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Yupanqui premio Nobel. Sí, ¿por qué no?

Este 2022 es un año que conmemoramos los 30 años del fallecimiento de Atahualpa Yupanqui. Pero, por favor, dejemos los homenajes memorando muertes. Y olvidémonos de los aniversarios en números redondos. Cuando de poetas se trata, cantémonos en las fechas especiales.

12/02/2022 22:40

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Permiso, voy a interrumpir el divertimento vacacional, con un ratito de reflexión. Por ejemplo ahora mismo nos brota una pregunta: si Bob Dylan ganó y mereció un Nobel de literatura, ¿por qué caraxus no lo hubiera merecido Yupanqui? (Digo, en el caso de no haberse mandado a cambiar de este mundo al espiedo). De paso digamos que don Ata a fines del reciente enero cumplió sus 112 años  de edad. Edad de sucesiva poesía con canciones mediante.

    Retomo palabras ya regadas en esta columna. Este personaje de nombre imponente es un argentino que con la poesía transfigurada en canciones dio varias veces la vuelta al planeta. Arisco, irónico, altivo, severo, seguro de sus dones, ya en la adolescencia decidió llamarse Atahualpa Yupanqui. Nada menos. Pero nació llamándose Héctor Roberto Chavero. Aquel seudónimo, épico, anidó a un hondísimo poeta.

    Iniciada la década del ‘80, lo entrevisté para la revista Siete Días. Yo venía de seis años largos, larguísimos, de no poder escribir para los medios argentinos. Por aquellos días estaba de moda una frase: “El silencio es salud”. En realidad, callarse la boca se había convertido en extendido hábito patrio. Pero, claro, hay silencios sabios y hay silencios opresivos. En aquel reportaje con Yupanqui íbamos a hablar del otro silencio, del esencial. Retomo ahora un fragmento del capítulo que le dediqué en mi libro “Caras, caritas y caretas” (Sudamericana, 1996).

Hasta que oscurezca

    Mete miedo don Ata. Apenas acordamos la entrevista me dice, rotundo: “Mire paisanito, entendámonos: vamos a hablar ¡pero de folklore! Si usted sabe de eso, la charla va a ser hasta que oscurezca. Si no sabe, va a terminar rápido”. El folklore no es mi fuerte, pero no se lo confieso. Y ya voy rumbo a ese hombre que se vuelve más imponente por ese vozarrón que le viene desde adentro de su montaña, de su cuerpo trajeado de azul y corbata punzó. A la hora del reportaje siento más miedo que de costumbre. Tal vez en minutos la conversación habrá naufragado. Don Ata comenta: “Vaya, este día se vino traspapelao: parece de verano: mucha humedad”.  La insoportable humedad inesperadamente me sirve para atizar la charla:

–Víctor Delhez, un plástico belga que vive en Mendoza, sostiene que las grandes culturas han surgido de zonas muy húmedas.

–No me he puesto a observar eso. Sólo se me ocurre decir que Canal Feijoó no nació en una zona húmeda. En cuanto a Delhez, vaya casualidad, somos viejos amigos. Es un gran grabador mundial. A cada tanto nos escribimos y preguntamos: “¿Seguís viviendo?”. “¿Sí? Bueno, adelante”. Delhez, artista total.

–¿En qué consiste ser artista?

–En buscar denodadamente la luz. Todo artista a la vela le hace sombra con la mano. Para que no se apague. Esa es la misión: ser artistas esenciales, no formales. Un artista no tiene necesidad de melena sobre los hombros, ni de vestirse de raro...Vea, el artista es un buscador. Hay menos buscadores de lo que parece.

–¿Borges es un artista?

–Borges es un buscador excepcional.

–Recién usted me trató de paisanito. ¿Qué significa ser paisano?

–Sencillo: paisano es el que tiene paisaje adentro.

–¿Y se puede ser paisano siendo bicho de ciudad, con anteojos?

–¡Claro que se puede! Los lentes no importan. Hay otra manera de mirar, hacia adentro.

