Roberto Suarez rsuarez@jornadaonline.com.ar Miercoles, 10 de Julio de 2019

Irracionalidad

Miercoles, 10 de Julio de 2019
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Miercoles, 10 de Julio de 2019 |

En nuestra columna anterior recordábamos el primer golpe de estado en la Argentina, cuando Uriburo derrocó a Hipólito Yrigoyen, iniciando un ciclo de inestabilidad institucional hasta 1983. Hoy quiero traer a la memoria, el levantamiento militar que se produjo en junio de 1955 como resultado de una conspiración que se arrastró por meses, y que reunía a una importante red de militares, políticos y personalidades vinculadas a la Iglesia, cuando poco después del mediodía, comenzó un ataque dirigido contra la Casa de Gobierno, a cargo de una fracción de infantes de marina. El presidente Juan Domingo Perón, a quien querían eliminar, esquivó el ataque refugiándose en el Ministerio de Ejército. 


Los aviones de la Marina realizaron una serie de vuelos rasantes sobre la zona de la Plaza de Mayo, que sufrió un terrible bombardeo.


Las bombas y metrallas dejaron un saldo trágico: causaron más de 300 muertos entre la población civil y un millar de heridos. En verdad las cifras exactas nunca se conocieron.


A pesar del terrible ataque realizado por las tropas de la Armada, la revolución estaba condenada por el irremediable fracaso.


En la misma noche del bombardeo, y como represalia contra este, fueron incendiados la Curia Arzobispal y casi todos los templos católicos situados en la zona céntrica de la ciudad. El ataque fue perpetrado por turbas armadas que se movieron ante la total pasividad de las fuerzas de seguridad.


Fue, sin dudas, el día más violento y sangriento de la historia argentina, que comenzó a representar la división política del país y que duraría por décadas. La convivencia nacional alcanzaba su máximo grado de irracionalidad.


El golpe de Estado frustrado fue considerado por los principales historiadores de descabellado, así como irracional la decisión de atacar y quemar los templos.


Fracasado el movimiento golpista y apagado el fuego de los incendios, Perón parecía haberse salvado. Al menos, por esa vez.


Un Perón apaciguado y tolerante llamó a la oposición al diálogo. La radio (dominada por una espesa censura oficial) se abrió incluso para la oposición, aunque solo para un líder político: Arturo Frondizi. Alfredo Palacios no pudo hablar.


La calma no iba a durar mucho. El 31 de agosto, el presidente fustigó duramente a los opositores, en uno de sus discursos más fuertes.


Ante una concentración reunida por la CGT en Plaza de Mayo, Perón dijo: “La consigna para todo peronista es contestar a una acción violenta con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”.


La virulencia de sus palabras y el ofrecimiento sindical de crear milicias populares aceleraron los tiempos de la conspiración militar, que había sido frenada, pero no vencida.


Tres meses después, la llamada Revolución Libertadora tomó el poder. Derrocó al gobierno alterando de esa manera la alianza de las Fuerzas Armadas con los sectores populares, que el movimiento peronista había erigido como uno de los fundamentos de su concepción. La crisis produjo que a las contradicciones del peronismo en el gobierno se sumaran las de la oposición en el llano, con aliados civiles y partidos políticos que tras la coincidencia encubrían enfoques políticos totalmente contrapuestos.


Los partidos populares integrantes de la Revolución, como el radicalismo y el socialismo, no disentían con Perón sobre las conquistas sociales ni sobre la defensa de intereses nacionales, por los que siempre habían luchado; combatían, sí, la transgresión de los principios democráticos.


Los motivos de la oligarquía para derrocar al peronismo eran exactamente los inversos. Se aliaron a esos partidos políticos luchando por la democracia, en la que no creían, para rechazar, en verdad, al pueblo y sus conquistas.


Estas contradicciones de la oposición se manifestaron dramáticamente muy pronto, tras la caída de Perón. Eran términos incompatibles que conducían, como no podía ser de otro modo, a una solución imposible.


El resultado fue que para la masa peronista la palabra democracia llegó a significar un eufemismo hipócrita con que se designaba a la exclusión que la agredía. Mientras que el vilipendiado personalismo autoritario aparecía como símbolo y fundamento de un pasado más propicio, por cuyo retorno valía la pena luchar.


Esa suma de confusiones acompañó por muchos años las relaciones políticas, y la mayoría de los argentinos, y el país todo, pagaron muy caro ese doble juego de tendencias inconciliables. Por eso la fecha que recordamos del bombardeo es muy propicia para tomar conciencia de lo importante que implica cambiar la vieja política de puertas cerradas por la nueva política en contacto directo con las demandas y propuestas del pueblo. La política debe quebrar la barrera de la frialdad, la lejanía y la desconfianza, con la cual la observan todavía muchos argentinos.


La construcción de una sociedad requiere escapar de las pujas salvajes y de la lucha de todos contra todos, a través de un pacto social entre los actores. Pero ese pacto sólo puede lograrse de verdad cuando un gran objetivo nacional lo exige y legitima. Y el fallo de ayer de la Corte de Justicia de Estados Unidos en contra del país es un buen motivo para buscar el diálogo, la unión de intereses para defender a la nación de la mejor manera y lograr así una sociedad democrática que se distinga por el papel definitorio que le otorga al pluralismo, entendido no sólo como un procedimiento para la toma de decisiones, sino también como su valor fundante.


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