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A 44 años, el Mundial 78 sigue dejando interrogantes

Hace 44 años, un 25 de junio tuvo lugar, en el Monumental, una de las grandes alegrías futbolísticas de los argentinos, con la obtención de la Primera Copa del Mundo, y con la sensación de que, aunque tardía, la Justicia se asomaba sobre nuestra gran historia de la pelota luego de tantos años de éxitos sin poder llegar al peldaño mayor.

25/06/2022 22:32

Por Sergio Levinsky, desde Barcelona-Jornada

Lo extraño es que justamente en ese momento en el que se alcanzaba la gloria deportiva, a la luminosidad de ese festejo se le contraponía la terrible noche de la nefasta dictadura cínico-eclesiástico-militar que asoló el país entre 1976 y 1983 y que planificó al milímetro ese torneo con el deseo de perpetuarse en el poder, hacer negocios de millones de dólares, y, en especial, dar una imagen falsa de fiesta popular ante el exterior, a sabiendas de que estaba vulnerando con creces los Derechos Humanos más elementales con miles de desaparecidos, torturas y persecuciones de todo tipo.

A diferencia de los campeones del mundo de México 1986, que pululan sin problemas por los medios de comunicación y son adalides del éxito, los integrantes de la selección argentina campeona del mundo en 1978 y como local, tuvieron que transpirar la camiseta para conseguir un mínimo porcentaje de esa adhesión y no sólo por cuestiones políticas, que también.

Hay una porción de la obtención de este título que también fue silenciada por los medios a partir de otro debate, que es el futbolístico y cuando quien esto escribe sostiene esto, también está aceptando que detrás hay razones políticas aunque de otra clase, mucho más ligadas a lo sistémico que a un color partidario determinado.

Porque más allá de las discusiones sobre la legitimidad del éxito en el Mundial 1978, con una selección, en su mayoría, de excelentes jugadores, aún con los caprichos de su entrenador de no convocar a dos fuera de clase como Ricardo Bochini  y Diego Maradona (a los que podríamos agregar a Miguel Brindisi, Carlos Bábington, Carlos Bianchi, Enrique Wolff, Roberto Mouzo, Vicente Pernía y tantos más), una parte del silenciamiento de este título está relacionado con el debate (para nosotros exagerado por los medios) sobre filosofía del juego, gustos futbolísticos y esa discusión fue “ganada” por el conservadurismo, aquél que sostiene que lo único que importa es ganar, a cualquier costo.

No tiene nada de casualidad que el monopolio del discurso televisivo acerca de que “Todo vale” en pos de ganar y de que el fútbol no es otra cosa que un tablero de ajedrez con dos directores técnicos que mueven sus piezas (jugadores), que deben aceptar obedientemente las órdenes y que, de fondo, se trata de una ciencia que puede llegar a tenerlo todo controlado al punto de que ni hay que festejar los goles porque una distracción en el saque rival puede derivar en padecerlos en el arco propio, haya comenzado casi coincidentemente con el segundo título mundial, el de 1986.

Hace casi cuatro décadas que sólo escuchamos una voz en los medios, simulada con micrófonos y cámaras de todos los colores cuyos sostenedores cobran a fin de mes de la misma ventanilla, y ese discurso es contrario, de fondo, al ideario de los campeones de 1978, que tuvieron siempre menos oportunidades de manifestarse y de decir su verdad, sea cierta o no.

Para el inconsciente colectivo, el Mundial de 1978 siempre quedó en cierta duda de legitimidad, aún cuando se jugaron muy buenos partidos y el ciclo del que formó parte la selección argentina fue acaso el mejor de todos los tiempos, con una notable preparación, bien planificado, y con una síntesis final mucho más coherente que en otras oportunidades.

