Hace bastante tiempo, en épocas del 1 a 1, los argentinos comprábamos ilusiones mediante la Convertibilidad, herramienta que ni hasta el día de hoy Domingo Cavallo cree errática y a la que incluso le atribuyo éxito para el caso de Bulgaria.


Muchos argentinos creían que éramos parte del primer mundo. Entonces compraban viajes, ropas, coches. Un dólar, un peso. Una vez más el pensamiento mágico había atrapado a la sociedad de modo transversal. Nuevos billetes, grandes discursos, Cavallo imponiendo la narrativa de ese tiempo. Todo desembocó en el 2001. No es necesario decir lo mal que salió aquello que empezó tan bien.


En esa época compraba muchos libros importados, ediciones alemanas, americanas, francesas. Eran libros objetos en muchos casos, hermosos y entrañables. Cada cual apeló a la Convertibilidad y en cualquier caso asumo que la usé para esa manía de comprar libros raros, exóticos, tan geniales como quizá innecesarios para alguien que jamás ha sentido gozo ante un texto editado con rigor, amor y creatividad.

Uno de ellos era cautivante. Hay que pensar en un libro con un formato inusual: 70 centímetros de alto por 15 de ancho. Tapas duras, papel interior ilustración. Una dulzura de objeto. Provenía de una editorial italiana dedicada a la arquitectura. El título era bastante lógico para las medidas: “Historia de los edificios más altos del planeta”.


Así empecé a querer otros títulos de la misma editorial. Cualquier bibliófilo o fan de la lectura o de los placeres sencillos puede entender tal descubrimiento, que lleva a a otro, y que inicia una cadena vasta y lujuriosa para un espíritu desbordado por la curiosidad.


En esa lista alucinante que proponía el catálogo conseguí hacerme de otro libro. Todos tenían un formato diferente o algún detalle que desde los gráfico resumía el espíritu de la edición, más allá de lo obvio de su título. El detalle no era menor porque cada vez que recibía o buscaba un título era como un guauuuu que se renovaba. Supongo que es lo que les pasaba a muchos con las mieles infernales de aquella Convertibilidad que nos dio el Cielo automático y el Infierno en cuotas, lentas y constantes, hasta quedar en la ruina absoluta.


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Lo que realmente quería compartir aquí es que la última adquisición de aquella primavera económica fue un libro con un tamaño no menos genial que el primero: 65 de largo por 35 de ancho. Tapa negro tinta solamente con la frase “Ponti Planetari”.


Las más de 150 páginas registraban una selección de puentes cruciales para el progreso y la belleza de este sitio extraño que es el mundo. Los había de todo tipo: aquellos del acero que evidenciaban el poderío americano de pos guerra, los italianos que surcaban además de ríos, la gran historia de un imperio colosal, los toscos de la Rusia de Stalin, los de romances en Holanda y Bélgica.


Podría enumerar al detalles aquellas joyas que se repetían en una edición inolvidable. Puentes tallados, puentes monumentales, puentes de ensueño, puentes imposibles. Todavía Gustavo Cerati no habría escrito su canción, pero podría decir que cada puente incitaba a sentir que “el paso que dimos, es causa y es efecto”.


Todo para decir que un tramo de la muy transitada Ruta 40, en su paso por Mendoza, con el derrumbe de un puente que ni siquiera es una obra épica, inaugurado hace escasos años, es la evidencia de una realidad que no invita a la ilusión, precisamente.



Los responsables por su construcción, aquellos que fueron parte de la decisión de levantarlo a un costo mayor al que realmente podría haberle costado al Estado, todos los que hincharon el pecho a la hora de inaugurarlo, están más cerca del hazmerreír que de la gracia.


Un derrumbe, como aquel de la Convertibilidad, no necesariamente debería ser abrupto. Y es más probable que ese puente roto, corrompido y absurdo, hable más de Mendoza y los mendocinos en este siglo XXI, que cualquier pretensión de progreso calcada de guión de vendimia. Un puente roto es símbolo de decadencia. Lo bien aprendí de aquel libro.