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Con un pie en el Mundial, es el momento de probar

17/10/2021 17:00

Se va acabando la incertidumbre. La selección argentina estará en el Mundial de Catar 2022 en lo que será su decimotercera participación consecutiva desde Alemania Federal 1974

Por Sergio Levinsky, desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Tras los siete puntos obtenidos en los tres partidos de octubre ante Paraguay, Uruguay y Perú, y ya la distancia entre su segundo puesto de la clasificación sudamericana y el cuarto y el quinto –último con chances, al jugar una repesca- es de nueve puntos, lo que equivale a tres cotejos sobre seis restantes, mientras que a Chile, sexto en la tabla, le lleva doce, equivalente a cuatro encuentros en los que el equipo albiceleste no debería sumar ninguna unidad.

Con estos datos puramente matemáticos, el norte comienza a ser otro. Con la tranquilidad del objetivo prácticamente cumplido, y tras una clasificación placentera, algo que no ocurría desde los tiempos de Alejandro Sabella para el Mundial de Brasil 2014, ahora es tiempo de enfocarse hacia el afinamiento del funcionamiento colectivo, tomando entonces apuntes de lo ocurrido en este ciclo de Lionel Scaloni desde que terminó la cita de Rusia 2018.

Es evidente que la competencia sudamericana, con excepciones como Brasil o acaso Colombia, no suministra el lugar exacto en el que se encuentra la selección argentina, tal como viene ocurriendo en todo el siglo XXI, en el que nuestro continente tuvo escaso protagonismo en la competencia con los europeos, tanto en representativos nacionales (el único título mundial fue el de Brasil en el ya lejano Mundial de Japón-Corea del Sur 2002) como en equipos de club es (desde 2001, 20 triunfos europeos contra apenas 4 sudamericanos en los Intercontinentales o Mundiales).

Ni siquiera esta selección uruguaya, que aún así puede todavía obtener un boleto para el Mundial, representa un parámetro para saber exactamente el punto en el que está parado el equipo argentino. La prueba más contundente fue lo que ocurrió con los “celestes” cuatro días más tarde del 3-0 en el Monumental, cuando cayeron sin atenuantes 4-1 ante Brasil en Manaos, sufriendo entre los dos partidos 45 remates a su arco, una cifra demasiado elocuente.

La selección argentina, entonces, entra en el camino final del último año hacia Catar 2022 con la enorme necesidad de cotejar ante equipos con otros esquemas tácticos, con más peso físico, con mayor volumen ofensivo, con otra velocidad en el traslado, con otro juego aéreo, y ya no sólo valen las grandes potencias, como Francia, Alemania, Inglaterra, Italia o Portugal, sino incluso una segunda línea como Suecia, Dinamarca, Países Bajos, República Checa, Gales o Croacia.

Si ante una limitada Uruguay -que se paró con una línea de cinco defensores y dejó solo arriba a Luis Suárez hasta que con una desventaja de dos goles para el segundo tiempo el Maestro Oscar Tabárez tuvo que echar mano de otros dos atacantes (Darwin Núñez y Edinson Cavani), dejando espacios bien aprovechados por el equipo argentino-  los de Scaloni lo pasaron mal en los primeros treinta minutos, en los que el gran arquero Emiliano Martínez fue figura, más duro resultó el esquema que Ricardo Gareca colocó en el Monumental contra Perú, con un doble vallado de defensores y volantes que no modificó siquiera con una desventaja por la mínima, acaso tomando nota de lo que les ocurrió a los vecinos del otro lado del Río de la Plata.

Y pese a lo ajustado del marcador final, para la selección argentina no dejó de ser una experiencia muy interesante: Lionel Messi completamente rodeado de adversarios, Lautaro Martínez encerrado por los dos centrales (Alexander Callens y Carlos Zambrano), y entonces casi todas las jugadas debieron quedar a cargo de un cada vez más crecido Rodrigo de Paul, debido a que esta vez Giovani Lo Celso no tuvo esos espacios de los que gozó ante Uruguay.

