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Tener el supremo coraje de ponerse a silbar en castellano

Esto que ahora mismo contaré, sucedió, me sucedió. Era 7 de abril, y hace ya más de diez años. Recuerdo la fecha porque en un día como ese, en otro muy lejano 7 de abril, nacía alguien que me enseñó a respirar, mi papá. Estoy viendo aquello que me sucedió, ahora, al compás de los latidos de este minuto…

03/12/2022 22:51

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

 

  Necesito compartirlo; es más, debo compartirlo. La estoy viendo. Son las siete y media de la mañana. Hay un cielo azul, inobjetable. Tendrá ella unos… cuarenta y cinco años. Viste como cualquier mujer dichosa de serlo, que se dirige a su trabajo en una oficina de la ciudad de Buenos Aires. Se la ve fresca, bien dormida, con el pelo entusiasmado por la reciente ducha matinal. Apetece tanta fluidez.

   Aparte de su cartera, la mujer que tendrá unos cuarenta y cinco años, no más, lleva un libro. Qué bárbaro, no es un libro de autoayuda, ni con tapa de best seller. Alcanzo a ver la palabra sol en el final del título. Si ella porta celular, qué bárbaro, al menos no lo ha desenvainado. La mujer, esta mujer, ya ha conseguido un asiento que da al pasillo, en la mitad del colectivo. Puedo verla perfectamente porque está a mi izquierda, y un asiento más adelante. La observo con la impunidad de quien mira desde atrás, sin ser visto.

    Cruza sus piernas ella; ahora sus rodillas empiezan a tener su minuto de gloria. Abre el libro en una página que podría ser la 70 u 80. Lee muy concentrada esa página, pasa a la siguiente, una levísima sonrisa le asoma, entramos a una calle de adoquines, maltratada, imposible seguir leyendo, cierra el libro. La interrupción de la lectura, qué bárbaro, no le cambia el semblante a su humor.

    Me da muuuucho gusto mirar a esta mujer. Me hace bien. Esto, más que pensarlo, lo siento.

Ahora ella está entreabriendo su cartera. Introduce la mano izquierda en los misterios de su profundidad –toda cartera es un mundo–. Supongo con aprensión: Seguro que va en busca de su celular. Felizmente me equivoco: lo que ha sacado, qué bárbaro, es un caramelo. Un bello caramelo de color naranja. Lo despapela, lo deja sobre su lengua, lo muerde apenas, lo paladea con fruición. Una fiesta el caramelo en su boca.

   ¿Y después? No, no tira el papel, la mujer. Lo alisa una y otra vez sobre su rodilla más alta. El papel se deja. Qué más quiere. Un papel con destino, si los hay: sirvió para abrigar largamente a un caramelo, y ahora, en la culminación de su trayectoria, recibe, sobre su piel de papel, esos dedos que insisten en borrarle las arrugas de su frente, de papel.

    Los dedos siguen y el papelito va deponiendo el ceño; se sigue dejando.

    El colectivo frena con brusquedad de colectivo de día lunes. Un par de insultos pellizcan el aire.

    Han empezado a gestarse las contracturas de la jornada.

    La mujer descruza las piernas. ¿Se está por bajar? No, felizmente no. Sólo eso: ha descruzado las piernas.

    Gira un poco la cabeza y mira ahora hacia su derecha. Si la sigue girando se va a encontrar con mi mirada. Y entonces: ¿qué haré con mi impunidad sorprendida con las manos en la masa? Madremía, ¿por dónde salgo?

    Pero la mujer no sigue girando. Y no me descubre. Lo que hace a continuación es inimaginable, no tiene nombre: empieza a silbar.

    ¿A silbar?

    A silbar.

    Silba bajito, silba como quien silba cuando está pintando una maceta o una mesa, silba en castellano. Su entonado silbido continúa. El aire, nuestro aire, a esto no se lo esperaba. Y como el papel del caramelo recién, el aire también se deja. Silbido mediante, la melodía es como un agüita delgada que surge por entre las trizaduras de la mañana. A esta hora todavía creemos que el día nos puede traer algo bueno y nuevo: la esperanza se permite aletear.

    En el colectivo las cosas siguen sucediendo como venían. Aparentemente. Porque la mujer que silba ha empezado a movilizarnos resortes extraños, dormidos.

   Observo cómo, uno a uno, los pasajeros que puedo ver, adelante, empiezan a darse vuelta fruncidamente. ¿Quién se anima a silbar así?

    Dos hombres mueven las cejas, se ensecretan en un cuchicheo cómplice. De no ser por este incidente sonoro podrían haber viajado una década entera sin mirarse, sin dirigirse palabra.