Y en cambio, el equipo que ganó el Mundial 1986 está emparentado con el contexto de democracia, con un éxito en el exterior y ante un público hostil, con el influjo de un astro incomparable como Maradona, y como bien sostiene Vicente Verdú en su libro “Fútbol, mitos, ritos y símbolos”, un gol no es otra cosa que regresar al campo propio a contar los éxitos en el campo ajeno.

Seguramente se necesitará seguir investigando para desentrañar la verdad absoluta de lo que ocurrió en el Mundial 1978, y el por qué de haber jugado en un grupo inicial con tres europeos siendo local y una potencia futbolística, que pasó concretamente en el 6-0 a Perú cuando ese equipo argentino le venía ganando todos los amistosos y era absolutamente capaz de marcar esa cantidad de goles (y que con cuatro le alcanzaba), o las presiones que recibieron tanto el director técnico César Luis Menotti como sus jugadores.

¿Sabían los integrantes del equipo argentino sobre negociaciones al más alto nivel estatal en la previa del partido con Perú? ¿Sabían algo de algo de lo que ocurría? ¿Fueron sólo ejecutantes en el campo de juego de un fútbol que pasó por el nerviosismo inicial ante Hungría hasta un vuelco total con la irrupción de Mario Kempes como “diez” llegando desde atrás?

Lo que hay, sin dudas, es algo insoslayable: las atajadas del “Pato” Ubaldo Fillol, la impresionante estampa de Daniel Passarella, el tiempismo de Luis Galván (especialmente en la final), la recuperación y el quite de Américo Gallego, la prodigalidad y la capacidad táctica de Osvaldo Ardiles, la enorme potencia de Mario Kempes, los movimientos ofensivos de Leopoldo Luque. Nada de eso fue inventado ni fue obra de la casualidad.

Mario Kempes

Argentina fue campeón del mundo en 1978 porque la historia del fútbol se lo debía, porque para llegar a levantar la Copa el 25 de junio, antes hubo otros cracks que por distintas razones, no siempre ligadas a derrotas, no lo pudieron hacer, de la talla de los Enrique García, José Manuel Moreno, René Pontoni, Ángel Labruna, Mario Boyé, Félix Loustau, Norberto “Tucho” Méndez, Adolfo Pedernera, Alfredo Di Stéfano, Enrique Omar Sívori, Ermindo Onega, Norberto Madurga, Roberto Perfumo, Silvio Marzolini y tantos más.

Que lo que debió ser una fiesta popular derivara en un uso político y en tremendas vergüenzas informativas o económicas, como el gasto de 700 millones de dólares que el gran periodista Dante Panzeri advirtió antes de morir un 14 de abril apenas días antes del partido inaugural, no puede cambiar el eje futbolístico.

Tampoco debería confundirse los movimientos en contra del Mundial desde el exterior o las marchas desesperadas de las Madres de Plaza de Mayo buscando a sus hijos, chocando contra miserias institucionales de todo tipo que deben ser juzgadas hasta el último aliento.

Todavía quedan muchas preguntas para formular, como las razones concretas por la que un día Jorge Carrascosa, nada menos que el capitán de la selección argentina, resolvió irse del equipo, o si efectivamente, que el equipo local haya jugado ante Perú luego de que Brasil lo hiciera ante Polonia en la última fecha de la segunda rueda, fue simplemente el cumplimiento de una cuestión acordada durante el sorteo y no algo impuesto por la fuera durante el torneo, o si el almirante Carlos Lacoste, el “Hombre Fuerte” del fútbol en la dictadura y fanático de River, impuso a Norberto Alonso, o quién mató al general Omar Actis, el primer presidente que tuvo el ente organizador del certamen, EAM 78, que tenía un austero criterio para los gastos, o por qué con el cuarto gol argentino a Perú explotó una bomba en la casa del economista Juan Alemann, otro que se oponía a los exorbitantes gastos en el campeonato.

A 44 años de la primera conquista mundial de la selección argentina, tenemos algunas certezas y aún, demasiadas preguntas. Acaso las nuevas generaciones ayuden a responderlas.

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.