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El Mundial de Clubes, así, no tiene sentido

Piensen, por un minuto, en el Fluminense. Toda la campaña de un año para llegar hasta una final para determinar el mejor equipo del año del planeta, para lo cual debió estar entre los cuatro mejores en un durísimo torneo como el Brasileirao, luego ganar la Copa Libertadores, después ganar el partido de semifinal del Mundial de Clubes al Al Ahly de Egipto, y ahí esperaba el Manchester City de Pep Guardiola, con todo el presupuesto de una entidad multimillonaria que recibe fondos estatales de Emiratos Árabes Unidos, y que le metió el primer gol antes del minuto de juego, a través del argentino Julián Álvarez.

23/12/2023 21:06

Por Sergio Levinsky, desde Jeddah

Todos los sueños de competir al más alto nivel, de hacer un partido al menos parejo ante el equipo que dirige Josep Guardiola (que, por cierto, ganó su cuarto Mundial de Clubes con tres equipos distintos, Barcelona, Bayern Munich, y Manchester City), se desmoronaron a los cuarenta y cinco segundos, porque era claro que ir perdiendo ante un rival así, que presiona hasta el área chica, y que para a sus últimos defensores en el centro del campo, se iba a hacer imposible de levantar.

Y estamos refiriéndonos al campeón actual de la Copa Libertadores de América, y que lo fue, sin dudas, siendo el mejor equipo de todos en el continente, pero nada, absolutamente nada, pudo hacer ante este poderosísimo Manchester City que sale a disputar una final de un Mundial de Clubes, el primero de su historia, con sus jugadores haciendo chistes, totalmente distendidos (esto fue utilizado para la arenga previa de los brasileños por el veterano Felipe Melo y su arquero Fabio).

Pocos días antes de esta final -que sólo lo fue en la formalidad-, y en esta misma ciudad, en una reunión del Consejo de la FIFA, se determinaba que este Mundial de Clubes iba a ser el último con este formato, y que a partir de 2024 pasaría a llamarse Copa Intercontinental -es decir que retoma el nombre de aquellas competencias hasta 2024 que enfrentaban sólo a los campeones de Europa y Sudamérica- y en el que los equipos de todos los continentes jugarían una llave de partidos entre sí y que luego la semifinal determinará un ganador que es el que jugará días más tarde ante el campeón de la UEFA Champions League.

Esto no fue otra cosa, mal que nos pese a los sudamericanos, de dos reconocimientos o adecuaciones a la realidad futbolística mundial: por un lado, que el campeón de Europa es, casi virtualmente, el campeón del mundo del año (desde 2013, los europeos han ganado ininterrumpidamente todos los Mundiales de Clubes), y por otro, que ya el rol de los sudamericanos es mucho menos de lo que fue hasta 2012, cuando se alternaban con los del Viejo Continente en los títulos y la competitividad.

Lo que sí sorprende, más allá de los datos incuestionables, es que la Conmebol no haya atinado a alguna defensa del pasado reciente de sus representados, pero si se festejó que Argentina, Uruguay y Paraguay recibieran la dádiva de un solo partido de fase de grupos del Mundial 2030, cómo se iba a pretender mucho más de la confederación continental. Imposible.

Hoy, para la FIFA, los clubes sudamericanos comienzan a estar a la par de los africanos, los asiáticos o los norteamericanos. Es la triste realidad basada en los hechos. Tanto, que ya en varias oportunidades de estas veinte ediciones de Mundiales de Clubes, los de la Conmebol ni siquiera llegaron a la final en seis oportunidades, y eso ocurrió desde 2010 hasta hoy (es decir, casi la mitad de las veces).

Por otra parte, el Mundial de Clubes, así como lo conocimos -desde 2025 habrá un torneo de 32 equipos de todo el mundo y que se jugará cada cuatro años- cierra veinte años de disputa desde 2000 -se interrumpió hasta 2005- sin ningún triunfo de clubes argentinos, otro hecho que nos debe hacer reflexionar sobre lo que ocurre en nuestra realidad.