–Este mundo en el que vivimos, ¿ayuda a la gestación o a la desintegración del paisano?

–Y... no sé, no sé… (socarrón, mira por la rendija de sus ojos) Los medios de comunicación fagocitan. Dan la forma, quitan la esencia. Hay muchas formas sofisticadas de eso que llamamos "civilización", y nos venden, todavía, espejitos y collares de vidrio... Con un hacha de piedra, que no es de piedra, nos están cortando el cordón umbilical que nos une con los misterios de la tierra.

–¿Hay modo de recuperar ese cordón?

–Siempre hay modo… Esa es la cuestión: cómo volver a la tierra, cómo yapar, cómo añadir, como atar ese cordón tajeado sin que se le note la…

–La soldadura...

–Eso, la soldadura. Tal la ineludible pregunta que debemos afrontar: cuál será el elemento material que pueda unir lo cósmico del hombre. Pero hay algo cierto; nadie puede elegir por uno. Uno tiene que elegir el camino de retorno.

–¿Cómo sería el mundo que usted busca, don Ata?

–Un mundo semejante al que valorizaba el filósofo hindú Jinajharadasa. El no se explicaba cómo, en vez de edificar hacia lo alto no desparramamos la ciudad hacia la pampa. Jinajharadasa decía que los héroes sobre monolitos son inalcanzables. Nuestro Lavalle medía un metro sesenta... cualquier niño de doce años estaría a la altura de Lavalle si la estatua no estuviera tan alta. Y el niño diría: “Si yo estudio y trabajo, podría ser como este gran héroe”. Nivelando las alturas de estatuas y hombres estaríamos más familiarizados con los mejores. El hombre necesita poder palmear el bronce. En un mundo así todo sería menos burdo, sofisticado y violento.

–¿En su vida guarda, sin cicatrizar, algún episodio de violencia?

–... Muy lejanamente recuerdo... Se trata de un hombre al que ví morir, de rodillas, abrazado a su caballo... Era amigo de mi familia, había recibido dos tiros en la espalda. El asombro horrorizado de aquello todavía me habita.

–De su padre, ¿recibió violencia alguna vez?

–Mi padre... me gusta nombrarlo, era un tipo muy sensible. Inteligente y severo, muy medido… Yo he hecho diez mil travesuras, las de todos los chicos y algunas más. Pero jamás recibí bofetada. Me llamaba, me plantaba frente a él, me decía: “Póngase derecho”. Me preguntaba: “Dígame, ¿qué pasó?”. Y después me castigaba de la peor manera: “Lo felicito, amigo… Vaya, vaya nomás”. Así era mi padre.

–El mentado Dios, para usted, ¿qué es?

–Un profundo misterio. Le tengo mucha desconfianza al comerciante que me recomienda todos los días la misma yerba porque es lo que me quiere vender. Creo en esa frase del profeta Isaías que dice: “Dios es Aquél a quien sólo el silencio nombra”. En eso creo. Entonces, aquí, punto. No hurguemos más. Punto ¡eh!... Me parece, paisanito, que ahora nos conviene un jerez.

–Y bueno, don Ata, ya que estamos…

–Ya que estamos… en la pobre ciudad, viendo cómo se apura la gente para no vivir.

   Posdata: Aprovecho la ocasión para recomendar la lectura de la poesía de Atahualpa Yupanqui. Poesía hecha de pura síntesis, trabajada en la fragua de los hondísimos silencios. Que nada tiene que envidiarle a la poesía de ese otro cantautor, Bob Dylan, ese que consiguió que el Nobel  de literatura se fijara por una vez en sus poemas transfigurados en canciones.

   Silencio, pues. El silencio tiene la palabra. Sobre todo en tiempos en los que se confunde el ruido con el sonido, y el maquillaje con el semblante, y la chatura con el nivel de la mar.

    A todo esto: ¿Que’s poesía? Poesía es el abismo que hay entre palabra y palabra. Don Ata, al abismo lo sembraba con las palabras, siempre únicas, del silencio.

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.