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A 35 años de Heysel, un hito en la historia de la violencia en el fútbol

31/05/2020 00:59

Todo estaba preparado en Heysel, el estadio belga de Bruselas, para otra fiesta del fútbol europeo y mundial: Liverpool y Juventus iban a enfrentarse por la final de la Copa de Campeones de Europa (hoy Liga de Campeones), cuando una hora antes de iniciarse el partido, los hooligans ingleses comenzaron a atacar a los tifosi italianos, que quedaron apretujados contra las vallas y el muro en el final de las gradas en su tribuna, tratando de escapar, con un luctuoso saldo de 39 muertos (32 de ellos, italianos).

Esa tragedia, ocurrida el 29 de mayo de 1985, marcaría, para gran parte del fútbol del mundo, un antes y un después. Los equipos ingleses serían descalificados por años para participar de competencias europeas, pero las autoridades decidieron, por fin, no quedarse sólo con las sanciones y por una vez en la vida, apostaron a la investigación social para tratar de averiguar qué sucedía, por lo que acordaron con la Universidad belga de Lovaina, y algunos de los resultados fueron sorprendentes.

En esa final, en la que la victoria de la Juventus sobre el Liverpool (con gol de Michel Platini) fue sólo anecdótica, se llegaron a contar 600 heridos de gravedad, al borde de la asfixia, que fue la principal causa de los 39 fallecimientos.

Se trataba, a priori, de un gran acontecimiento deportivo porque esa final lo tenía todo: dos clubes de renombre como Liverpool y Juventus, y grandes cracks como Michel Platini, el polaco Zbigniew Boniek, el danés Michael Laudrup o los italianos Paolo Rossi, Gaetano Scirea y Antonio Cabrini para los blanquinegros, así como Kenny Dalglish (una gloria “red”) o el temible goleador Ian Rush para los ingleses, que iban por el doblete consecutivo en Europa, y que habían caído en Japón, ante Independiente, por la Copa Intercontinental en diciembre de 1984. A fines de 1985, la “Vecchia Signora” le ganaría a Argentinos Juniors una memorable final intercontinental en Tokio, por la vía de los penales.

La cuestión es que tratando de escapar del acoso de hooligans en estado de ebriedad y con palos, no sólo generaron que muchos hinchas italianos saltaran al césped, sino que enardecieron a otros desde distintos sectores de la cancha que también ingresaron al campo de juego, munidos de lo que podían encontrar para enfrentarse, hasta que las fuerzas del orden fueron apaciguando una situación completamente irregular.

Sin embargo, hubo otro problema adicional: se determinó el cierre de los accesos a las tribunas para evitar que ingresaran más agentes, por lo cual éstas acabaron siendo jaulas en las que muchos, desesperados, quedaron atrapados y el resultado no pudo ser peor y la TV se encontró con imágenes que jamás había previsto, con cadáveres tendidos en el césped y que recorrieron el mundo.-

Parecía imposible que se jugara en esas condiciones y el acuerdo entre los clubes y los futbolistas era muy claro: se negaban a jugar pero todos entendieron que la situación se complicaría más aún de no hacerlo, con tanta gente enardecida que había viajado muchos kilómetros para asistir a la final, que, entonces, comenzó una hora y media después del horario convenido.

Tras esa tragedia, los clubes ingleses fueron condenados por la UEFA a no disputar por cinco años las competencias europeas, y el Liverpool, a diez (aunque luego la sanción quedó fija en seis), aunque la violencia no paró en Inglaterra y apenas cuatro años más tarde, el fútbol de ese país estremeció otra vez a la sociedad con otro hecho terrible, la masacre de Hillsborrough, con 96 muertos y 766 heridos en 1989, en el contexto del enfrentamiento entre Nottingham Forest y el Liverpool, a partido único, por la semifinal de la Copa, en el estadio de Sheffield Wednesday, y que dio lugar al llamado “Informe Taylor”, en 1990, por el cual, el juez Taylor hizo caso al informe que recibió y llegó a la conclusión de que la historia que justificaba la violencia, acerca de la supuesta embriaguez de los hinchas del Liverpool eran falsas y que la Federación Inglesa (FA) no verificó la validez del certificado de seguridad del estadio sede de aquel partido, y consideró que el accionar de la Policía fue “la causa fundamental” del desastre.

Ese informe de 174 páginas terminaba con algunas recomendaciones que coincidirían con lo investigado por la Universidad Lovaina tras los trágicos episodios de Heysel: 1) Todos los espectadores deben estar sentados, 2) Remodelación de estadios sin rejas entre tribunas para evitar asfixias, 3) los clubes deben ser responsables de la seguridad y de la recepción de los aficionados, por lo cual deben contar con personal de orientación (stewards), 4) establecimiento de una unidad de coordinación para comunicaciones e informaciones referidas a los hooligans, e instalación de cámaras de vigilancia en circuitos cerrados, 5) Debe haber un registro nacional del perfil del aficionado, 6) establecer una coordinación de los servicios de asistencia médica y de emergencia, 7) Generar un marco de sanciones para todo tipo de agresión u ofensa en espectáculos deportivos.