España (entre Real Madrid y Barcelona) se llevó ocho títulos, Brasil e Inglaterra, cuatro, y Alemania e Italia, dos cada uno. Esto está emparentado con la permanente degradación de los torneos argentinos locales, con la sangría de tantos jugadores que emigran desde muy jóvenes y que terminan generando que en el país se juegue virtualmente un campeonato de cuarta división porque hay tres divisiones enteras, con todos los planteles sumados, que se encuentran en el exterior, y eso mina la competitividad.

Volviendo al nivel de este Mundial de clubes que acaba de finalizar, otro hecho importante es la distancia que sigue existiendo entre los clubes de distintos continentes, con algunos cambios que ya parecen venir. Si Al Ittihad, el equipo local, dirigido por Marcelo Gallardo, y que cuenta con figuras como Karim Benzema, N’Golo Kanté, Fabinho, Romarinho o Marcelo Grohe, le ganó muy fácil en octavos de final a los semiprofesionales del Auckland City, luego ya no fue lo mismo en cuartos y cayó con la misma amplitud ante un equipo tradicional africano como es Al Ahly de Egipto, que llegó otra vez hasta las semifinales, aunque nunca pudo pasar de ellas, cayendo siempre ante el campeón europeo o sudamericano. En este caso, el que lo venció con una notable diferencia en el segundo tiempo, fue Fluminense. Pero los brasileños ya perdían al minuto la final ante el Manchester City y terminaron perdiendo por un rotundo 4-0.

La realidad indica, entonces, que entre unos y otros sigue habiendo capas, diferencias claras de nivel, y que, así como los clubes europeos se despegaron del resto por razones económicas (cada vez fichan más jugadores jóvenes y se los quitan a los clubes de otros continentes), Sudamérica fue bajando, y algunos asiáticos van subiendo por las enormes inversiones que reciben como subsidios desde sus países ricos, como son los árabes.

Desde el punto de vista futbolístico, el torneo fue irregular. Mostró chatura en Auckland (no se le puede pedir mucho a jugadores que deben trabajar en otra cosa para subsistir), en Reds Urawa y en el León mexicano. Queda la incógnita para Al Ittihad, con tantas figuras, porque Gallardo acaba de asumir. Al Ahly tiene jugadores y un fútbol que puede tener intensidad y calidad pero que no resuelve en el área rival y es ingenuo en la propia, y Fluminense mostró cierta estética y un fútbol “aposicional” (jugadores que cambian de posición y se suman en la triangulación), pero es claro que está lejos de un Manchester City que no por nada participa en la mejor liga del mundo, la inglesa.

Volviendo al fútbol sudamericano, parece difícil poder estar a la par contra la élite europea mientras persistan estas diferencias económicas estructurales, que no son sólo del fútbol sino generales y a lo que hay que sumarles la inyección de dinero a los llamados “Clubes-Estado”, que reciben por debajo de la mesa y con la excusa de “promociones” dinero ilimitado y de carácter público. Contra eso, no es posible competir, pero si al menos los brasileños han logrado una estructura de torneos que permiten el regreso de futbolistas desde el Primer Mundo aunque sea en edad avanzada, los argentinos no lo consiguen porque sus torneos no son sostenibles, ni sus reglas claras, ni sus estadios en muchos casos están en condiciones, el número de participantes es tan alto que baja el nivel de los partidos y no se entiende en qué se gastó tanto dinero que entra por todos los rubros de ingresos que hoy existen.

Entonces, no hay tiempo para lágrimas y aún con tantos movimientos dudosos y pensando siempre en el dinero y jamás en los protagonistas -FIFPRO, el sindicato mundial de futbolistas acaba de sacar un durísimo comunicado con las condiciones físicas y de salud de los jugadores con la organización de cada vez más torneos-, la FIFA no hizo más que adecuarse a la realidad al terminar con el Mundial de Clubes e ir hacia un formato más sincero desde 2024. Es lo que hay.

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.