por María Celina Fares
Profesora de Historia UNCuyo

Estas reflexiones sobre lo que enseñamos y se aprende en las aulas, pretende desmitificar la idea de que existe una verdadera historia, que siempre se nos oculta.

Siempre resuenan en mí las reflexiones que Marc Bloch escribiera en la cárcel durante la ocupación nazi en Francia, cuya publicación póstuma se convertiría en uno de los libros más célebres sobre el oficio de historiar. Allí reparaba en ideas aparentemente simples acerca de cómo, la comprensión del presente, dependía del conocimiento del pasado; al tiempo que asignaba a la historia el deber de ser la ciencia que uniera el estudio de los muertos con el de los vivos. Ambas ideas constituyen motivaciones resonantes para cualquiera que quiera emprender el oficio, pero en la práctica no parecen ser de definitiva consecución.

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Conocer el pasado es una tarea siempre inacabada, pues los nuevos interrogantes que se plantean desde el presente, obligan a buscar y reelaborar respuestas diversas y siempre provisorias sobre el pasado. Pero además, no todos los que emprenden la tarea de historiar, establecen la misma relación con el pasado. Siempre hay un posicionamiento presente, situado y subjetivo, desde el que se establece la trama que vincula al historiador que investiga, con los objetos del pasado que busca conocer. No son los hechos del pasado los que cambian, sino nuestra mirada sobre ellos. De allí que la historia nunca pueda ser una sola, sino que siempre es plural. Las historias son múltiples y las y los historiadoras/es, estamos condenadas, como el mito de Sísifo, a escribirla una y otra vez.

Aceptar esto, es una forma de aceptar lo absurdo que sería pensar, que podemos dar una explicación única y definitiva de lo que hace la humanidad en este mundo. Hoy, más que nunca, la pandemia nos ha enfrentado a la incertidumbre del mañana, a lo impredecible del futuro, y nos ha reactivado la certeza de lo que significa la contingencia, lo efímero de la existencia, no sólo como individuos destinados a la muerte; sino como sujetos colectivos, como humanidad.

La pregunta entonces pasa por reflexionar sobre cómo este nuevo horizonte de incertidumbre que estamos viviendo, puede cambiar nuestra visión del pasado.
Hoy conmemoramos la Revolución de Mayo de 1810, y tal vez podamos advertir alguna diferencia, con respecto a la manera en que lo hicimos en los festejos del Bicentenario en el 2010. Por entonces la querella entre historiadores, en mayor o menor sintonía con los festejos oficiales, giró en torno al balance que como sociedad, podíamos hacer sobre los 200 años de historia recorrida. Pero, más que instalar un debate sobre temas del pasado histórico, procuró atizar viejas disputas historiográficas, que profundizaban la grieta sobre el presente.

En medio de esta pandemia, que instala cierta “rareza” como nueva normatividad, se me ocurre contestar la pregunta sobre cómo vemos hoy a la Revolución de Mayo, con las respuestas que me dieron los y las estudiantes en su primer año universitario, cuando a través de la modalidad virtual, pretendía hacer un seguimiento de los aprendizajes significativos que habían realizado sobre el tema, y de las relaciones que podían hacer con el presente.
Dos aspectos destacaron.

El primero se refería a cómo fueron los acontecimientos externos, como fue la crisis del imperio español desatada tras la caída de la monarquía bajo el dominio napoleónico, los que abrieron una oportunidad revolucionaria, para que las colonias americanas constituyeran gobiernos propios, apelando al principio de soberanía popular y proyectando sus ideales emancipatorios .

El segundo, remitía al fuerte nivel de conflictividad política que se desató en forma inmediata, frente a la complejidad de problemas que planteaba revolución. Esto suponía no sólo la confrontación bélica con los defensores del viejo orden, sino la disputa entre los mismo revolucionarios acerca de la forma en que se debía encarar la constitución de un nuevo gobierno, que garantizara libertades e igualdades que entraban en disputa.

En cuanto a la relación con el presente, los y las estudiantes se permitían pensar acerca de cómo determinados contextos críticos, en los cuales el mundo conocido parece derrumbarse, se convierten en oportunidades decisivas para la obtención de la libertad, en las que la acción de los protagonistas, podía no sólo cambiar sus propias vidas, sino el rumbo de la historia. Tal como sucediera con Belgrano, funcionario ilustrado fiel a la corona, o Castelli propulsor de la regencia de Carlota Joaquina, se transformaron al calor de la coyuntura de 1810, en líderes revolucionarios que consumirían sus vidas por la causa libertaria.

Muchas estudiantes se refirieron al feminismo, como un movimiento que estaba también llevando a cabo un proceso revolucionario en el presente, pues está transformando no sólo la vida de las personas, sino de las sociedades enteras, fundadas en un orden viejo patriarcal, con el que se pretende terminar.


Conocer ese pasado, no como legado inamovible, ni como tradiciones en disputa cristalizadas, sino como espejo donde poder mirar e interpretar el presente, advirtiendo las distancias y los recorridos, era la propuesta.

Entender la conexión entre lo internacional y lo local, articular las lógicas individuales y colectivas con las condiciones materiales y estructurales, interpretar los conflictos como constitutivos de la dinámica política democrática, atender a los cambios de significado que adquieren los conceptos en la historia, y sobre todo, dejar abiertas las puertas para volver a resignificar los sentidos de las palabras como revolución, emancipación y república pueden tener 210 años después.

Entender que esta crisis estructural, puede ser una oportunidad mayor aún que la que tuvieron nuestros antepasados, puede predisponer a la sociedad a actuar acorde a la proyección de aquellos valores que hasta hace poco pensábamos deseables, aunque inalcanzables, como el de la igualdad y la solidaridad.

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