    Miro a los que miran a la mujer que silba. Y no hay caso, no hay quien permanezca en su centro. Un cosquilleo impreciso, inquietante, altera a cada uno. Cada uno, seguro, está tratando de revisar el aspecto, la apariencia de esta mujer. El incomodante asombro surge y se instala porque nadie descubre en ella un detalle, algo que denote anormalidad: sus facultades mentales no asoman alteradas, su sistema nervioso no parece nervioso: ningún síntoma sospechoso: nada anormal en la vestimenta, nada anormal en el peinado, nada anormal en el maquillaje, nada anormal, incluso, en la edad. No se le puede endilgar a esta mujer que silba, tampoco, la anormalidad de ser demasiado joven, con los peligros que esto implica; ni la anormalidad de ser muy viejecita, con los peligros que esto implica.

    Sigue, sigue silbando la mujer que silbaba. Y lo peor del caso (lo mejor) es que silba como quien respira. Ante esto, tan natural, la rutina de la normalidad de pronto se siente desnudada. Entonces, la normalidad, muy corporativa ella, saca a relucir lo que íntimamente anida de patota. Ya sabemos, en el reino de lo establecido y acostumbrado, nada más impune que la normalidad.

Continúa silbando la mujer que silbaba. Como si estuviera en su casa y sola y sin la menor urgencia.

    Pero caramba, pero caraxus, pero carajo, ella no está en su casa ni está sola: ¿cómo puede ser que esté silbando aquí, delante de todos, en un colectivo, como si nada?

    Realmente, ¿no estarán alteradas las facultades mentales de esta mujer? Quién sabe. Ni yo ni tú ni él, ni nosotros ni vosotros ni ellos pondríamos las manos en el fuego.

    El hombre que va a mi lado (unos 60 años, aspecto de mecánico dental) me da un leve codazo y con una levantada de ceja en dirección a la mujer que silba, me significa algo que expresado con palabras sería: “Está rayada ésta”.

    Sucede un minuto, con todos sus segundos. Y suceden cinco más: tranquila, ella silba.

Entre asombrados e inquisidores, todos la miran, desde la clandestinidad del disimulo.

Sensación de desasosiego, generalizada: el aire del colectivo se ha convertido en una especie de caldo. Caldo de cultivo de algo que se compone vagamente de sensaciones diversas: vergüenza ajena, descalificación, burla chiquita, creciente patoterismo que busca la larvada complicidad y que no alcanza a mostrarse, pero que está ahí, latente.

    Una señora muy aseñorada, tapándose la boca como hacen los que en los restaurantes apelan al furtivo escarbadientes, entabla diálogo con un desconocido, pese a que el desconocido –su ropa lo dice–, es de menor poder adquisitivo:

–¿Le parece?

–Y sí… es rara esa mujer.

–¿Y si en una de ésas ésta saca un revólver y empieza a los tiros con todos?

–Y… nunca se sabe, señora.

–Ya no se está seguro ni de noche ni a la luz del día.

–Nunca se sabe, señora, nunca…

–¿Pero qué vamos a esperar, que esta loca saque un revólver y empiece a los tiros y vaya a la cárcel y entre por una puerta y a las veinticuatro horas salga por la otra?

–Por suerte me bajo en la próxima. Adiós, señora.

–Esto no-tie-ne-nom-bre. Con el corazón en la boca vive una y cuando sale de casa no sabe si va a volver. Nunca se vieron cosas así.

    ¿Y la mujer que silba? Silba nomás.

Esto que está sucediendo es por demás insólito: alguien silba con naturalidad, como si tal cosa, en un colectivo. Y a eso lo sentimos como el inapresable, agazapado, inminente estallido de locura de quien, pese a sus apariencias, no debe de estar en su sano juicio. No del todo.

Nuestra cordura, prolijidad, prudencia, nuestra adultez adulterada, nuestra civilidad produce esta sensación casi insoportable: estamos escandalizados ante una mujer que simplemente está silbando, como si el mundo, el de afuera, fuera una casa.

    Así es, ha pasado más de una década desde que fui testigo de esa mujer que silbaba tranquila, en un colectivo. Hoy, sin saber bien por qué, vuelvo sobre aquel episodio. Lo repienso. La conclusión que saco es que aquella temeraria loca que se puso a silbar, era, entre todos nosotros, la única persona todavía alumbrada de plena salud.

    Nosotros, los escandalizados, estamos fritos. De rutina. Porque perdimos el candor, despilfarramos lo que no tiene precio ni retorno: la vida. Me gustan los íntimos desafíos. Mañana, cuando suba al colectivo por ahí me pongo a silbar bajito. Tengo que hacerlo. Debo. ¿Lo haré? ¿Me saldrá el silbido? No sé si me dará el cuero. Si tendré, para ponerme a silbar en castellano, ese parcito de güevos que hay que tener. No sé.

zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.