La tragedia de Heysel, entonces, fue un antes y un después para la violencia en el fútbol europeo. Por lo pronto, significó el final de una era futbolística porque impedidos de jugar por sanción, los clubes ingleses perdieron aquella preponderancia que venía de los finales de los años Setenta cuando desde 1978 ganaron seis de las siete Copas de Campeones hasta 1984, y el hooliganismo fue aprovechado por el thatcherismo neoliberal en el gobierno británico entre 1979 y 1990 para cambiar muchas de las reglas de asistencia a los estadios, y el fútbol pasó a ser un espectáculo de clase media, elevando demasiado el precio de entradas y abonos anuales a plateas hasta convertirlo en un show de élite, especialmente desde el inicio de la Premier League en 1992.

Pero lejos de allí, del otro lado del Océano Atlántico, el fútbol argentino no parece haber aprendido la lección, sin investigar el fenómeno de la violencia en los estadios ni desde los organismos estatales ni demasiado seriamente desde las universidades y mucho menos la AFA, al punto de que como en tantos otros órdenes fue una ONG, Salvemos Al Fútbol, conducida por el ex juez Mariano Bergés, la que lleva la delantera en todos los datos estadísticos y en las principales denuncias de los casos.

Por otra parte, no se suele hacer demasiado distingo entre “hooliganismo” y “barrabravismo”, como si todo fuera lo mismo, cuando hay notables diferencias entre unos y otros. Por empezar, los ingleses se caracterizan por ser violentos “par time”, y los argentinos, “full time”, es decir que hasta pueden ser contratados, en sus momentos “ociosos” por dirigencias de otros clubes, o ligadas a la política o hasta de las agrupaciones universitarias, con el propósito de pintadas en paredes callejeras, represión en manifestaciones, o hasta delitos que cuentan con la vista gorda de supuestas fuerzas del orden público.

En una oportunidad, a principios de este siglo, funcionarios argentinos de seguridad pagaron la visita a Buenos Aires de un investigador inglés con la supuesta voluntad de tratar de solucionar, por fin, el problema de la violencia en el fútbol argentino. A los pocos días de estadía, el británico fue crudo y sostuvo que no podía hacer nada. Les explicó que era imposible pensar en un cambio de situación cuando no encontraba el principal motivo para trabajar: voluntad real. Y se marchó con las manos vacías, con escepticismo total.

La ONG “Salvemos Al Fútbol” detalla que en el fútbol argentino hay contabilizadas hasta el momento 334 víctimas fatales (http://salvemosalfutbol.org/lista-de-victimas-de-incidentes-de-violencia-en-el-futbol/),  de las cuales 232 lo fueron desde que Julio Grondona asumiera como presidente de la AFA en 1979.

También la ONG sostiene en sus últimos informes, con lo que coincidimos, que en los últimos años apareció en la Argentina un nuevo fenómeno, la llamada “Violencia intra-barras” que suplantó en gran medida a la “Violencia Inter-Barras”, es decir, hechos de violencia ocurridos en el seno de una misma barra brava de un equipo, a partir de distintas facciones que pelean por el botín de los distintos negocios del fútbol (droga, reventa de entradas, viajes con el equipo y a los torneos internacionales con la selección argentina, estacionamiento con trapitos, etc). Pese a este fenómeno, siguen sin estar permitidos, en muchos casos y desde 2013, el ingreso de los hinchas visitantes a los estadios, o en la mayoría de ellos se constituyeron “pulmones” entre las tribunas, que es lo mismo que tratar de tapar el cielo con un pañuelo.

Y cuando por fin apareció algún dirigente valiente que enfrentó a los violentos, como el ex presidente de Independiente, Javier Cantero, no tuvo el apoyo que necesitaba y más bien al contrario, el propio sistema lo fue separando, avergonzado por quedar señalado ante su inacción, sino complicidad.

Ya se lo resume muy bien el líder de la barra brava de Boca, “Rafa” Di Zeo, al asombrado periodista de Canal Plus de España, Jon Sistiaga, enviado a la Argentina para un documental sobre la violencia en el fútbol (https://www.youtube.com/watch?v=VXg4_7eR2_c&t=16s),  cuando marca el teléfono de un conocido fiscal, que estaba a cargo de la seguridad del club, y que había sido invitado a su casamiento: “Es que tener poder, es tener el teléfono de los que tienen poder”.