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Tarzán, Shakespeare, Borges. Y ciertos días insoportables

Qué distraídos venimos estando, en este 2021 se nos han pasado por alto varios días emblemáticos. Días del libro, del Idioma, del nacimiento de Borges, día de la muerte de Cervantes y Shakespeare…

18/12/2021 22:28

 

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Vale la pena preguntarse a qué obedecen tales distracciones en estos pagos. Por ejemplo, la cuarta semana del pasado mes de abril fue, una vez más, una semana solapadamente insoportable, durísima. Durísima ¿para quién? Para muchos (des)comunicadores estelares. Se trata de los gestores de ruido, de los hacedores de barullo y de lugares comunes. Varios de ellos se han apropiado alevosamente de algunas palabras preciosas, entre ellas: república, libertad y democracia.

   A estas señoras y a estos señores hubo algo en particular que les amargó la semana: el 23 de abril se celebró el día del libro y del idioma. Y no hay caso, esa fecha siempre le resulta indigesta a más de un periodista estelar. Y a más de una. ¿Por qué? Porque entre estos exitosos y a veces muy premiados profesionales la pobreza, la precariedad del vocabulario, la sintaxis estreñida hacen juego con la obsecuencia, con la sumisión de su aparato reflexivo. Apenas si consiguen expresarse en el nivel del rey de la selva, aquel hombre condenado a los gerundios, el inolvidable Tarzán. Por lo tanto, días como los del idioma y del libro son, para ellos, días que producen náuseas, en la medida que esas fechas los enfrentan al espejo de sus abundantes carencias. En realidad la sola mención de la palabra libro les produce arcadas. Pero debemos reconocerles algo: son asiduos lectores de solapas y contratapas. Como diría el genial Sergio Sergi: en ese sentido son eruCditos, peritos en plagios, eructan novedad. Léase, alcahuetería que pasa por “investigación hasta las últimas consecuencias”. 

  A propósito del día del Libro hace tanto como una década me pidieron un texto en el diario La Nación. Lo reanudo, me da gusto ampliarlo y compartirlo. Mis alusiones a determinados sujetos y sujetas, no son para nada casuales. Aquí va.

––Los libros no muerden, pero debieran morder.

––¿Morder a quién? Sobre todo a tanta periodista y a tanto periodista que apenas si balbucean el idioma de don Cervantes y de don Borges. Dan lástima. Lástima y vergüenza ajena. 

––Conocí a un chico que mordía libros; se comía preferentemente las hojas de los índices. Un día le hincó dientes a un libro de autoayuda y se intoxicó mal y casi se muere, pobrecito. Estuvo semanas en coma, y en punto y coma; al borde del punto y aparte.

––¿Se enteraron del perro que mordió a un libro que no mordía? El libro corrió, trepó a una biblioteca y gritó: “¡Esto es un ataque a la libertad de expresión!”

–– Supe de un libro escrito, por decir así, por una muy famosa periodista que en sus programas radiales para calificar un robo de cuadros usaba la palabra “terrible”. Y si se trataba de una tragedia ferroviaria con decenas de muertos usaba la palabra “terrible”. Y si se trataba de una nena ciega violada que quedó embarazada usaba la palabra “terrible”. Y si aumentaba demasiado el precio del tomate también remataba la noticia con la palabra “terrible”. Qué terrible lo de esta famosa y multipremiada periodista. El vocabulario de esta respetable señora apenas si superaba el paupérrimo vocabulario del viejo Tarzán. Pero, nobleza obliga: a esta meritoria señora no se le puede negar coraje: publicó varios libros, en cuanto al tiraje exitosos y, en cuanto a la acogida crítica, de elogio extendido. El caso es que uno de esos libros le salió sonámbulo. El libro perdura. Por las noches se escapa de las librerías y sonámbulo camina cuadras y cuadras hasta llegar al domicilio de su laboriosa autora. Ya en el umbral del edificio el libro, a su autora, le grita su nombre; hasta que ella se asoma desde el séptimo piso. El libro sonámbulo entonces le grita algo más: “Me podrías haber escrito un poquito mejor ¡hijamía!”

––Hay libros que nadie abre, jamás. La tristeza de estos libros sólo puede ser comparada con la tristeza que nos mira desde los ojos de nuestro perro, los domingos a la tarde.

–– Sé de un libro que desde el cuarto estante de un biblioteca familiar cayó al piso; por allí iba pasando una hormiga. La hormiga tarde lo vio venir; en su latido final pensó: “Ayayito, ¡esto es el fin del mundo!”. (La barbarie de la civilización.)

––¿Se enteraron de esa mansión de París que se incendió entera? Nada se salvó; salvo un libro. El libro fue encontrado, intacto, entre los escombros humeantes y las cenizas. Mucho se habló sobre esa suerte de milagro. ¡Qué milagro ni ocho cuartos! Ese libro se salvó porque estaba bien escrito.

––Sigo con este pantallazo referido a los libros. Una banda de dioses, todos canosos, compartían un insomnio siestero. Para matar el tiempo se hacían preguntas irreparables: “¿Qué es un libro?”  “Un libro es un viaje”, dijo un dios que había sido rubio. “Es el silencio cuando se pone a hablar”, dijo un dios que había sido  morocho. “Es una casa sin puertas con las puertas abiertas”, dijo un dios zurdo.  En esas reflexiones estaban los dioses esa siesta cuando de pronto… se les apareció un libro con todas sus páginas en blanco. En la última, dedicada a la “fe de erratas” se podía leer lo siguiente: –Les confieso: Conocí a un escritor que escribía libros porque se le ocurrían los títulos. Conocí a otro, muy soberbio, que miraba a sus semejantes desde arriba del caballo. Este sujeto carecía de predicado: no sabía que era de calesita el caballo, y que la calesita hacía años que ni giraba. Conocí a otro escritor que no tenía nada que decir; resulta que el desgraciado lo decía igual. Pero no me puedo quejar de mi suerte, también conocí a un escritor extraordinario, increíble: ¡escribía el castellano en castellano!

––No quiero olvidarme de Abelardo C., porque Abelardo se llamaba. Se pasó la vida escribiendo y leyendo sin cesar. Sus libros ganaron fama y elogios, tan merecidos. Pero demasiada quietud, demasiada silla; el cuerpo de su organismo empezó a resentirse, con los años. Fue a consultar a su viejo médico. El médico le echó un vistazo y no dudó: le aconsejó alguna actividad física, urgente. Sus bisagras estaban oxidadas. Abelardo C. le hizo caso a su médico: necesitaba estar bien para escribir bien. La actividad física que eligió fue esta: entraba a la gran librería, elegía un libro muy deseado, lo hojeaba y, de repente, salía corriendo, con el corazón en la boca y el libro apretado contra su pecho… Hasta que un día cierto librero, más joven que él, lo alcanzó y le dijo:

–¡Ese libro no es suyo! Abelardo C., jadeando le contestó: –Este libro es mío, ¡porque me lo voy a leer entero!

––A propósito de libros les cuento una más. Andresito fue uno de los tantos que atravesó mares y llegó a esta América, siendo menos que adolescente; catorce años tenía entonces. Él nunca pudo ir a la escuela; su feroz padre no lo dejaba. “¡Coño, que hay que trabajar!” Trabajar sin feriados. Cuando Andresito andaba por sus veinte años se pagaba clases particulares con un maestro. Así, secretamente, aprendió a leer, a escondidas del viejo. Y él, ya Andrés, después se casó con la Juana, y con ella tuvo tres hijos… y yo, el hijo del medio, le salí escritor.

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.