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Navidad con el querido Viejo de la Bolsa

Pregunta para poner en remojo: la moda de la bondad, ¿cuántos días, cuántas horas nos puede durar? Y algo más: ¿cómo hacer para que el ratito de bondad anual no se parezca a la efímera cañita voladora?

25/12/2021 22:25

Por Rodolfo Braceli, Desde Buenos Aires. Especial para Jornada

Así es: nos dura, la bondad navideña, menos que hacer la digestión. Si es por rescatar un gesto genuinamente navideño ahí tenemos la preciosa noticia –¡alevosamente ninguneada!– de la donación de más de 3 millones de vacunas, que acaba de hacer nuestra Argentina. Vacunas distribuidas estos días en la sufrida Bolivia; además en países de Africa, Asia y del Caribe. Resultó ejemplar y conmovedor que esta vez el Hércules aterrizara en Bolivia con un cargamento de ¡un millón de vacunas! Qué paradoja solar: hace poco más de dos años, el mismo avión, aterrizaba en Bolivia, pero con gendarmes y pertrechos bélicos destinados a consolidar el Golpe de Estado que derrumbaría al gobierno de Evo Morales. Es decir –neoliberalismo mediante–, en aquella vergonzante ocasión en vez de vacunas iba un cargamento de armas crueles y antidemocráticas. Madremía. Y madretuya. Y madrenuestra. Qué vergüenza.

     Pero volvamos al inicio. A propósito de navidades y de ser “buenitos” por apenas un rato, con el debido permiso voy a recuperar la leve historia de un personaje que ya traje a respirar a esta columna, hace más de una década. 

   Me da gusto recordar y decir que en mi Luján de Cuyo aprendí a respirar, muy cerca de la cancha del Bajo y del río, en tiempos en que la camiseta era granate. Granate rojovino, granate malbec, naturalmente. De aquellos años de la infancia quedan latiendo en mi memoria un puñadito de personajes; uno de ellos encarnaba la sonrisa, la risa y la ternura. Era nuestro entrañable viejo de la bolsa, el Canario. Con Favio, Leonardo, siempre que nos encontrábamos salía a relucir el Canario. Aquel Canario con el tiempo se metió en las páginas de dos de mis libros: “La Misa Humana” y “El hombre de harina”. Ahora otra vez lo saco de mis libros, y lo traigo a esta columna.

   El Canario vivía bajo el viejo puente de hierro del río Mendoza; vivía con la Canaria, su mujer final. Mi papá me contó que este hombre había nacido en España, en el seno de una familia acomodada. Al parecer, un amor que se volvió desamor le trisó el corazón; en realidad se lo partió, y entonces dejó pertenencias y patria y, vaya a saber cómo, terminó sus días, sus siestas y sus noches en el Luján de Cuyo.

    ¿Cómo era el Canario? No era un vulgar monicaco, era mucho más: un hacedor de finísimo humor. Contaba cuentos, y sembraba esa clase de risa superior que asoma en la sonrisa y no necesita de la demagogia de la carcajada. Entretenía sus horas fabricando casitas con restos de vidrios rotos, que pegaba con engrudo de harina en estructuras de cartón.

    Era, el Canario, un viejo de la bolsa con bolsa y todo. Corpulento, de abundante barba blanca, usaba una camisa siempre blanca y casi sin botones. No daba ni metía miedo el viejo. Transcurría sus días silbando, murmurando canciones, deshojando cuentos, dejándose lamer por el sol, de vereda en vereda.

   Una tarde muy helada de pleno invierno, sin aviso, sin motivo que se supiera, el Canario empezó a desnudarse en el medio de la calle. A la vista de todos se desnudó completamente. Mientras lo hacía, lloraba en silencio. Lloraba con lágrimas.

    El vecindario se escandalizó. En adelante, los postigos se cerraban cada vez que el Canario se acercaba con su bolsa al hombro; con su bolsa cargada de barullitos y casitas de trocitos de vidrios.

    Es tan pequeña esta pequeña historia que eso es todo, ya ha concluido.

    Un hombre desnudándose delante de sus semejantes. Un hombre desnudo y llorando, ¿qué es? Es la pura, es la primera, es la última verdad. Sin embargo, la civilizada civilización (que hoy se denomina neoliberalismo) nos ha adoctrinado para rechazar y huir de lo genuino, para escandalizarnos por la simple pura verdad.

    Damas y caballeros, ni más ni menos: la verdad nos produce desasosiego, espanto. Con uñas y dientes rechazamos lo genuino. Así viene siendo, así es: le cerramos los postigos a la Vida. No queremos desvestirnos, no sabemos desnudarnos. No queremos sacarnos la apariencia de encima. Somos unos correctos cobardes ¿hipócritas? perfectos. Confundimos maquillaje con semblante.

    (Esto lo supe, esto lo aprendí, para siempre, por aquel Canario que una tarde de pleno invierno, en plena vereda, se desnudó completamente mientras lloraba en silencio).

    Ahora, todavía en el 2021, sucediendo otra Navidad, me alumbra de nuevo la imagen de aquel hombre cordial, discreto y sabio.

    Ahí viene, ahí se acerca el Canario por la vereda de la sombra. Camina bordeando la acequia; ya quedó atrás la euforia de los cohetes, de los brindis, de los augurios. Una que otra cañita voladora deshilacha la inmensa noche.

    Ahí llega el Canario: no viene para pedir, no viene para dar lástima, no viene para aprovechar ese ataque de generosidad que nos brota sólo porque es Navidad. Carga una especie de bolsa sobre su inmensa espalda. Trae flores, decenas de ramitos de esas flores silvestres que no tienen nombre: las que nacen desinteresadas entre las pestañas del río.

    Se detiene apenas en la ventana de cada casa, y deja un ramito por vez. Lo deja sin decir palabra, sin esperar las gracias ni la moneda; lo deja y sigue rápido hasta la siguiente casa.

    Iluminado por la dignidad de su silencio, el Canario hace camino con esas flores que no tienen nombre, que no se compran ni se venden.

   Ahora se aleja manso, allá va, allá va… rumbo al río…

   Debajo del puente de hierro lo está esperando la Canaria, que tiene sed: a ella le dará el último ramito y una canción de palabras silbadas. Y, naturalmente, enseguida se amarán a rajacincha. Desnudos, como todos los dioses y las diosas habidos y por haber mandan.  

 

Posdata.   Hay días en los que me pregunto: ¿habrá sido cierto el Canario?

La duda me merodea: este viejo de la bolsa, ¿habrá sido producto de mi fiebre imaginadora?

Más allá de mi fiebre, los postigos que se cerraban sí que fueron ciertos.

Ay, los postigos… los postigos y las rejas y la paranoia.

La paranoia, madremía, por estos días, neoliberalismo mediante, convertida en devastadora y repugnante ideología...

    Escuchemos, suenan campanas.

 Allá viene el Canario.

 No le tengamos miedo a su candor.

 No le cerremos los postigos en la cara, por favor.

* zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

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Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista Diario Jornada.