  Ana Larravide concluye: “Cualquier similitud con la idea de que, sino por tradición y nobleza, al menos por conveniencia conviene devolverle la mitad a la tierra y a quienes la trabajan es pura coincidencia.”

   Este texto alumbrador subraya: “Y devuelven una mitad al fondo del pozo ‘para que el enjambre pueda seguir trabajando.’”

   Qué sabios los tobas: se sobreponen a sus necesidades y devuelven una mitad al hondo pozo. Para que la vida del generoso enjambre continúe. Y la nuestra.

   La comparación nos cae en la mollera: qué diferente esto de los tobas de lo que perpetran los “civilizados” sojeros, al compás de los altos señores de la Sociedad Rural. Ellos arrasan bosques para darle tierra virgen a la soja; después dirán que consiguieron otra cosecha record.

   Así estamos, a merced de esa patria sojera tan impune en su opulencia, nos agarra de las pestañas y de los güevos y de las güevas. El doctor Raúl Montenegro (biólogo argentino, premio nobel alternativo) nos recuerda: “Para fabricar 2,5 centímetros de suelo hacen falta de 700 a 1200 años”. Esos 2,5 centímetros que nos costaron una punta de siglos, la maldita bendita soja los envenena y los extenúa, les extrae el agua antes de que el gallo cante tres veces. A esto sumémosle que ciertas “dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de niños, adolescentes y adultos. (…) Se están violando los derechos de generaciones de argentinos que todavía no nacieron”.

   Nos referimos al suicidio de esa porción de planeta que es nuestra napa patria. Esta sí que es una cuestión de Estado. Para ponerle los cascabeles al gato, a los dioses del endosulfán, no queda otra que la juntación de los bien paridos del gobierno y de la oposición.

    Se trata de reunir conciencias para frenar esa demencia sojera que sigue confundiendo una patria grande con una patria grandota. Estamos en cuenta regresiva. Evitemos los abortos posteriores, afuera del vientre, que cada día perpetra el nada santo Monsanto con sus agroquímicos, con su atroz lluvia de plaguicidas.

   ¿Cómo carajo se puede afirmar que la “vida es sagrada” si se está atentando contra la matriz de la vida misma? A los civilizados, histéricos y paranoicos, no nos queda otra que aprender de los tobas cuando parten al medio el panal, y le devuelven una mitad al fondo del pozo ‘para que el enjambre pueda seguir trabajando.’

   Esos “pobres infelices”, los tobas, nos enseñan a preservar la Vida. A merecerla. Ellos ayudan a que la Rueda ruede. Y la Rueda rueda. (Por ahora. Siempre y cuando dejemos de suicidarnos con la demencia recaudadora de la soja.)

 www.rodolfobraceli.com.ar


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