Roberto Suarez Miercoles, 18 de Setiembre de 2019

"La Noche de los Lápices"

Por Roberto Suárez rsuarez@jornadaonline.com.ar

Miercoles, 18 de Setiembre de 2019
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Miercoles, 18 de Setiembre de 2019 | Por Roberto Suárez rsuarez@jornadaonline.com.ar


En el mes de septiembre en la Argentina es obligatorio realizar un ejercicio de memoria para no dejar solo en el pasado hechos políticos históricos que conmovieron a nuestra sociedad, y que venimos señalando en estas columnas. Como el recuerdo del primer golpe de Estado de aquel 6 de septiembre de 1930, cuando Uriburu derrocó a Yrigoyen, para inaugurar una serie de dictaduras que interrumpieron el curso de las instituciones y la democracia en el país. O el de La "Revolución Libertadora", nombre con el cual se conoce a la dictadura militar que gobernó la República Argentina tras haber derrocado al presidente constitucional Juan Domingo Perón, el16 de septiembre de 1955.
 
Hoy nos ocupamos de otro 16 de septiembre al recordar "La Noche de los Lápices", que trae la memoria a un grupo de jóvenes estudiantes secundarios que fueron secuestrados por la última dictadura (1976-1983) en la ciudad de La Plata. La fecha es hoy un aniversario de alcance nacional y el suceso es conocido mundialmente porque en él se sintetizan muchos de los elementos más profundos de las memorias sobre el terrorismo de Estado y porque se trata de un hecho que atacó centralmente a los jóvenes.

Constituye un hito de la memoria social por el valor que tiene para reflexionar acerca de la construcción de esa memoria y sus transformaciones en función de los cambios del presente.

A mediados de septiembre de 1976 en la ciudad de La Plata un grupo de estudiantes secundarios fue secuestrado por las Fuerzas Armadas. Entre ellos estaban: Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, Patricia Miranda, Gustavo Calotti y Emilce Moler.

Durante su secuestro, los jóvenes fueron sometidos a torturas y vejámenes en distintos centros clandestinos, entre ellos el Pozo de Arana, el Pozo de Banfield, la Brigada de Investigaciones de Quilmes y la Brigada de Avellaneda. Seis de ellos continúan desaparecidos (Francisco, María Claudia, Claudio, Horacio Daniel y María Clara) y sólo cuatro pudieron sobrevivir, Pablo Díaz, Gustavo Calotti, Emilce Moler y Patricia Miranda. Este episodio, por lo tanto, constituye uno de los crímenes de lesa humanidad cometidos por el terrorismo de Estado.

La mayoría de los jóvenes tenían militancia política. Muchos habían participado, durante la primavera de 1975, en las movilizaciones que reclamaban el BES (Boleto Estudiantil Secundario), un beneficio conseguido durante aquel gobierno democrático y que el gobierno militar de la provincia fue quitando de a poco -subiendo paulatinamente el precio del boleto- a partir del golpe del 24 de marzo de 1976. Por otro lado, buena parte de los estudiantes integraba la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) y la Juventud Guevarista, entre otras organizaciones.

La memoria sobre La Noche de los Lápices es un ejemplo paradigmático en este sentido porque fue cambiando a la par de las transformaciones de la memoria social. En primer lugar, el episodio fue conocido porque alcanzó resonancia pública durante el Juicio a las Juntas Militares, en el año 1985, cuando Pablo Díaz, uno de los jóvenes sobrevivientes, narró su historia ante la justicia. Un año después de ese testimonio, la historia de "los chicos" de La Noche de los Lápices logró amplificarse a través del libro escrito por los periodistas Héctor Ruiz Núñez y María Seoane, y la película, basada en éste, dirigida por Héctor Olivera.

El libro tuvo más de diez ediciones y la película sigue siendo, aún hoy, una de las más vistas en las escuelas a la hora de recordar lo sucedido. Es decir, que ambos objetos culturales tuvieron una enorme eficacia para transmitir este hecho.

La fecha de La Noche de los Lápices permite condenar al terrorismo de Estado. Es, a su vez, una invitación a recordar la vida de aquellos jóvenes que lucharon y participaron para construir un futuro mejor.

Porque sabemos que, como sugiere la canción de Sui Generis, "sangran las manos, pero qué libres vamos a crecer".

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