El equipo argentino se quedó entonces con escasas chances de llegar con claridad al arco de Pedro Gallese y apenas pudo convertir tras un centro desde la derecha de Nahuel Molina, en una jugada que (para variar) se inició en De Paul y terminó con un excelente anticipo ofensivo de cabeza de Lautaro Martínez, pero salvo el gol, apenas hubo otras dos ocasiones claras con dos remates cruzados y en los primeros minutos.

En el otro lado de la cancha, esta vez los dos marcadores centrales (Cristian Romero y Nicolás Otamendi) no coordinaron bien y eso motivó que en el segundo tiempo Gianluca Lapadula parara la pelota con el pecho en el área entre los dos (alcanzó a tapar Martínez otra vez) y luego, el ingresado veterano Jefferson Farfán, volvió a ganarles en velocidad y la jugada terminó en el penal que desperdició Yoshimar Yotún y que pudo ser el empate definitivo.

Esto deja algunos apuntes interesantes. La selección argentina, pese a la comodidad de los puntos, el invicto en la clasificación y su andar seguro, sigue teniendo un planteo conservador. Demasiados volantes y muy pocos delanteros (a veces uno solo, Lautaro Martínez) y cuando el rival se cierra (algo que le va a ocurrir en muchísimos casos ante la mayor parte de los rivales), no queda otra que abrir la cancha con dos extremos. Scaloni lo plantea con dos laterales pero ellos no sienten el ataque de la misma manera que un delantero, no terminan resolviendo la mayor parte de las veces, y terminan navegando en una laguna en la que ni defienden, ni llegan al fondo del otro lado.

Otro de los problemas es el mediocampo. Si bien lució ante Uruguay (gracias a que una carambola permitió abrir el marcador antes de terminar el primer tiempo), el no jugar con extremos hace que se centralice demasiado el juego por la superposición de volantes (sumado a que Messi no es –y menos a los 34 años- un delantero neto) y en la recuperación, si bien Leandro Paredes colabora en todo lo que puede, es claro que se trata de un “diez” atrasado y no un “cinco” puro. 

Acaso si Scaloni se animara a colocar dos extremos (como Ángel Di María y Nicolás González pero juntos, no uno por vez como en este ciclo), y tuviera que resignar un volante (el más lógico sería Lo Celso), todo conduciría a que el volante central fuera Guido Rodríguez (más cerca del “cinco” puro) para la contención y el equilibrio en la zona.

Por último, si bien el entrenador encontró (lo que no es poco) un gran arquero como Martínez y un excelente central como Romero, sería interesante probar un segundo central porque Otamendi se encuentra en horas bajas (más allá de algunos partidos aceptables como el de Uruguay). Muchos jugadores vienen reclamando una oportunidad, como Marcos Senesi, Lucas Martínez Quarta, Juan Foyth (que cometió un grave error ante Colombia que le costó la Copa América pero como lateral, no como central), o hasta Carlos Izquierdoz, del fútbol local.

Pero al margen de los nombres, lo que esta selección necesita para aceitar el funcionamiento y saber dónde está exactamente parada con miras al Mundial, es jugar, jugar y jugar y ante equipos fuertes, como aquellas dos series internacionales que se organizaron antes del Mundial 1978, en las que el equipo argentino empató y perdió varios partidos ante las potencias, pero eran amistosos y sirvieron para sacar conclusiones que dieron excelentes frutos meses más tarde.

Este cronista estuvo en Munich cuando en marzo de 2010, la selección argentina venció a Alemania 1-0 con gol de Gonzalo Higuaín, desatando una suerte de euforia a tres meses del Mundial de Sudáfrica. Para los europeos, fue nada más que un amistoso para probar. Cuatro meses más tarde volvieron a enfrentarse por los cuartos de final, y los germanos vencieron 4-0 y ya ganaban a los tres minutos del primer tiempo.

No importa demasiado el resultado de los amistosos. Hay que jugar, probar distintos esquemas, leer esos partidos para sacar las mejores conclusiones antes de la máxima cita. Hay tiempo, pero no sobra, y el Mundial está a la vista. El primer objetivo se cumplió. Ahora hay que ir por más.

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.