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Las dos caras del Clásico en el Bernabeu

Si en el teatro griego convivían la tragedia y la comedia, en cierta forma podría decirse que el fútbol reproduce parte de aquello desde fines del Siglo XIX con una condición diferente, y es que los espectadores no sabrán hasta el final cuál de las caras será la que lo represente, y que, si es hincha, es decir, si está involucrado en el acontecimiento, supone que con su aliento puede torcer el espectáculo hacia un resultado u otro.

Redacción
20/04/2024 20:58
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Por Sergio Levinsky, desde Madrid

 

En las horas previas a este Clásico de fines de la Liga Española de fútbol, los dos contendientes llegan con caras opuestas, y habrá que esperar al pitido final, en el casi totalmente remodelado estadio Santiago Bernabeu, para comprobar si se revertirán o no, aunque parece ya muy difícil que eso ocurra. Y si lo es, se debe a que al Barcelona sólo le cabe ganar porque a siete fechas del final se encuentra a ocho puntos de su rival, y llevándose los tres puntos, quedaría a cinco faltando jugarse seis partidos. Casi una quimera.

Pero más allá de lo que podría ocurrir si el Barcelona, contra casi todo pronóstico, acallara al Bernabeu, la pregunta es si realmente los azulgrana tienen chances de llevarse un resultado positivo para sus expectativas y si nos basamos en cómo llegan, no parece fácil, si aceptamos, como se suele decir, que el fútbol es un estado de ánimo.

Hasta el pasado martes por la noche, los hinchas culés (como se llama a los barcelonistas porque en uno de sus primeros estadios, se veía desde la calle la cola de los que estaban sentados en las tribunas de madera) desbordaban de ánimo después de que una semana antes su equipo había logrado vencer como visitante en al Paris Saint Germain de Luis Enrique. Pero bastaron noventa minutos en el Olímpico de Montjuic para que todo se desbarrancara.

Había pasado media hora en la que Raphinha había estirado la diferencia a dos goles para el Barcelona cuando el uruguayo Ronald Araujo, como último hombre, tuvo que desplazar al delantero parisino Bradley Barcola. Se tuvo que ir expulsado, y el entrenador, Xavi Hernández, tuvo que tomar la resolución instantánea de reemplazar a quien vio la tarjeta roja por otro defensor (Iñigo Martínez) y decidió quitar al delantero más habilidoso, el joven Lamine Yamal (por su desborde desde la izquierda había llegado el 1-0 minutos antes).

Desde ese momento, con desventaja numérica y nada menos que con Kylian Mbappe enfrente, el Barcelona se derrumbó y acabó perdiendo 1-4 y así se despidió de esta Champions League con la sensación de que pudo haber seguido avanzando, de haber quedado once contra once (al menos, un avance respecto de torneos anteriores en los que fue eliminado sin dar muestra de carácter, con remontadas increíbles o un durísimo 2-8 ante el Bayern Munich en tiempos de pandemia).

A la salida del estadio, los hinchas, casi en silencio, susurraban que todavía podía ocurrir algo peor, y era que el Real Madrid, que había recibido una paliza en Manchester en la temporada pasada, esta vez pudiera clasificarse ante el City de Josep Guardiola, aunque guardaban la esperanza de que todo siguiera igual que antes.

Pero la fatalidad, o el determinismo que hace que el Real Madrid tenga algo especial con la Champions (es el club que más la ganó por mucha distancia, catorce veces contra siete del Milan y seis del Liverpool y el Bayern Munich), terminó por dar el golpe que les quedaba a los seguidores de los catalanes porque los blancos, en uno de los partidos más difíciles de explicar de su larga y rica historia, por el planteo realizado, acabaron pasando por penales y convirtiendo en héroe a su tercer arquero, el ucraniano Andriy Lunin, quien pudo atajar dos de los cinco.

