El presidente de Rusia asumió que ese país tomó nota de la época de la Unión Soviética y no intervendrá militarmente ante el poder de los talibanes.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, descartó hoy el envío de militares rusos a Afganistán, a una guerra de “todos contra todos”, y subrayó que Moscú “ha aprendido la lección” de la época de la Unión Soviética, cuando se produjo la invasión del país asiático (1978-1989) que resultó derrotada.

Putin reconoció que la situación en Afganistán es “alarmante”, informó la agencia de noticias Europa Press.

“Seguimos de cerca la situación”, dijo el mandatario durante un congreso del partido gobernante, Rusia Unida en la que dejó claro que no tiene ninguna intención de “interferir” en lo que considera un “asunto interno”, en alusión al caos político afgano.

“Nuestras Fuerzas Armadas no se verán arrastradas a este conflicto de todos contra todos”, aseguró.

Por su parte, el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, abrió la puerta a una posible reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, en línea con lo propuesto con otros líderes como el francés Emmanuel Macron.

“Seguimos comprometidos con la tarea de establecer la paz y la estabilidad en Afganistán, para que este territorio no represente una amenaza para toda la región”, manifestó el jefe de la diplomacia rusa durante una visita a Budapest.

Al respecto, Putin advirtió de que existe la posibilidad de que los talibanes de Afganistán aprovechen el caos en el país para aumentar tensiones en los países vecinos, lo que amenaza directamente tanto a Rusia, como a sus aliados.

“El posible aumento del narcotráfico, de la migración ilegal: todo esto es una amenaza para nosotros”, señaló el mandatario ruso.

En este contexto, encomendó al Gobierno y a las estructuras de poder de Rusia que refuercen el trabajo para garantizar la seguridad en el país.

Los combatientes del movimiento talibán se hicieron con el control de buena parte de Afganistán en la primera quincena de agosto y el día 15 entraron en Kabul, retomando el poder tras dos décadas de intervención militar de Estados Unidos y la OTAN, que llegará a su término a fines de este mes.

El presidente afgano, Ashraf Ghani, huyó del país y ahora está refugiado en Emiratos Árabes Unidos.

La última bolsa de resistencia a los talibanes es el valle de Panjshir, donde se concentran las fuerzas lideradas por el jefe guerrillero Ahmad Massoud y el vicepresidente primero Amrullah Saleh, quien reivindica el papel de mandatario legítimo de Afganistán.

Los talibanes dejaron en claro que aspiran a un “traspaso completo” del poder en Afganistán, si bien anunciaron más tarde la disposición de negociar la creación de “un gobierno transparente, inclusivo e islámico”.

Mientras, en el aeropuerto de Kabul continúan a contrarreloj la evacuación de miles de expatriados y sus colaboradores afganos, desesperados por escapar del autoproclamado Emirato Islámico de Afganistán.

Los talibanes ya advirtieron que no tolerarán la presencia de invasores más allá del 31 de agosto, la fecha en que debe finalizar la retirada de las fuerzas aliadas.


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