El planteo que el entrenador italiano Carlo Ancelotti desarrolló ante el Manchester City - hay que escribirlo claro- no obedece a la tradición blanca. Habría que buscar en los archivos cuántas veces en su historia el Real Madrid se sintió tan inferior a su rival para meterse tan atrás y asumir que sufriría el partido de principio a fin, renunciando casi a la tenencia de la pelota y tratando de aprovechar, con sus grandes cracks, las escasas oportunidades de gol que se le pudieran presentar.

Ayudado por un extraño Manchester City, al que le marcan demasiados goles proporcionalmente al escaso tiempo que sus rivales suelen tener la pelota, el Real Madrid consiguió marcar un gol en los primeros minutos a través del brasileño Rodrygo -el mismo que dos temporadas atrás le arruinó la clasificación de los “ciudadanos” con dos goles en los dos minutos finales- y a partir de allí, sin tapujos ni vergüenza, colocó dos líneas de cuatro para esperar a su rival casi dentro de su área, copiando (reconocido, además, abiertamente) el sistema táctico utilizado días atrás por el Arsenal en el mismo estadio por la Premier League inglesa, con el buscado 0-0 final.

Esta vez, pudo incluso terminar 0-1 para los blancos, pero sobre el final, Kevin De Bruyne pudo empatar y ya el Real Madrid apostó directamente a los penales, con un resultado feliz y con una actitud que fue justificada hasta por los menos sospechados de defensa de un modelo resultadista. Acaso si esto mismo hubiese sido hecho por otro equipo, habría sido duramente condenado por atentar contra el espectáculo, pero tratándose del club blanco, cuenta con una protección mediática como pocos en el mundo.

Por tanto, este Clásico no es lo mismo para unos que para otros. De perder, para el Real Madrid puede ser, claro, una dolorosa derrota porque nunca es bueno caer en casa ante el máximo rival. Pero no parece que la liga se le pueda escapar en una temporada en la que también ganó la Supercopa de España en enero y espera por el Bayern Munich en la semifinal de la Champions.

En el caso del Barcelona, cualquier resultado que no sea ganar implicará dar por terminada su temporada apenas el árbitro César Soto Grado -muy criticado como suele ocurrir cada semana con los jueces que le tocan a los blancos desde su canal “Real Madrid TV”, algo que molesta al colectivo referil y a los demás equipos, pero que no parece que merezca una sanción importante- pite el final, luego de haberse quedado afuera de la Copa del Rey y, cuanto menos, su gran rival mantenga, como mínimo, los ocho puntos de distancia, lo que completaría una Semana Trágica azulgrana, con otro duro golpe recibido el martes: enterarse de que, de manera definitiva, no participará del primer gran Mundial de Clubes de 32 equipos, al ser superado por el Atlético Madrid.

El no haber podido pasar a semifinales de Champions le implicó a un Barcelona, al borde de una quiebra económica, no poder obtener beneficios mayores a lo presupuestado, y al mismo tiempo, perder los 50 millones de euros que cada club recibirá por participar en el Mundial de Estados Unidos de 2025.

Por el lado de los directores técnicos, también son la contracara. Si Carlo Ancelotti -pretendido para ser el entrenador de la selección brasileña- ya renovó su contrato, había sobrevolado la ilusión de que Xavi pudiera revertir su decisión de marcharse el 30 de junio, cuando acabe la temporada del Barcelona, pero dados los resultados de esta semana, todo parece volver a su cauce y en ese caso, sólo aparecen dos DT en el camino del Barcelona, el mexicano Rafa Márquez -que dirige al B- y el alemán, ex Bayern y selección de su país, Hans-Dieter Flick, que por estas horas estudia intensamente el español.

Indudablemente, Real Madrid y Barcelona llegan con las dos caras al Clásico, la de la tragedia y la de la comedia, y parece muy difícil que cuando pasen los noventa minutos, esas caras se reviertan, aunque el fútbol -decía el gran periodista Dante Panzeri, fallecido el 14 de abril de 1978- es “la dinámica de lo impensado”. Y por eso es maravilloso.

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.

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